sábado, 6 de agosto de 2016

Los débiles no llegan al cielo


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


La fuerza de los fuertes les llega de algo superior a la voluntad, pero al cual podemos decir que no o que sí. Esta fuerza es un don que presupone un conjunto de sufrimientos comunes. Al final, el cielo solo se alcanza con mucha persistencia, firmeza y coraje.

Nunca es fácil afrontar peligros y adversidades, vencer duros trabajos, sufrir dolores, disgustos y tormentas. Batallas que se suceden y que violentan aún más porque no dan tregua para que haya descanso...  siempre con los ojos abiertos.

Pero ni el doble de la fuerza de todos los tiranos llegara, alguna vez, a vencer la fuerza del alma de un justo.

No se crea que el interior de alguien bueno es un paraíso. Antes bien, un teatro de guerras sin fin. Es porque la constancia en el corazón es tan importante como el coraje. Vacila, pero no cede. Se desanima, pero no desiste. Sufre, pero no muere... porque comparte con los otros los dolores de la vida... entregándose, con sentido, hasta la muerte.

Alguien fuerte es y será siempre fuerte, mientras lo quiere y puede ser, no importa que se sienta débil, ni que lo tengan abandonado o ni siquiera nadie le de importancia. Su don es mayor que cualquier otro. Este don es el amor.
Y si pocos son dignos del amor que les fue dado y habita en sí son, sin embargo, sí son suficientes para que haya esperanza y sentido en este mundo.

Cuando el mundo asiste –egoísta-  sin hacer nada ante la muerte de uno de estos... es el mundo quien pierde. La muerte de un valiente hace que se desmorone la parte del suelo que antes lo sostenía a él.

Amar es saber de sí solamente después de su entrega al otro. Es mantenerse, firme en la fe, aún después de haber perdido todas las fuerzas  que se gastan.


El amor es la fuerza de los fuertes.

                                          ((ilustração de Carlos Ribeiro)



viernes, 5 de agosto de 2016

Procrastinación


VALE VILLA
Es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional. Twitter: @valevillag Mail: valevilla@gmail.com


La procrastinación es el hábito neurótico que lleva a posponer lo importante, por miedo a fracasar o por una falsa idea de que al darse un respiro o un descanso, se recuperan fuerzas y motivación para continuar con lo pendiente. El momento de retomar y concluir para quien procrastina llega muy tarde, casi siempre obligado por una fecha límite de entrega y con un grado de ansiedad alto.

Una vida de cumplimiento total y puntual quizá no es una aspiración realista, pero sí es posible identificar unos cuantos asuntos relevantes que no deberían posponerse. Otro problema radica en no saber cómo identificar las prioridades y entregar la energía a lo secundario. Por lo general, las personas creen que lo más urgente tiene que ver con el trabajo y el dinero, sin considerar siquiera que el cuidado de la salud física y mental debería ocupar el lugar más alto en la jerarquía de lo importante. Cuántas historias hay de gente que se descuidó dedicándose a trabajar sin pausa, que después de un diagnóstico terrible lamenta no haber atendido a tiempo ese dolor con el que se acostumbró a vivir. 

Hacer una lista de actividades que pueda llevarse a cualquier lado como recordatorio puede ser buena estrategia. El automonitoreo al final del día para evaluar el cumplimiento de las actividades y para planear las del día siguiente, también es útil. 

Varios estudios sobre procrastinación coinciden en la importancia de tener una casa ordenada que dé una sensación de limpieza y claridad. Es mucho más difícil planear en medio del caos: Espacio limpio y ordenado, mente limpia y ordenada. 

La parte complicada es darse cuenta de la tendencia a desviarse de lo importante distrayéndose en actividades intrascendentes como ver televisión, revisar páginas de Internet, leer revistas, hablar por teléfono, mensajear, interactuar o husmear las vidas ajenas en las redes sociales.

Ayuda también tener horarios fijos para las tareas. Sin plan ni estructura, la claridad de en qué momentos y con qué cosas se procrastina difícilmente llegará. La consistencia es la cualidad más importante para combatir el mal hábito de posponer lo importante. En estados emocionales de inestabilidad, es mucho más complicado apegarse a las rutinas y hacer lo que debe hacerse, más allá de la motivación. Pelearse todos los días con lo que su vida le exige, es una actitud agotadora. Todo eso que deja para después se va acumulando en forma de preocupaciones y angustia que se vuelve un lastre que no lo deja avanzar. Usted sabe que le está dando la vuelta a terminar la tesis, a arreglar el coche que lleva 6 meses fallando y dejándolo tirado, a ver a su ginecóloga que le pidió estudios que no se ha hecho, a concretar un proyecto que simboliza en parte sus sueños profesionales, a abrir el fondo de retiro cueste lo que cueste. Y también sabe que en parte, por eso duerme mal, tiene migraña, pesadillas, trastornos digestivos o trastornos de la vida afectiva. No enfrentar ni solucionar lo importante, es una de las causas de enfermedad física y mental.

Aquí algunas preguntas que pueden ser de utilidad para saber qué tanto procrastina (basadas en el cuestionario de Bill Knauss): 

1. ¿La procrastinación le es familiar? 
2. ¿Tiene obligaciones que no está cumpliendo? 
3. ¿Deja de lado prioridades porque atenderlas es incómodo?
4. ¿Se dice a sí mismo que después es el mejor momento para empezar algo? 
5. ¿Empieza cosas y no las termina? 
6. ¿Es impuntual? 
7. ¿Se las arregla para extender las fechas de entrega de su trabajo? 
8. ¿Pospone las decisiones difíciles? 
8. ¿Busca excusas para explicar sus retrasos? 
9. ¿El pesimismo es causa de sus retrasos? 
10. ¿Sus dudas y miedos le impiden actuar?

Es necesario establecer fechas límite para desarrollar el hábito de cumplir. Por ejemplo, programando a un mes el arreglo de los desperfectos más importantes de su casa, o poner en la agenda todas las citas pendientes con doctores, contador, clientes potenciales o amigos que hace siglos no ve. Tampoco puede descartar que su hábito neurótico de posponer lo importante, sea síntoma de una depresión. 


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.


Twitter: 
@valevillag

http://www.elfinanciero.com.mx/column/vale-villa

jueves, 4 de agosto de 2016

La jihad, una amenaza para Europa




Europa no puede ignorar una verdad bien evidente: sí, en tiempos pasados, tuvo que hacer frente a un terrorismo esencialmente político, ahora es amenazada por el terrorismo que se autoproclama islámico.

No hay palabras que puedan expresar la estupefacción por el modo salvaje y cobarde como fue asesinado el P. Jaxques Hamel, el pasado miércoles, en Saint Etienne du Rouvray, Francia. Y, con todo, hay peligro de, superada la primera reacción de espanto, reducir el hecho a un episodio de una actualidad cada vez más pródiga en noticias de esta naturaleza. O, peor aún, ceder a la tentación de querer responder a la amenaza del terrorismo con otro terrorismo, como pretenden los que se quieren servir de estos acontecimientos para imponer políticas xenófobas, o contrarias a la libertad religiosa.

Es verdad que, en el caso del atentado de Rouen, la motivación para el crimen fue de naturaleza religiosa y, al parecer, los ejecutores de la degollación del anciano presbítero eran oriundos de los países árabes. ¿Quiere esto decir que todos los árabes son posibles terroristas? Se debe suponer, ahora, que cualquier creyente del Islam es un eventual asesino? ¿Pero, no hubo también criminales en otras etnias y religiones? ¿La Biblia no atribuye a Dios, Señor de los ejércitos, las órdenes de hacer la guerra a los enemigos de Israel e, incluso, de exterminar a los infieles? ¿Aunque después de Cristo fueron prohibidas a sus discípulos terminantemente tales prácticas a sus discípulos, imponiéndoles como ley suprema el mandamiento nuevo de la caridad, no fueron los cruzados protagonistas de acciones violentas contra los moros?

Como es sabido, Adolfo Hitler, austriaco de nacimiento, era nacional-socialista y fue culpable del exterminio de millones de judíos. Mao Tsé Tung era chino y, como dirigente comunista, fue responsable, en términos éticos y políticos, de los millones de víctimas causadas por su despótico y criminal gobierno. ¿Se puede entonces concluir que todos los austriacos y chinos son potencialmente criminales? ¿Y qué decir de los nazis y maoístas?

Tomás de Aquino distinguía lo que es propio de una cosa por sí, de lo que sólo accidentalmente le conviene. O sea, que Adolfo Hitler o Mao Tse Tung, respectivamente, austriaco y chino, es algo accidental en sus biografías, pero sus elecciones ideológicas fueron determinantes en sus acciones políticas. Por eso, tanto el nazismo como el comunismo son doctrinas totalitarias, que legitiman el uso de la violencia y la falta de respeto hacia los más elementales derechos humanos. Por tanto, suponer que un austriaco, o un chino, es, por ese hecho, un posible terrorista, es absurdo; pero temer que un nazi, o un maoísta, pueda atentar contra la democracia, no revela ninguna injusta suposición, precisamente porque esas ideologías son, en sí mismas, esencialmente antidemocráticas.

¿Y el Islam? Es obvio que hay que respetar todas las religiones –la libertad religiosa es uno de los pilares principales de la democracia y del estado de derecho- pero, así como que todas las religiones sean para la paz como, a propósito de este atentado, dice el Papa Francisco, no se puede negar que no son todas del mismo modo. Un budista es, por naturaleza, un pacifista y un acérrimo partidario de la no violencia, pero un musulmán es un creyente de Alá, por la alegada revelación de Mahoma que, si por un lado fue un fervoroso líder religioso, por otro también fue, como es históricamente cierto, un feroz guerrero, que “no solo predicó la violencia contra los no musulmanes, sino que dirigió personalmente sesenta campañas militares de enorme agresividad” (Paul Copan, Is God a moral monster?, ed. port., pág. 358). Por eso, no es una exageración afirmar que, aunque pueda haber un budista, o un cristiano, violento y agresivo, es más por excepción que por regla general, no se puede decir lo mismo de todos los mahometanos. Si hay, como es de justicia reconocer, seguidores de Mahoma que son pacíficos y tolerantes, también los hay que siguen la vida guerrera de dicho profeta, profesan su doctrina belicista, pretenden propagar por las armas su creencia y quieren imponer por la fuerza el régimen islámico, excluyendo, como ya aconteció en los países oficialmente musulmanes, la libertad religiosa y los demás derechos fundamentales.

Bernard Lewis, tal vez el mayor especialista occidental en la materia, escribió: “las cruzadas son un desarrollo tardío en la historia del cristianismo [...].El cristianismo estuvo sujeto a los ataques de los musulmanes desde el siglo VII y perdieron grandes territorios, que habían sido conquistados por el Islam [...]. Con todo, en el cuadro de la prolongada batalla entre el cristianismo y el Islam, las cruzadas fueron tardías, limitadas y relativamente breves. Al contrario, la jihad está presente desde los comienzos de la historia del Islam, tanto en los escritos como en la vida del profeta y en los actos de sus compañeros y sucesores inmediatos. Prosiguió durante toda la historia del Islam y continua siendo fascinante para los musulmanes de la actualidad”, como los recientes atentados dolorosamente lo confirman.

Es obvio que no se puede poner en duda la libertad religiosa, ni la libertad política, de pensamiento y de expresión pero, de modo análogo a como un nazi o como un maoísta es un peligro para el Estado libre y democrático, también un creyente extremista es una amenaza real para la sociedad, sobre todo si profesa una religión que legitima el uso de la violencia. Sería injusto suponer que todos los árabes, o musulmanes, son potencialmente criminales, incluso porque también hay, en el llamado Estado Islámico, bastantes terroristas que no son árabes, así como, eventualmente, mercenarios que simularán su conversión al Islam para ser admitidos en esa milicia musulmana. Pero Europa no puede ignorar una verdad por demás evidente: sí, en tiempos pasados, tuvo que hacer frente a un terrorismo esencialmente político (Brigadas Vermelhas, ETA, Baader-Meinhof, IRA, etc.), ahora es amenazada por el terrorismo que se autoproclama islámico.

Los judíos estaban autorizados a aplicar la ley del talión: ‘ojo por ojo, diente por diente’(Ex 21, 23-25; Lv 24, 17-21).Por el contrario, los cristianos saben que, si fueran agredidos en una mejilla, deben ofrecer la otra (cf. Mt 5, 39) y que, en cualquier circunstancia, están obligados a amar a sus enemigos (cf. Lc 6, 35-36). Pero el Evangelio también enseña a los creyentes a ser senillos como palomas, pero no ingenuos, y prudentes como las serpientes (cf. Mt 10, 16).
http://observador.pt/opiniao/a-jihad-uma-ameaca-para-a-europa/


¿Quién soy?



Daniel Medina Sierra


Vuelvo la vista atrás, cada día, e intento recordar un pasado turbio, ajeno por el paso de los años. Recordar quien fui como si una parte de mi ser quedara atrás, esperando mi regreso. ¿Qué clase de niño fui, quienes fueron mis padres en mi más tierna infancia?
No logro unir las piezas que me faltan de un pasado que se hace presente en tantas ocasiones.
Viejas heridas, antiguos destellos del pasado que se confunden entre la realidad y la ficción, dudas, preguntas imposibles de contestar, por que los autores de parte de mi historia han muerto, son polvo, polvo y cenizas.


Pasan los años y cada vez me asalta más el fantasma de un yo irreconocible. No sé quien fui y no me es posible saber quién soy, cuarenta años después. Me definen como buena persona, madura y a la vez algo infantil, luchador... en fin, definen algo que suponen soy. El mismo sentido del yo es algo lejano e incomprensible a mis ojos ¿quién soy yo? Sueño cada noche con la esperanza que un ser divino me despierte y muestre mi verdadero yo, y es curioso, pues uno de los pocos recuerdos que conservo es, estar en el calor de la noche, a escondidas, preguntando al cielo oscuro ¿quién soy yo?


Creí que a través del sufrimiento conseguiría obtener respuestas, una vida llena de penalidades, abusos, desengaños, errores y por último, de pobreza y soledad. No sé si por dar sentido a tanta maldad he llegado a creer que Dios me puso en este camino como un hijo aventajado que era, capaz de discernir entre el bien y el mal, y por medio de todas esas experiencias, conocerme. Tal vez me equivoqué, tal vez no es más que producto de una salida mental, un modo de soportar tanta hostilidad, meras ilusiones de una mente débil e incapaz de reconocer el mundo tal y como es, y por ende a mí.



Un niño de la noche, contemplando las estrellas durante horas, prácticamente todos los días. Que esperaba que ocurriera, ¿acaso esperaba a alguien? Cuarenta años después miro al cielo oscuro y sigo esperando, y no consigo dormir, hasta que el sueño se apodera de mí.

sábado, 30 de julio de 2016

Somos pasajeros – al infinito


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


La vida, como un tren, nos lleva a muchos lugares, tiempos, razones y sentimientos. Cada uno de nosotros entra en una estación y en otra, que desconoce, tendrá que salir. Vemos a mucha gente embarcar y desembarcar.

El camino es siempre único, pero las bellezas del mundo son comunes. Algunas están en los paisajes de los días y noches que vivimos, otras en el interior del tren: los pasajeros que comparten con nosotros parte del viaje... y aún hay la mayor de las bellezas: la del mundo que crece dentro de nosotros. La maravilla de ser, tener y sentir un corazón que crece solo porque puede recoger un poco de cada esquina que hay en el mundo.

Muchos imaginan la felicidad como un sosiego donde el placer es permanente, pero la verdad es que tenemos  que ser nosotros luchando contra los deseos que nos inquietan y destrozan la paz, aquellos que realizados satisfacen, pero luego se apodera del alma un vacío mayor... Importa aprender a distinguir las inquietudes buenas, que nos llevan a superar nuestros límites, de los desasosiegos que solo nos destruyen, porque nos hacen inútiles y caprichosos. Hay placeres buenos y dolores buenos...

Ser feliz no es estar por encima de las nubes. No es un tren especial o un vagón de primera clase. No es, siquiera una estación. Ser feliz es aprender a aceptar el viaje, tal como él es, con el corazón abierto...

Ser feliz es un pedazo bello del mundo que no pierde el brillo de su armonía, a pesar de todos los accidentes del camino, a pesar de los inviernos que parecen no tener fin... e, incluso, de las tempestades que vienen siempre con voluntad de arrancar los árboles por la raíz y nuestro tren de las vías...

Tal vez ser feliz pase por la capacidad de dejar un poco de sí en cada esquina del mundo.
Vivir es poder sentir de cerca mucha lejanía...ser feliz es acercarse y encontrar formas de permanecer siempre allí.

La felicidad, como la vida, no es un momento, es un viaje sin regreso, una aventura sin fin.




((ilustração de Carlos Ribeiro)


http://rr.sapo.pt/artigo/60177/somos_passageiros_do_infinito

domingo, 24 de julio de 2016

“¡No tendrán mi odio!”



Cada cristiano puede y debe defenderse, y a la sociedad, también por las armas. El terrorismo no admite tolerancia. Pero si Cristo perdonó a quien lo crucificó, el cristiano también está obligado al amor y al perdón.

Hay alguna fiereza y crueldad en el modo como se reduce un atentado y más un acto terrorista. Es verdad que, en términos históricos, la tragedia de Nice no fue la primera, ni será, desgraciadamente, la última. Con todo, para todos los que en ella perecieron y para las familias de las víctimas, Niza no fue solo un episodio de una tragedia ya conocida: fue el acto final de un drama que no se puede subestimar. Por más sinceras que sean las condolencias, o por más sentido que sea el pesar, nadie puede restituir la vida a las personas que la perdieron, ni compensar a los que sufrieron tan irreparable pérdida.

Así fue también el 13 de noviembre de 2015 cundo, en París, Bataclan se convirtió en un antro de horror y de muerte. Antoine Leiris vivió muy de cerca este drama, en el cual murió su mujer y madre de su hijo, de solo un año y medio. Para exorcizar su alma y preservar la inocencia de su hijo, redactó un texto que es “un acto de resistencia al horror, un homenaje a su mujer, Hélèn, y un testimonio de amor y esperanza para su hijo, Melvil. Un libelo contra el odio, por un futuro de amor y paz” –se lee en la pestaña de ese libro, que la editora Objetiva dio a la imprenta, con el título de esta crónica, en abril de este año.

Es para los terroristas que asesinaron a su mujer y madre de su hijo para quien escribe Antoine Leiris las líneas más impresionante: “El sábado por la noche, ustedes robaron la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no tendrán mi odio. No sé quiénes son ustedes y no quiero saberlo, son almas muertas. Si ese dios en nombre del cual matan ciegamente nos hace a su imagen, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá sido una herida en su corazón”.

Con todo, Antoine no cede a la tentación de la venganza: “no, no os daré el placer de odiaros. Y, no mientras, ustedes hacen todo por merecerlo, pero responder al odio con rabia sería ceder a la misma ignorancia que hace de ustedes lo que son. Quieren que yo tenga miedo [...]. Pues perderán. [...] Es claro que estoy destrozado por el disgusto, os doy esa pequeña victoria, pero será de corta duración. Sé que ella nos acompañará todos los días y que nos reencontraremos en el paraíso de las almas libres, al cual ustedes no tendrán acceso”.

 “Somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. Además, ni siquiera os voy a dedicar más tiempo, voy a dedicarlo a Melvil, que está despertando de la siesta. Tiene solo diecisiete meses, va a comer como todos los días, después vamos a jugar como todos los días, y el resto de la vida este niño va a haceros la afrenta de ser feliz y libre. Porque no, tampoco tendrán el odio de él”.

No es fácil actuar con tanta nobleza y dignidad a tan vil ofensa: la respuesta natural sería la del talión, la de exigir ‘ojo por ojo y diente por diente’,  la de  segar las vidas culpables de muertes inocentes. Se podía esperar, por lo menos, un deseo si no de venganza, por lo menos de reparación por el crimen cometido. Pero una represalia  por el crimen sería ya una cesión a la lógica que preside estos ataques que, no en vano, son terroristas. ¿De qué va a servir matar más mujeres, hombres y niños inocentes en palestina, en Siria, o en Irak? A la injusticia no se puede responder  con la injusticia de signo contrario, sino con la justicia y la ley, aún cuando estos medios puedan parecer insuficientes ante un maltan brutal y aterrador. La superioridad de la civilización está, precisamente, en esta su aparente flaqueza: el día que los terroristas hubieran logrado que se les responda con la misma moneda, habrán alcanzado su objetivo y ya no nos diferenciaremos de ellos.

Humanamente hablando, no se puede pedir más de lo que el viudo de Hélène y padre de Melvil fue capaz de escribir, en tan dolorosa declaración. Pero la caridad cristiana, que obliga a luchar implacablemente contra el mal, va más allá de esta mera recusación del odio y de la venganza. Sí, es verdad que, “si ese Dios, en nombre del cual matan ciegamente, nos hace a su imagen y semejanza, cada bala en el cuerpo de mi mujer supondrá una herida en su corazón”. Pero es igualmente verdad que también los asesinos, por mucho que nos cueste reconocerlo, fueron criados a imagen y semejanza de Dios: ellos no son aún ‘almas muertas’ y nadie los puede excluir del ‘paraíso de almas libres’. No hay, en este mundo, pecador que no pueda convertirse, ni justo que no se pueda condenar.

Cada cristiano puede y debe defenderse y defender a la sociedad, también por las armas, siempre que lo haga por medios lícitos y proporcionados. El terrorismo no admite ninguna tolerancia. Pero, si Cristo perdonó a los que lo crucificaron, el cristiano también está obligado al amor y al perdón: “Oísteis que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Yo, por esto, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian y orad por los que os maltratan y os persiguen” (Mt 5, 43-45). Se puede amar y orar por los terroristas, sin dejar de combatirlos y castigarlos, del mismo modo que los padres, cuando reprenden y castigan a los hijos, no dejan de marlos.

Quien cultiva solo los valores laicos de la justicia y de la tolerancia, tal vez consiga no vengarse, ni odiar. Pero solo quien profesa una moral superior como la caridad cristiana, puede, sin renunciar a la lucha por la justicia y por la paz, perdonar y amar a los enemigos.


sábado, 23 de julio de 2016

La princesa y los muros


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


- Buenos días, Forças...

-Hola, princesa, ¿qué vamos a hacer hoy?

- Hoy volvemos al muro de ayer. Tenemos que derribarlo.

- Hola... Serás tú siempre quien  decide, ¿pero... por qué razón me gastas en estas pequeñas cosas? No sería mejor que buscáramos una forma de rodear a ese adversario, ya que él sólo es enemigo porque tú lo consideras como tal... al final, solo no cedió a tu voluntad... y sabes, él es un muro, no tiene voluntad siquiera. Te gustan demasiado los muros...

-Sí. Pero yo necesito demostrarme a mí misma que soy capaz de cumplir lo que imagino y de acabar lo que  he comenzado.

- Princesa, nuestro valor depende de la capacidad de ser fieles a nosotros mismos, de ser constantes en los buenos y en los malos momentos.

- Eso mismo. Yo no quiero ser como aquellas personas que están siempre dispuestas a entrar en contradicción. Prefieren agradar a los otros en vez de respetar la verdad. Nos atraen para engañarnos.

-Claro, pero no todas las firmezas son buenas. La excelencia de alguien depende mucho de ir adaptándose a las circunstancias. Siempre con humildad, sin querer nunca ser más fuerte que el mundo. ¡La obstinación es una especie de maldición para quien la tiene!

- ¿Qué quieres decir? ¿Quién cambia de ideas es mejor que quien mantiene siempre las mismas?

- Lo que creo s que tu nobleza dependerá siempre del valor de las ideas que escoges, mucho más que de tu determinación. Si es fiel a algo insignificante, te vuelves insignificante. Al contrario, si no desistes de algo valioso, entonces serás noble, porque estás siendo fiel a algo noble.

- Yo quiero luchar, con todo, en defensa de lo que creo.

- ¡Oh mi querida princesa, ¿cómo prefieres gastar tus fuerzas y la mías? Son muchas, pero no son infinitas!

- Quiero que luches conmigo por aquello que creo.
¿Pero... quieres ir lejos... guardando, cada día, fuerzas que gastaríamos en luchas sin sentido? ¿O... prefieres que luchemos contra todo lo que se nos oponga, sin querer pararnos a buscar otros caminos?

- No entiendo...

- ¿Prefieres malgastar las fuerzas contra todo lo que se nos oponga o invertirlas en aquello que vale la pena?

- ¡Prefiero intentar llegar lejos... incluso porque no me gusta estar siempre en el mismo sitio!

-  Nosotros evolucionamos, pero solo mientras tuviéramos paciencia para aprender. Mantén tu inteligencia atenta y tu corazón abierto.

-¿Cómo hago eso?

-Cuando algo se te resista o se opusiera a tus planes, no cedas a la voluntad de someterlo y pasarle por encima. No cierres los puños y los dientes, cerrando los ojos y los oídos...

-Pero...

- Aquí no hay más, tu razón encontrará siempre el camino mejor para tus fuerzas. Aunque, a veces, se demore mucho...

-No sé qué decir, Forças...

- ¡Poco importa, princesa! ¿Dónde quieres ir? ¿Hacia el muro de ayer?

- ¡No, vamos a dar la vuelta al muro y a ir más lejos! ¡Mucho más lejos... hacia el horizonte! ¡¡¡Vamos a dar la vuelta al mundo!!!

  (ilustração de Carlos Ribeiro)


http://rr.sapo.pt/artigo/59674/a_princesa_e_os_muros