sábado, 20 de junio de 2026

Cuanto más hondo, más alto


José Luís Nunes Martins



Los dolores nos engrandecen y ennoblecen. Pueden hacer de cualquiera de nosotros un héroe o un fugitivo. Un cambio brusco en la vida puede crear una revolución interior. Aquello que cambió en el exterior nos obliga a transformar el interior, y eso siempre duele -incluso cuando es para mejor.


El dolor nos revela incluso a nosotros mismos, porque donde nos duele el dolor es también donde reside aquello que nos salva -que solo despierta cuando llevamos al límite nuestras fuerzas -que creíamos ser todas cuando teníamos, pero que… al final teníamos más. Y bien fuertes.


El sufrimiento es, a pesar de todo, una fuente de significado, autenticidad y sabiduría. La vida es una enorme secuencia de decadencia y crecimiento, de descomposición y renacimiento, de podredumbre y regeneración, de pérdidas y ganancias. Solo el amor permanece y resiste a todo. Si el amor no subsiste o se pierde, será otra cosa que incluso se puede confundir con amor en la superficie, pero que, en verdad, no es. 


Quien ama se vuelve capaz de florecer en medio del sufrimiento. Las más bellas flores surgen en los contextos más adversos, como si el dolor se hiciese su raíz.


Cuidado hay muchos ojos que sonríen y que, aí, esconden grandes dolores. A veces, esa es una forma de incrementar el sufrimiento de la soledad al sufrimiento ya existente. Otras veces, en cambio, la sonrisa puede ser el principio del triunfo. De hecho, es difícil para la mayoría de nosotros creer en el dolor de quien lo comparte con una sonrisa.


Los grandes dolores llegan a imponer una especie de ley del silencio. Ni lágrimas ni sonrisas. Pero es muchas veces quien sufre el que más deprisa y mejor socorre el dolor de los otros.


Los dolores que en nuestra vida se suceden son como una escala hacia el cielo: nos edifican, nos elevan y nos divinizan.

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