martes, 21 de febrero de 2012

Quiero estar solo..

Hoy es un día de esos que no quiero saber nada,


de esos días de tristeza, de esos días     que me


pongo a pensar todo lo que me ha pasado y que he


tenido y he perdido y de las cosas que tengo que


no se apreciar. De esos días de querer estar solo


para no hacer daño a nadie. A veces pienso que hay


personas buenas con buen corazón y personas que


sólo intentan aprovecharse de las personas y por


mucho que hago para que se de cuenta no sirve de nada;


a veces pienso que hago cosas que no llegarán a nada


pero después pienso que he hecho lo que me apetecía aún


sabiendo que le he hecho daño a la persona o le he dado


falsas esperanza sin quererlo. A veces pienso que hay personas


que presumen de ser amigos y cuando más los  nesecitas no están.


Hoy es un día que me encantaría estar en una playa solo y pasear


pensando en todo y poder aclarar cosas, algunas preguntas


que aun no he llegado a entender, por mucho  esfuerzo


que pongo no lo consigo. Nada ni nadie puede comprenderme.


A veces pienso qué pensaran de mi los demás, pero realmente


no hago nada malo para que digan cosas malas, siempre intento


hacer como que no escucho pero es difícil hacer eso sabiendo


que quieren hacer daño.Gracias a un buen amigo y a muchísimas mas


personas que han confiando en mi y aun les doy gracias porque


gracias a ellos me levanto pensando que aun no es tarde para


hacer cosas que antes no podía hacer y ahora estoy dispuesto


a hacerlo.Quiero que sepáis que la amistad si realmente la encuentras


vale mucho y cuidarla para que nunca se pierda.

Daniel Custodio

martes, 14 de febrero de 2012

Una madre boliviana, otra Madre Coraje




E. es una madre de familia con cinco hijos, el mayor con catorce años el más pequeño tiene unos meses. Llevan en España ocho años, y acudiendo a Cáritas tres o cuatro. Siempre trae la sonrisa en la cara, una cara redonda y feliz, por eso la admirábamos; además nunca se quejaba. Hasta que vino el último niño, ya en plena crisis, y el padre esta más tiempo parado que trabajando. Ella sola es el principal sostén de la familia, nada más venir se hace autónomo, paga la seguridad social y realiza trabajos esporádicos, completando así lo que gana su marido.

Los dos hijos mayores acudían a las clases de apoyo que damos en cáritas dos días por la tarde, pero también dejaron de venir, la niña tenía que cuidar de los más pequeños mientras el padre buscaba trabajo y la madre o bien hacía sus dos horas de trabajo en alguna casa o buscaba otro trabajo para compensar el paro de su marido. Entonces caemos en la cuenta y les damos doble ración y alguna ayuda extra, ¡son siete de familia, y se arreglan para vivir!

Para colmo la madre se tiene que operar; una vez recuperada vuelve a cáritas, pero ya la sonrisa, aunque no la pierde porque es un rasgo natural en su cara, se mezcla con las lágrimas de la impotencia y poco a poco nos va contando sus problemas y agobios (sólo llora con nosotros, en casa no llora, no quiere que sus hijos la vean llorar). Daba gusto oírla explicar cómo había organizado su familia; ante todo no quiere volver a su país, Bolivia, porque allí no podría sobrevivir, lo peor sería que allí no tendrían derecho a la sanidad y no podrían acudir a un médico en caso de enfermedad; tendrían muchas probabilidades de morir por cualquier enfermedad. Esta es la razón por la que esta mujer lucha para hacer valer los ocho años que lleva cotizando como autónomo, invirtiendo en ello las pocas ganancias que han tenido y recurriendo a las posibles ayudas a las que tuvieran derecho. Pero se queja, ahora sí, de que no ha sido atendida debidamente, porque familias con menos hijos reciben ayudas de la trabajadora social.

¿Qué ocurre entonces?, algo parece que no va bien. Claro, algo falla, su marido está sin documentación porque le faltan los ochenta euros que le cuesta renovar el pasaporte, además necesita también la documentación de los dos niños mayores, que le cuesta otros ochenta euros cada uno, y tienen que tramitar la solicitud en Sevilla, pero no tiene dinero ni para una cosa ni para la otra. Ese es el problema, esta documentación es necesaria para presentar la solicitud de ayuda como familia numerosa. 

Esta familia necesita urgentemente una ayuda económica para poder arreglar los papeles y poder disfrutar la ayuda que les permita sobrevivir. En cáritas le vamos a poner una parte y haremos lo posible para conseguir lo que le falta. (Si algún lector quiere ayudar a esta familia, puede ponerse en contacto conmigo a través del correo.) 

viernes, 10 de febrero de 2012

“Aquel F. no era yo”




Ha sido una agradable sorpresa encontrarme a F. esta mañana y que me haya saludado con toda normalidad. Lo encuentro mucho mejor, más tranquilo, más dueño de sí, le digo abiertamente “F. da gusto hablar contigo ahora, de tú a tú”, y él sonríe y asiente. Su aspecto ha cambiado, y su modo de hablar, ya no titubea ni se trabuca, ya no se muestra dolido por todo y contra todos, incluso escucha atentamente, sin abrir la boca y con gesto serio.

Cuando yo conocí a F. por primera vez no era F., como bien claro me lo dijo hoy: “es que aquel no era F., no era yo”. Efectivamente, se había echado en manos del alcohol para mostrarse desinhibido inadecuadamente, para olvidar sus penas y para ocultar sus miedos: “yo no quiero dormir en la calle. Tengo miedo, tengo miedo. No, no, no quiero. Tú no sabes lo que es dormir en la calle”. Estas eran sus palabras un día que tenía que volver a dormir en la calle después de haber sido agredido la noche anterior. Se enfadaba, pataleaba como un niño pequeño, porque no le dábamos una plaza en el albergue.

Él había vivido con su madre tan ricamente, sin tener que preocuparse ni dar explicaciones de nada ni a nadie, y de pronto, al faltarle su madre, se ve sólo y en la calle, era como un niño huérfano al que le costaba crecer y madurar y se ocultaba bajo ciertas poses y en el alcohol para decir lo que quisiera; pero que no era lo que le convenía porque así alejaba a los demás y no era capaz de recibir la ayuda que se le podía ofrecer.

Un día y otro venía simulando alegría, cantándonos una copla detrás de otra, a deshora, a ver si conseguía quedarse en la oficina un rato más para no estar en la calle, para no estar solo, porque sabía que al menos le hablábamos, aunque luego protestara a cada observación que le hacíamos. Era un empeño indisimulado en demostrarnos su desesperación. Fue la primera vez que yo oía tan claramente “tengo miedo. No quiero dormir en la calle”, o, “no quiero vivir”. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, sólo escuchar y no inmutarme oyera lo que oyera, hacer de parachoques y pararrayos hasta que cesara aquella carrera suicida en medio de la tormenta; hasta que se iba, agotado, sin esperanza, seguramente esperando la hora en que volviéramos a abrir, para repetir la misma escena, al menos alguien le regañaba un poco y con eso se conformaba, sabía que alguien se preocupaba por él.

Estuvo mucho tiempo sin venir, y nosotros de vez en cuando pensábamos en F., incluso un tiempo estábamos alerta, preparados para recibir cualquier noticia sobre F. Pero reapareció cualquier día en la nueva oficina en un estado más lamentable, sin ser capaz de articular una palabra, casi sin fuerzas para hablar; me obligó a sentarme con él, a pesar de que había muchas personas, y se desahogó cuanto quiso, hasta recuperar una cierta calma, y confesarme que me apreciaba y que lo perdonara. ¡Qué alivio!

Por aquellos días habíamos descubierto los Hermanos de la Misericordia y mandábamos a todos los que no podíamos atender al Hno. Juan Carlos, a Jerez, era nuestro ángel de la guarda, nuestra salida preferida cuando veíamos a alguien con verdadera necesidad de ser acogido en un albergue. Gracias a Dios fui lo suficientemente convincente y F. se comprometió a ir con el hermano Juan Carlos.

Desde entonces hasta hoy F. ha logrado mantenerse suficientemente sobrio y presenta un aspecto para mi desconocido, dueño de sí mismo, una persona agradable. Es un placer F. poder hablar hoy contigo sin caretas ni prevenciones, mirándonos a la cara, y que sea por mucho tiempo, y que puedas montar tu estudio o tu taller para dedicate a hacer esas pequeñas obras de arte que tú sabes hacer.

martes, 7 de febrero de 2012

Mensaje del Papa para la Cuaresma



Me parece muy oportuno e interesante ofreceros un resumen del
Mensaje escrito por el el Papa Benedicto XVI para la próxima Cuaresma, en el que reflexiona sobre el versículo 24 de la Carta a los Hebreos: “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”.  
La responsabilidad para con el hermano.
El verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos ‘guardianes’ de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón”. (…) “La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es ‘bueno y hace el bien’ (Sal 119,68). La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de ‘anestesia espiritual’ que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás.¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de ‘tener misericordia’ para con quien sufre; (…) El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza”. 
El don de la reciprocidad. 
“Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. 
“Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a ‘comerciar con los talentos’ que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal. Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede”. (…) “Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras . Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua”.

domingo, 5 de febrero de 2012

¡Era una sensación tan extraña!




Hoy ha vuelto A., un hombre que puede decirse que representa a muchos españoles en estos momentos: sale abatido y empobrecido de un proceso de separación, con una hija pequeña. Pierde un trabajo cualificado y se convierte de la noche a la mañana en una persona sin hogar; todavía mendiga una ayuda entre familiares y amigos, pero los familiares no pueden, y los amigos tampoco pueden, o se molestan, y poco a poco van dejando de serlo.

Entonces recurre a Cáritas parroquial, pero sólo le dan algo de comida; va a tener que dormir en la calle y recurrir a los servicios para personas sin hogar, así entrará en otro mundo, opuesto al que disfrutaba no hace mucho. Ni siquiera irá al albergue, porque no soporta el ambiente, prefiere dormir en la calle, y si es posible pasar desapercibido. Quizá no duerma, a pesar del cansancio, hurgando en la memoria para cuando llegue el día seguir llamando a otras puertas, en otro tiempo abiertas para él, y a otras al azar, con la esperanza de acertar con la que le de una oportunidad de recuperar la dignidad.

Nos falta un dato desconcertanate: él es un hombre de Iglesia y de cofradía. A penas se le escapa una leve crítica, pero le duele reconocer que lo dejaron caer: “yo creía que al tener amigos dentro de la Iglesia iba a tener más ayuda, pero me mandan a cáritas”. Él no quería tener que dar ese paso, por eso el primer día que llamó a la puerta lo pasó mal, me costó convencerlo de que no tenía que sentir vergüenza, y que viniera cuando quisiera. Marchó algo animado, pero su confianza en la Iglesia se ha visto amenazada.

Hoy vuelve, han pasado meses, y lo encuentro más o menos como la primera vez, aunque ya un poco más dueño de sí mismo. Se sentó y comenzó a aliviar un poco su cabeza: “lo peor de todo fue tener que dormir en la calle. Cuando desperté y miré alrededor, no sabía donde estaba, qué había pasado. ¡Era una sensación tan extraña!”. Se resiste a acomodarse a vivir en la calle y a tener que comer de la caridad. Ya es casi un experto en esta vida “callejera”, y por eso no quiere acomodarse como hacen muchos.

Gracias a Dios, una buena persona le ha dejado una vivienda decente para librarse de la calle, y pronto cobrará la ayuda familiar, con lo cual piensa poder salir delante. Lo he visto más animado, ha luchado para no caer del todo porque tiene confianza en sí mismo. La verdad es que su aspecto no se ha deteriorado, su cara muestra una huella profunda, pero es un rostro más sereno, más dueño de sí, más sabio: es la prueba de haber superado un desafío que le había planteado la vida.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Testimonio




Hoy, como tenemos de baja a la trabajadora social, la actividad en la oficina es menor por lo que aprovechamos para tomar un café y charlar. Mi amigo J. que ahora está de manera permanente en el albergue de San Juan en Jerez me había prometido una visita y efectivamente, allí estaba, a las diez. Nos saludamos efusivamente y yo le pregunté enseguida por el hermano Juan Carlos.

En pocos minutos la oficina fue llenándose y entre los que llegaron estaba J.A., quien se alegró de encontrar allí a J.. Me llamó la atención cómo sintonizaban dos personas que han convivido en el mismo hogar, que dirige el hermano de la Misericordia, Hno. Juan Carlos. Todo son elogios del trato que allí reciben y las muestras de agradecimiento por la recuperación emocional y física conseguida, lo que les permite encarar la vida con mayor optimismo.

El albergue nace de la confianza en la Providencia, y de la labor del Hno. Juan Carlos que canaliza la generosidad de muchos y con ello satisface las necesidades vitales a otros muchos, menos afortunados, que se acogen con humildad y agradecimiento a la ayuda que se les ofrece. La misericordia acoge y no humilla, atrae más bien al que se encuentra necesitado o perdido. De este modo el Hno. se ha ganado el afecto y la admiración de numerosas personas, como mis dos amigos de esta mañana.
Viven en un albergue estupendo, bien gestionado y dirigido, todos los acogidos colaboran en alguna tarea, según su grado de compromiso y sus capacidades. Todos se encargan de la limpieza y mantenimiento, (el sábado, zafarrancho, me dice muy ufano J.A., incluso un día se rompió una pierna reparando una antena.) cada uno lava y plancha su ropa . Me dice J. que  el servicio para los transeúntes ya es diario, allí pueden asearse y cambiarse de ropa los que lo necesiten cualquier día de la semana. Además de atender a los transeúntes el centro ofrece la posibilidad de una larga estancia para los que están interesados en seguir un proceso más exigente hasta alcanzar su reinserción en la sociedad. Este centro ofrece así un servicio completo, coherente con el ejercicio de la caridad, permitiendo que los marginados se reincorporen a la sociedad con todos sus derechos y deberes de un ciudadano cualquiera.
Un ejemplo vale más que mil palabras. Así lo corroboran J. y J.A., el primero está encantado ayudando en distintas tareas no sólo en el albergue sino en alguna parroquia de la ciudad; el segundo expresa su deseo de dedicarse a los demás, la estancia en el albergue y el trato con el Hermano J.C. lo han marcado para siempre, confiesa que ve la vida de una manera muy diferente, ahora distingue mejor lo esencial y desprecia la vida fácil o marginal. Nos narra cómo un día que no estaba el Hermano él acogió a una persona que llegó en un estado lamentable, golpeado y chorreando. “No podemos dejarlo así” les dijo a los compañeros, tenemos que cuidarlo, y así lo hicieron. Tan bien lo hicieron que al volver el hermano los felicitó. Por eso dice que él ahora si ve a alguien que sufre no duda en echarle una mano. ¡Qué lección tan bien transmitida y qué bien aprendida!
No existen muchos centros así, o yo no los conozco, por eso me atrevo a escribir estas palabras, para animar a otros centros a seguir estos mismos pasos que responden a una demanda cada día mayor.
A cualquiera se le ocurriría preguntarse cuántos hermanos de la misericordia hay en este albergue, pues nada más que uno, bueno, uno con hábito y fiel a una rigurosa vida religiosa, pero, a mi me parece que son muchos, sin hábito, pero muchos hermanos: más de sesenta voluntarios y los mismos acogidos, que como J. y J.A. han aprovechado la estancia en el albergue no sólo en su beneficio sino como una lección para andar por la vida y hacersela más humana a quienes pasan ahora por momentos difíciles.