domingo, 17 de abril de 2016

¡Válganos nuestra señora de la eutanasia!




La eutanasia está muy enraizada en la cultura portuguesa. No como sinónimo de homicidio autorizado, sino en el sentido etimológico, o sea, de una ‘buena muerte’ tal como la concibe y desea el cristianismo.

Es conocida la historia del embajador portugués en Berlín que, al final de la segunda Guerra Mundial, al ser ocupada la capital alemana por las fuerzas aliadas, decidió abandonar, sin autorización, su puesto y regresar a Lisboa. Cuando se presentó ante su superior jerárquico, así respondió esta a quien le anunció la inesperada llegada del diplomático:

-No, nuestro embajador en Alemania está en Berlín.

Como le hubiese sido confirmada la presencia, en la capital portuguesa, del jefe de la misión acreditada ante el gobierno alemán, dicho gobernante replicó:

-¡Entonces, si está en Lisboa, ya no es nuestro embajador en Berlín!

El episodio de la dimisión fulminante del precipitado diplomático sirve para recordar que, aunque pueda haber algunos supuestos cristianos que defiendan la eutanasia, en realidad, si lo hacen sabiendo y queriendo contradecir expresamente el Evangelio de la Vida, según una muy feliz expresión de San Juan Pablo II, es obvio que, por fuerza de esa defensa de la ‘muerte asistida’, niegan la fe que dicen creer.

De hecho, nadie puede ser católico al margen de la Iglesia, como tampoco nadie puede ser embajador de Portugal en rebeldía contra el gobierno. Católico no es quien dice serlo, sino quien objetivamente reúne las condiciones  necesarias para poder ser reconocido como tal por la autoridad eclesial competente, principalmente por ser bautizado, profesar las verdades de la fe cristiana y proponerse vivir de acuerdo con sus principios morales, por muchos y graves que sean sus pecados. De hecho, no se puede ser católico y estar a favor, por ejemplo, del politeísmo, o del adulterio, o de la pedofilia, o de la corrupción, o de la idolatría, o de la reencarnación, o del aborto, o del nazismo, o de la ideología de género, o del comunismo, o de racismo, o de la eutanasia, etc.

Si la eutanasia, en cuanto practica que contradice expresamente el quinto mandamiento de la Ley de Dios, es necesariamente anticristiana, también es verdad que existe, por así decir, una eutanasia cristiana. No en la acepción de un homicidio autorizado, o consentido, sino en el sentido etimológico, o sea, de una ‘buena muerte’ según la doctrina y la práctica de la Iglesia. De más estaría decir que, para un cristiano, una ‘buena muerte’ nunca es provocada, ni anticipada, sino una muerte natural y, si fuera posible, bendecida.

La eutanasia, en la acepción de buena muerte, está muy presente en la cultura cristiana del pueblo portugués. Según el P. Dr. Jacinto dos Reis, especialista en mariología, hay en nuestro país una gran devoción a Nuestra Señora de la Buena Muerte, o sea, de la eutanasia. De hecho, son numerosas las imágenes de Nuestra Señora de la Buena Muerte veneradas en muchas iglesias y capillas portuguesas. ¡Sólo en la archidiócesis de Braga se elevan a 24, contándose 13 altares y nueve capillas!

Mientras algunos paganos quieren, a la hora de la muerte, un médico que los mate y así apresurar la agonía final, los cristianos esperan tener a su cabecera, en esa hora decisiva, familiares y hermanos en la fe que los asistan con su caridad, padres que los conforten espiritualmente y profesionales de salud que los ayuden a llegar hasta el final de la etapa terrena de su vida, sin abreviarla por la falsa compasión – como muy bien dice el Profesor Daniel Serrano, la muerte por compasión es la muerte de la compasión- sin que tampoco la prolonguen artificialmente, por vía de la obstinación terapéutica.

La verdadera eutanasia es, para un cristiano, una muerte en gracia de Dios y en el amor de la familia y de los hermanos en la fe y  no una agonía sin dolor, aunque sean laudables los esfuerzos en ese sentido, desde el momento que  no atenten contra la vida, ni la dignidad humana. La ‘buena muerte’ cristiana, aunque dolorosa, es siempre vivida, no en la tristeza de la desgracia, sino en la alegría de la gracia y en la certeza de estar prestos para alcanzar, por la infinita misericordia de Dios, una felicidad sin fin. ¡Válganos, pues, en esa hora, Nuestra Señora de la Buena Muerte, o sea, de la eutanasia!

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P.S. Luís Aguiar-Conraria, meu ilustre colega como cronista do Observador, concedeu-me a honra de um seu comentário à minha anterior crónica, “Deus é feminista!”, que teve a generosidade de considerar um “artigo muito bem humorado”. Para o efeito, não só cita Mahmoud Ahmadinejah como também apresenta um gráfico muito bonito que, segundo ele, “mostra” que “quanto mais pessoas levam a religião a sério, maior a desigualdade de género” (sic). Em abono desta tese científica, tenho a dizer que a D. Aurora, que era fervorosa adepta da ideologia de género ao começar a rezar o terço; no fim do segundo mistério já se considerava superior ao sacristão; e, no fim da reza, tão partidária da desigualdade de género que desancou o marido, o Arlindo, quando o viu chegar da taberna, onde ele tinha ido praticar as suas devoções (ambos são muito piedosos, diga-se de passagem, mas cada um à sua maneira). Com este meu modesto contributo, corrobora-se cientificamente que, com efeito, “a mais religiosidade, mais desigualdade de género”.
Quoad erat demonstrandum.

http://observador.pt/opiniao/valha-nos-nossa-senhora-da-eutanasia/


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