jueves, 14 de febrero de 2013

Un país absurdo y cruel


  
Juzguen ustedes si realmente no estamos en un país absurdo, no quiere esto decir que hayamos tenido la mala suerte de nacer en él, y qué desgraciaditos somos. No, en absoluto, lo hemos construido nosotros, abusando de la democracia, malgastando el capital heredado,  las buenas costumbres y creyéndonos mejores y más listos…

“Por sus hechos los conoceréis”, dice el evangelio, y no hay otro modo más eficaz de juzgar nuestras acciones y a todos y a cada uno de los que formamos este país, al que no me atrevo a llamar patria, porque la mayoría ha renunciado a tener patria, o sea al compromiso de tener que cuidarla, defenderla y amarla. Yo no puedo dejar de sentir una enorme vergüenza, y pena, no tengo ya ni ganas ni fuerzas para rebatir  a los que se empeñan en el separatismo, y a los que los defienden. Me aburre que me califiquen de fascista o franquista, como hacen los nacionalistas, en una reducción absurda, injusta e inexacta, para calificar a todos los que nos atrevemos a decir que son unos insolidarios,  pero sobre todo que han sembrado el odio a España en las tiernas conciencias de sus niños, ¡qué futuro se puede esperar!, un futuro que ya está aquí, empeorado además por la crisis.

Toda esta introducción me la ha motivado una desagradable historia que me contaron esta mañana dos personas sin hogar, que han recorrido media España por lo menos. Y ahora digo España, como yo la siento: mi patria, la que me da cobijo, me cuida, asegura mi identidad y me da fuerzas para trabajar por el bien común y por el de la humanidad, como dice el himno de Andalucía, con muy buen sentido.

Uno de estos dos hombres, ciudadanos españoles, tuvo la desgracia doble de que le robaron la documentación y además en Cataluña. Aquí lo atendieron los mossos d´squadra y le hicieron la denuncia en catalán. Bien. Siguieron su camino sin otro problema hasta llegar a Murcia. Aquí los municipales de piden la documentación cuando comen tranquilamente un bocadillo en la vía pública, y al ver la denuncia en catalán los echan de allí y se niegan a traducir dicha denuncia. Primera estación. Ahora quieren pernoctar en Puente Genil y sin más les dicen que en ese albergue sólo tienen derecho a dormir los negros, segunda estación.

Aquí, en nuestra ciudad, tampoco pueden quedarse en el albergue, tercera estación, y les mandan a la policía para que les traduzcan la denuncia al español y así poder pernoctar en el albergue, esto se puede entender, nunca se sabe en un albergue lo que puede pasar o quién puede entrar. Pero es que la policía se desentiende y no les facilitan una traducción, un permiso o algo.

Obedientes y satisfechos, estas dos personas se desplazan a otro albergue, gracias a la información que les ha facilitado la trabajadora social; menos mal que van bien informados y con la esperanza de poder descansar a gusto unos días.

Cuando nos contaban estas historias, era como estar contemplando en una fotografía la realidad de este país, y ahora vuelvo a decir país, porque no protege a los suyos, porque es duro y cruel con los más débiles, justificándose encima en una leyes que son absurdas, elaboradas por un parlamento absurdo, ajeno a los problemas reales de las personas, que parecen hechas a intención para volvernos locos, que castigan con la máxima dureza las faltas de las personas corrientes, y en cambio son aptas para encubrir los mayores crímenes, y sobre todo para ser burladas por la clase política, librándose así de responder por su mala administración, incluso de pagar por la corrupción más insultante  a la que han llegado.

¡Dios nos ampare! Realmente sólo Dios es misericordioso, porque es todopoderoso e infinitamente sabio e infinito amor. Los hombres sin Dios se vuelven  mezquinos, soberbios, “un lobo para el hombre”. ¿Por qué se empeñan tanto algunos en desterrar a Dios de la sociedad, de la naturaleza y la conciencia de las personas? ¿Quién puede odiar tanto a Dios, como  desprecia y humilla a sus semejantes? Nosotros hemos abandonado el camino hacia Dios, no es Dios el que nos ha abandonado, él espera y espera, generación tras generación, esperando recibirnos a cada uno.

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