José Luís Nunes Martins
La alegría de alguien puede y debe ser fuente de alegria para muchos, porque, si no fuera compartida, perdería fuerza y sentido.
Sucede que, en algunos momentos, alguno de nosotros tiene alguna alegría y no tiene con quien compartirla. Es tan triste que esa alegria termina por transformarse en un dolor profundo.
Lo mismo que es importante escuchar a quien nos expresa un sufrimiento, es también esencial que pongamos toda nuestra atención a quien se que quiere dividir y multiplicar algo bueno en su vida. Las alegrías florecen en cuanto son sembradas, pero solo si hubiera tierra fértil: un corazón abierto al otro, casi olvidado de sí mismo.
¿Quién de entre nosotros es capaz de alegrarse con la alegria de alguien? No es fácil. Lo más natural es que esa alegria sea superficial y pasajera. ¿Por qué será? Tal vez porque, ante una tristeza de otro, tampoco nos abrimos por completo. El otro, muchas veces, no es visto como un igual.
Así, cuando somos nosotros -cuando soy yo-, es muy raro encontrar a alguien capaz de dejar de lado todo lo que en sí es motivo de júbilo para entristecerse conmigo o para alegrarse con mi alegria, olvidando las propias desgracias. Encontrar a alguien así es encontrar un tesoro. Ser alguien así es ser un ángel.
Por maior que seja um bem, se não tivermos com quem o partilhar, não será uma alegria conquistá-lo.
Por mayor que sea un bien, si no tuviéramos con quien compartirlo, no sería una alegria conquístalo.
Quien esconde los altos y los bajos de su vida vive una especie de pobreza: la miseria de estar solo. Y, sin embargo, tal vez sean los pobres -los que tienen poco que dar- los más felices, porque comparten lo poco que tienen.
Seamos nosotros capaces de dar sin esperar nada a cambio y de recibir sin sentirse obligado a cualquier retribución. El amor es puro y gratuito.
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