José Luís Nunes Martins
Una limosna es del tamaño del corazón de quien la da. Cada uno de nosotros necesita mucho más de lo que cree. Asumimos como nuestra la vida que tenemos cuando, en verdad, no somos del todo responsables de ella.
Alguien nos soñó y crió, alguien nos dió a luz para después entregarnos a la luz de la propia de la existencia.
Yo existo y eso es una propina que me ha sido dada. ¿Será la propina un deber de quien la da y un derecho de quien la pide? ¿Quién sería yo si no me hubiera sido dado el don de la vida?
Sin embargo, quien me dió a luz, lo hizo con humildad y en silencio. De tal manera que parece que todo fue muy simple, lógico y sin misterio.
Yo soy un milagro, con un sentido que sobrepasa la raazón (por lo menos la que alcanzo a comprender)
Dios hizo la luz y la dio a cada uno de nosotros. Nos concedió el don de ser libres, pudiendo hacer de la vida aquello que, en cada momento, creemos que es lo mejor. Así, es aún más meritorio y bello el bien que hacemos, porque resuta de nosotros - así como, cuando no lo hacemos, la responsabilidad no es sino nuestra.
El amor es la luz que ilumina, una lumbre que calienta, una llama que orienta y un fuego que quema en nosotros lo que es malo.
La propina más importante que somos llamados a dar es aquella que nos hará felices. Aún así, son muchos los que nunca dan a luz lo mejor de sí y, por eso, no llegan a dar luz a quien vive perdido en alguno de los muchos tipos de oscuridad.