El mal se nos presenta bajo la apariencia de bien. Nos desvía de lo mejor, llevándonos a cambiar lo mejor por aquello que es solo bueno. Es sutil, pero eficaz, porque nos va apartando del camino del bien supremo.
La mayoría de las elecciones decisivas de nuestra vida no son entre el bien y el mal, sino entre dos o más bienes. ¿Habrá algún mal en escoger algún bien que, aunque no sea el mayor, continua siendo un bien? Sí. Al hacerlo, renunciamos a un bien mayor.
Hay situaciones en que somos forados a escoger entre dos o más males. Todas las opciones son malas, pero aquí es donde es más evidente que tenemos el deber de escoger el mal menos.
Es importante tener el coraje de escoger el bien mayor y renunciar a los bienes menores. Siempre es duo asumir que dejar para atrás buenas opciones forma parte del precio a pagar para alcanzar lo mejor. Al final, es como si solo mereciese lo mejor quien fuese capaz de las renuncias que eso implica.
Es interesante que asociemos la idea de libertad a algo muy agradable. La verdad, por eso, es que la libertad no es aquello que sentimos después de escoger bien; es aquello que hace posible esa elección. Todos somos libres y eso no es una elección. Estamos condenados a ser responsables de las elecciones que hacemos - las buenas y las malas.
Somos responsables de lo que somos, de lo que hacemos a los otros y a nosotros mismos. Más que escoger un bien, debemos procurar siempre el mejor de todos los bienes. Solo así estaremos escogiendo bien.
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