Sabemos los caminos por donde llegamos hasta donde estamos. Ante nuestros ojos están los pasos que hemos dado en el pasado. El futuro es desconocido para todos.
Nuestra marcha en el tiempo parece seguir la costa. El pasado está delante de nosotros, apartándose, mientras nos vamos aproximando a lo desconocido por completo.
El futuro está detrás de nosotros.
¿Quién podría haber imaginado que estaría hoy aquí? Sin embargo, visto a partir del presente, todo parece más lógico que cuando aconteció.
¿Qué sucederá mañana? ¿Qué tendremos? ¿Qué habremos perdido? ¿Qué seremos?
En este momento, ninguno de nosotros sabe nada de eso. Ese misterio, con todo, nos coloca ante una pregunta importante: ¿en qué creo yo? ¿Será el alana bueno o malo?
La forma como encaramos el fututo -con esperanza o con miedo- determina parte del resultado: si, por miedo, desistimos ante de empezar, es más probable que se realice lo que tememos.
Con esperanza, vivimos ya hoy un pedazo de felicidad del bien alcanzado y del mal superado. Por eso, luchamos con más ánimo, como si la vida fuese justa.
Con miedo, la imaginación va por los peores escenarios posibles, haciéndonos sufrir un poco con cada uno de ellos. En la mayoría de las veces, ninguno de ellos tiene lugar, y lo que acontece, al final, ni siquiera es malo.
Soñar es bueno, pero es importante comprender y vivir de acuerdo con una verdad bella: ¡el tiempo hace que el futuro esté siempre por llegar! Siempre.