viernes, 10 de julio de 2026

Un honrado buscador de la verdad II

 Antonio en tiempos de conflicto

Un escrito de la época del mártir Justino expresa esto clara y elegantemente: «Los cristianos—dice—no difieren de otros hombres, en cuanto al país, el lenguaje o las costumbres. No viven en ciudades propias … se someten a las costumbres de su país en cuanto a vestimenta y comida, y a las formas de vida en general, llevan, sin embargo, un sistema de vida interior, el cual—más allá de toda controversia—es admirable y extraño. 


…El catolicismo no nos oprime con un fanatismo irracional, prescribiéndonos hasta los menores detalles del pensamiento, de tal forma que el hombre nunca pueda tener opinión propia; al contrario, su credo sigue siendo siempre lo que fue y nunca se aleja del terreno originalmente ocupado; es cauto y preciso en sus decisiones, distinguiendo entre las cosas que es necesario creer y las que es piadoso creer, entre la obstinación y la ignorancia.


La vida de Antonio escrita por su amigo, el gran Atanasio, ha llegado hasta nosotros.

Antonio había nacido en el 251, mientras Orígenes aún vivía, ; vivió hasta el 353, muriendo a la edad de 105 años, cuando Atanasio luchaba con el emperador Constancio, nueve años después del nacimiento de san Juan Crisóstomo y dos años después del de san Agustín.


Retrayéndose del trato con sus iguales y despreciando el mundo exterior al compararlo con su vida interior, se puso en contra de lo que se considera una educación liberal, esto es, del estudio de la filosofía e idiomas extranjeros.

Tan atento era a la lectura sagrada, que no dejaba que parte alguna de la Escritura se le escapara, reteniéndolo todo, y reemplazando el libro por la memoria.

Sus declarados conflictos con los espíritus malignos…El enemigo,  temeroso de que antes de poco tiempo Antonio conquistara también el desierto con sus prácticas santas, lo asaltó una noche con una horda de espíritus que lo azotaron de tal forma que quedó echado en el suelo por el castigo que, según contó, fue mucho más fuerte que los golpes que un ser humano puede infligir.

Veo a Satán atemorizado ante la invasión de su reino por parte de la Iglesia; lo veo despojado por el ayuno y la oración, como fue predicho; lo veo retrocediendo paso a paso; y lo veo haciendo todo lo posible por resistir como sea.


Antonio en tiempos de calma


… en cuanto la fe comenzaba a actuar, se convertía en el instrumento para obtener el conocimiento de verdades que la razón solo podía intuir débilmente, o tal vez ni siquiera imaginar. …lo que importa es la pureza interior.

Adquiere una visión tan aguda que es capaz de ver más cosas y más lejanas que los demonios, al tener a Dios, que se las revela.


Es necesaria mucha oración y autodisciplina para adquirir, merced al Espíritu Santo, el don de discernir entre los distintos espíritus, para descubrir su naturaleza,

Cuando el Señor vino a la tierra, el enemigo cayó, su poder se debilitó, derritiéndose; pero, siendo como es un tirano, aunque sin poder, no se aquieta, a pesar de su caída, sino que amenaza, ya que no puede hacer otra cosa.


Antonio tomó una parte muy activa en las controversias religiosas de su época, reverenciando a las autoridades de la Iglesia y oponiéndose tenazmente tanto a los cismáticos melecianos como a los arrianos.


«La ira se va a apoderar de la Iglesia, que será entregada a hombres que parecen brutos irracionales. Porque vi el altar de la casa del Señor cercado por mulas que estaban coceando con sus cascos a todo lo que tenían a su alcance, como lo hacen las bestias salvajes. Veis ahora por qué gemía tanto; porque oí una voz diciendo: ‘Mi altar va a ser violado’». Esto vio el anciano; dos años después tuvieron lugar los asaltos de los arrianos, cuando saquearon las iglesias y entregaron los vasos sagrados para que los llevaran los paganos, y sacando a estos de sus talleres, los obligaron a asistir con ellos a sus reuniones religiosas, y en su presencia lanzaron soeces insultos al altar del Señor (ç 82).


El autor del libro vuelve darnos prueba de su enorme sinceridad:  ciertamente preferiré aquella que requiere abnegación e implica valor y desprecio de lo mundano, a cualquiera de las religiones apreciadas ahora, que le roban a la fe toda su sustancia, su gracia, su nobleza y su fuerza, y disculpan su autocomplacencia con argumentos apoyados en el orgullo espiritual, la confianza en uno mismo y la seguridad; lo cual, en suma, justifica ese alarde suyo de que son más confortables que aquel antiguo credo que, a la par que con alegría, induce a los hombres a golpearse el pecho continuamente y a pedir perdón, y a anhelar el día del juicio.

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