José Luís Nunes Martins
El silencio es mucho más que la ausencia de sonido. Es esencial a la creación de un espacio interior de escucha, verdad y encuentro con nosotros mismos, con los otros y con Dios.
Vale la pena reflexionar sobre cuatro silencios fundamentales en la vida.
En primer lugar el silencio del exceso de palabras. Hablamos demasiado; hablamos antes de mirar, antes de pensar, antes de saber. Muchas veces, hacemos pequeñas las mayores y más bellas obras, solo porque nos creemos más de lo que somos. No siempre decimos la verdad, muchas veces no hay ni siquiera necesidad de lo que decimos. Hay, tal vez, solo una necesidad de llenar el vacío y de evitar el incómodo mirar de los otros. Pero, para ir al encuentro de alguien es preciso escucharle. Y solo lo escuchamos si callamos.
En segundo lugar, el silencio de los pensamientos dispersos. El pensamiento salta sin cesar de preocupación en preocupación, entre recuerdos, recelos, deseos y distracciones. Vivimos poco, de tanto que nos pasa por la cabeza a cada momento. Quien es capaz de parar está más presente y entero, menos fragmentado y menos confuso. Cuando aquello que planea dentro de nosotros se asienta, surge una claridad que trae consigo paz y belleza.
En tercer lugar, el silencio de Dios. Pedimos y esperamos respuestas sin mucha paciencia. Creemos que si Dios es Dios y nos ama, tiene que respondernos de inmediato. Nos cuesta aceptar que Él, de forma mucho más simple, puede confiar en nosotros, permaneciendo presente en nuestra vida, cualquiera que Sen nuestras elecciones. Sentimos su ausencia porque no Lo escuchamos. Ahora bien, la presencia basta, porque todas las grandes obras se hacen en silencio. Amar es darse, sin necesidad de ningún ruido o exhibición.
Por fin, el silencio del egoísmo, del orgullo y de la necesidad de colocar el propio “yo” en el centro de todo. Hay personas que no son capaces de librarse de la necesidad constante de afirmación, valoración y reconocimiento. Desean ser vistas y elogiadas en cada momento. De tanto como se admiran y defienden -hasta incluso de quien busca su bien- nunca salen de sí mismas. Y, por eso, nunca llegan a conocer la belleza inmensa del mundo, ni la verdad y el amor que nos llegan a traves de los otros. El silencio del egoísmo no significa negar la identidad, pero sin necesidad de probar nuestro valor. Es un camino de humildad y libertad interior en cual la persona ya no vive para ocupar el centro de la vida de ls otros, sino para encontrar alegría en la verdad del donde ser quien es.
La presencia, cuando es amor, basta
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