José Luís Nunes Martins
Nos gusta que gustemos a otros. En la mayor parte de los casos, ese deseo es señal de que somos carentes, de que necesitamos de la atención y afecto de los otros para sentirnos completos y realizados.
Hoy, hasta llamamos amigos a personas con las que a penas tenemos contacto, pero sabemos, en el fondo, que ser amigo de verdad es mucho más que tener un contacto en el mundo virtual.
Detrás de esa confusión entre contacto y amistad está el deseo de no estar solos. Es un deseo profundo, que corresponde a una íntima e inmensa necesidad de abrazos que nos acojan , de quien nos acepte, comprenda y le guste como somos.
Claro que la responsabilidad también pasa por la ilusión que creamos y alimentamos. Una gran ilusión es el principio de la desilusión. Es importante saber soñar y moderar el deseo que que gustemos a los demás.
Después, acostumbramos a esconder nuestras facetas más sombrías y complejas, mientras soñamos que los otros gusten, o por lo menos nos acepten, también aquello que, por miedo a ser rechazados, escondemos de ellos…
Con nosotros anda siempre una esperanza secreta de que podamos ser comprendidos por los otros, más aún por aquellos que nos son próximos.
El mayor problema de esta actitud es que, en el ansia de buscar comprensión, no intentamos siquiera comprender a los otros: ni a los próximos, que creemos conocer ya muy bien, ni a los extraños, de quien muchas veces la apariencia nos basta para juzgar que sabemos quien son.
Sería bueno que aprendiésemos a mirar y a escuchar al otro, sobre todo a aquellos que nos nos próximos, con atención y respeto, partiendo siempre del principio de que todo cuanto creemos saber a cerca de ellos no es, ni de cerce, suficiente.
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