sábado, 6 de octubre de 2018

La vida está hecha con todos los colores. Hasta de los más oscuros.


José Luís Nunes Martins

Es triste y duro percibir que no siempre valoramos nuestra vida tal como deberíamos. Basta una amenaza un poco más seria a nuestra existencia y enseguida sentimos la tierra temblar bajo el alma que nos asegura los pies.

En tiempos de desgracia percibimos mejor cuantas oportunidades despreciamos de ser felices con todo lo que, al final, tenemos a nuestra disposición. El error más común es el de creer que siempre tendremos más tiempo. En verdad, eso está muy lejos de ser cierto.

Algunas personas son capaces de vivir bien. Aprovechan la vida, bastándoles solamente  tener cuidado de no desperdiciar oportunidades. Gestionan el tiempo de forma menos infantil, sabiendo que es finito y, por eso mismo, precioso. Otros no.

Hay quien se pasa la vida viéndola pasar. No vive, no es protagonista, solo asiste, como si fuese impotente. Algunos de estos llegan a vivir el infierno aquí, cuando se dan cuenta de la vida que no han vivido, del tiempo que se ha ido, y que no aprovecharon, del todo a partir del cual no sacaron provecho de nada.

Todos tenemos la obligación de ser felices con lo que somos y con lo que tenemos. Es cierto que no somos iguales, que unos tienen mucho y otros nada, pero eso no importa, el deber es el mismo para cada uno de nosotros dar valor a su vida, haciendo de ella algo valioso.

Es evidente que es en los peores momentos cuando más nos cuesta tener esperanza y paz. Pero es ahí donde está la diferencia. Además, ¿Qué importa luchar por la esperanza y la paz cuando todo está bien?

Sepamos aceptar la vida tal como es, llena de gracias y de desgracias.

No dejemos que nuestra existencia sea una montaña de cenizas, sino un mar de colores.

La vida es luz, en una eterna guerra contra la oscuridad. ¿Y yo, de qué lado estoy?


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