Não
sei quantas almas tenho
Não
sei quantas almas tenho.
Cada momento mudei. Continuamente me estranho. Nunca me vi nem achei. De tanto ser, só tenho alma. Quem tem alma não tem calma. Quem vê é só o que vê, Quem sente não é quem é,
Atento
ao que sou e vejo,
Torno-me eles e não eu. Cada meu sonho ou desejo É do que nasce e não meu. Sou minha própria paisagem; Assisto à minha passagem, Diverso, móbil e só, Não sei sentir-me onde estou.
Por
isso, alheio, vou lendo
Como páginas, meu ser. O que segue não prevendo, O que passou a esquecer. Noto à margem do que li O que julguei que senti. Releio e digo: “Fui eu ?” Deus sabe, porque o escreveu.
Poema
de Fernando Pessoa
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No sé
cuantas almas tengo
No sé
cuántas almas tengo
A
cada momento mudé.
Continuamente
me extraño.
Nunca
me vi ni encontré.
De
tanto ser, sólo tengo alma.
Quien
tiene alma no tiene calma.
Quien
ve es sólo lo que ve,
Quien
siente no es quien es,
Atento
a lo que soy y veo,
Me
vuelvo ellos y no yo.
Cada
sueño mío o deseo
Es de
lo que nace y no mío.
Soy
mi propio paisaje;
Asisto
a mi pasaje,
Diverso,
móvil y solo,
No sé
sentirme donde estoy.
Por
eso, ajeno, voy leyendo
Como
páginas, mi ser.
Lo
que sigue no imaginando,
Lo
que pasó olvidando.
Anoto
al margen de lo que leí
Lo
que creí que sentí.
Releo
y digo: ¿”fui yo?”
Dios
sabe por qué escribo.
Poema
de Fernando Pesoa
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domingo, 21 de agosto de 2016
No sé cuantas almas tengo
sábado, 20 de agosto de 2016
Cumple lo que prometes
JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS
Las palabras no son viento que sale de nosotros. Con
ellas se dice la verdad, a través de ellas se construyen realidades, pero
también con su poder se crean mentiras – trampa donde se quiere que los otros caigan.
Una promesa que cumplo es una garantía que doy a los
otros –y a mí mismo- de que la confianza en mí depositada no se puede perder,
fructifica. Una mentira –o una simple promesa hecha – hace lo contrario, corroe
los pilares de lo que soy, me destruye... cuando miento, soy yo mismo quien
asume que no merece la verdad, que no soy digno de mi misma confianza. Es así
porque es casi irrelevante que una determinada mentira sea descubierta por los
otros: cuando alguien miente, sabe que miente. Quiere mentir. No quiere la
verdad. No quiere ser auténtico.
Creer que las propias palabras son pasajeras es
despreciarse. Reconocer un error es bueno, intentar disculparse, alegando que
todos cometemos errores, ya es una excusa para la irresponsabilidad... porque
es posible que la mayor parte de los otros no cometan los mismos errores que
nosotros.
Es esencial tener presente que el eco de la palabra dada
con honra quedará para siempre en el corazón de aquel a quien se destina, pero
marcará aún más el suelo del alma de quien decidió pronunciarla.
Quien quiere ser mejor, se levanta temprano. No quiere
soñar con mundos fáciles y posibles. Quiere vivir lo mejor de todos los
posibles, por más difícil que sea.
Importa cuidar mucho del silencio en que envolvemos
nuestras palabras. Él dice siempre más que las propias palabras. Puede ser
señal de presencia o de ausencia. La verdad o también una mentira. El bien o un
mal. El silencio puede ser una armadura que protege o una espada que mata...
Prometer a alguien nuestro silencio bueno será uno de los
más bellos gestos que podemos realizar, no la promesa en sí, sino lo que hiciéramos
para cumplirlo.
Uno de los designios más altos de la existencia será el
de hacer de la propia vida una certeza de bien.
(ilustração de Carlos Ribeiro)
viernes, 19 de agosto de 2016
CONDICIÓN
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CONDIÇÃO
Guiado
pelo fio dos seus versos,
Entra no labirinto Dos próprios sentimentos, Mata o monstro sangrento, E sai, sedento Doutras aventuras De mais universal inquietação. Mas o homem é o centro do infinito Que procura... E quando julga andar longe de si, A combater dragões impessoais, É sempre a mesma luz Que o conduz, É sempre o mesmo dédalo quc encontra, E é sempre o Minotauro Que enfrenta e que domina. — O mesmo Minotauro que devora Cada hora Que o secreto destino lhe destina.
Miguel
Torga
Câmara
ardente (Coimbra, 1962)
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CONDICIÓN
Guiado
por el hilo de sus versos
entra
en el laberinto
de
los propios sentimientos,
mata
el monstruo sangriento,
y
sale, sediento
de
otras aventuras
de
más universal inquietud.
Pero
el hombre es el centro del infinito
que
busca...
Y
cuando cree andar lejos de sí,
Combatiendo
dragones impersonales (imaginarios)
es
siempre la misma luz
que
lo conduce,
encuentra
siempre el mismo laberinto,
y
es siempre el Minotauro
Al
que se enfrenta y domina
-el
mismo Minotauro que devora
Cada
hora
Que
el secreto destino le destina.
Miguel
Torga
Câmara
ardente (Coimbra, 1962)
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domingo, 14 de agosto de 2016
La banalización del mal
Una cosa erala violencia en
los dibujos animados de los años 60. No había internet ni centenares de canales
por cable. Ahora, la vida de muchos adolescentes se hace entre móviles,
consolas y computadoras. Estar con las personas, la familia o en las aulas es
el 2intermedio” del gran recreo que es estar 2enchufado” con el ojo en la pantalla
(a veces en dos). Después no nos quejemos...
Hannah Arendt, la filósofa que
cubrió en Israel el juicio del nazi Adolf Eichmann, colocó la cuestión del bien
y del mal, y de la banalización del mismo, que puede llegar al punto de cometer
las mayores barbaridades “sólo para cumplir órdenes superiores”. El individuo
deja de pensar y pierde la ética y la moral. Se convierte en una máquina que
solo pretende un objetivo –en el caso de los nazis los campos de concentración,
era cumplir las órdenes: exterminar.
Pasemos al presente. La
descripción del juego dice, en la webpage: “¿Está preparado para atropellar personas
con el coche? En este juego usted habrá de tener sangre fría para conseguir
atropellar el máximo de personas en el menor tiempo posible. Pero no se
preocupe, pues si usted choca con el coche contra los muros, edificios y otros
carros, su ‘Health’ va disminuir y cuando llegue a cero usted perderá el juego!
Son varios los niveles de dificultad y usted tendrá que correr detrás del
tiempo y detrás de las personas que estuvieran en la calle, pero no se olvide
de golpearlas cajas de remedio que estuvieran en el camino, pues en ellas le (sic)
ayudarán a ganar más ‘Health’ y
continuar el juego.” Y termina con un desafío: “¿Vamos a jugar a golpear y
atropellar personas con el carro?”
Hace muchos años, más de
quince, escribí un artículo sobre un juego que entonces existía, el Armageddon –que hoy los adolescentes
considerarían una taberna en términos gráficos, pero que ya era suficientemente
realista – “se pilotaba” un coche y se saltaba al paseo, intentando atropellar
el mayor número de personas. Zigzagueando era más eficaz. Al final, cuantos más
muertos, más puntos, con un aspecto “interesante”: atropellar embarazadas,
bebés y viejos valía el doble.
Hoy, la ‘alegría de la chiquillería’
es, entre otros de igual calibre, manifiesta por el éxito del GTA –no, no es
una sigla de un Grupo Terrorista Armenio o Anatolio o Árabe. No fue creado por
ningún Ali ni ningún Ahmed. Fueron David Jones y Mike Daily, y unos cuantos
amigos más, y GTA quiere decir Grand Theft Auto, lo que, en lengua inglesa, se
refiere (en la vida real, es preciso decir, porque en determinados momentos ya
no sabemos dónde estamos y a cuantas andamos) a robos de automóviles de valor
superior a 40 mil dólares ( cerca de 35 mil euros) Carjacking, al final...
Al jugar, el adolescente (o
el niño...) asume la personalidad de un criminal que comete todo tipo de
actividades ilegales –violencia, tráfico de droga, asesinatos, explotación de
prostitutas -, todo a través de mucha acción, aventura y conducción en dicho
coche robado. En las primeras 24 horas, el videojuego alcanzó mil millones de
dólares, recibiendo los mayores elogios por sus escenas “casi reales”.
En una mezcla de acción,
aventura y dirección, el juego se dedica a temas con violencia, asesinato,
drogas, incitaciones y manifestaciones sexuales, tortura, mutilación, etc. Pero
lo que es más ‘llamativo’ es la gran libertad que el juego da en relación a lo
que el personaje puede hacer: agredir y matar personas, robar vehículos,
producir caos, saltar al paseo y atropellar transeúntes, entre otras muchas
cosas, todo motivado por un deseo de ‘venganza’ que lo lleva a ‘hacer todo para
conseguir los objetivos’, aunque sea asociarse a gangsters y matar inocentes.
Finalmente, aún existen la fuerzas de la autoridad, pero el gran jugador es
aquel que es capaz de burlarlas y abatirlas, en una escalada en que se ve
envuelta la policía, después la CIA, después el FBI, en que el propio Estado es
el enemigo a combatir.
Se dice que la serie causa
controversia, pero para mí, debo decir, no veo ninguna controversia, porque me
parece que los niños y adolescentes están horas al hilo ‘metidos’ en un
escenario con gran realismo, practicando y ejercitando atropellos, asesinatos, haciendo
uso de armas y de droga, cometiendo crímenes sexuales y otras cosas, no da
lugar a dudas. Además, la xenofobia forma parte de los juegos, como no podía
dejar de ser, y la frase ‘Kill the Haitian dickheads’ (dick se refiere a los
genitales masculinos...), ahora sabiamente retirada, era dicha con frecuencia.
El jugador puede, en la escena, tener relaciones sexuales con la enamorada y
ganar puntos si llega al orgasmo.
El lector que vea cuantos
GTA existen en su casa, en las pantallas de las consolas y de los ordenadores
de los hijos. Después, piense en Nice, e Daesh, en las primeras páginas de los periódicos
que tanto lo resaltan, en los inicios de los telediarios, y piense en Hannah
Arendt y en el concepto de banalización del mal.
No se trata de moralismo, no...
porque si hay una cosa que no me guste son los fundamentalismos y visión
simplista de los fenómenos complejos. Se trata, en mi opinión, de la defensa de
una civilización y de un modelo educativo que se base en la paz y en una
resolución pacífica de los conflictos. No basta decir “Je suis quelque chose” o
contar histriónicamente la historia de los portugueses que escaparon a la matanza de Nice, conmoverse con la
portera de París o decir que “hace años que estuve en la estación de metro de
Maelbeek, imagina de lo que escapé!”, o “incluso estuve cerca del centro
comercial Olympia cuando fui a ver el estadio del Bayern”, y después dejar que
nuestros hijos se habitúen en el mundo virtual/real en el que viven gran parte de
su vida –a manipular el mal y, peor, ‘ganar puntos’ con eso.
O entonces, si renunciamos
por inercia, pereza o cobardía, caemos en la trampa de pensar que es solo un
juego y que los niños y adolescentes son
unos pobres ingenuos y no están en fase de formación ética, y podremos entonces
gritar, como José Millán-Astray, fundador de la Legión Española y uno de los
militares de extrema derecha, ‘¡viva la muerte!’ Yo, personalmente, prefiero
que las ideas de Hanna Arendt me provoquen dudas, inquietud y hasta irritación,
como las que vosotros comunicáis hoy, y pensar que, aunque sea en un juego de
consola, no se salta a los paseos con el objeto de atropellar el mayor número
de personas...
Pero probablemente soy yo
que soy pesimista y no entiendo ya el mundo de los niños...
HACIA UN NUEVO HUMANISMO
José Antonio Hernández Guerrero
51.- El tiempo de la cosecha.
Los hechos nos confirman que los años ya vividos y las experiencias acumuladas constituyen, más que tiempo gastado, un capital de recursos efectivos, de fértiles cosechas y de frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y para que extraigamos todos sus jugos. Si seguimos aprovechando el tiempo, si cultivamos con esmero las semillas que encierran cada uno de los episodios vividos -tanto los gratos como los desagradables, tanto los exitosos como los frustrantes-, es probable que germinen y nos proporcionen conocimientos útiles y beneficiosos.
En contra de todas las apariencias, si nos empeñamos, es posible que los caminos ya recorridos nos descubran unos horizontes vitales más diáfanos, nos abran nuevas puertas y nos rompan ataduras convencionales. Maduramos humanamente cuando ensanchamos nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible.
Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar las fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con colores lúgubres, y, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos los gérmenes vitales –esa fe, esa esperanza y ese amor- que laten en el fondo de la existencia humana.
sábado, 13 de agosto de 2016
El bien y el mal nunca son evidentes
JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS
El mundo es mayor y más rico de lo que parece. Tiene
fundamentos que desconocemos y fines que nos sobrepasan. Hay un conjunto de
realidades íntimas que escapan a los ojos, pero que es la razón de ser de todo
lo que puede ser visto.
Incluso lo que es más precioso en este mundo está, muchas
veces, bajo un manto de suciedad. Así como las mayores inmundicias surgen, casi
siempre bajo la apariencia de cosas buenas. Las apariencias son trampas donde
quedan apresados los que creen que las bellezas se ven con los ojos abiertos...
Hay una música, muy parecida a un silencio bueno, que nos
ayuda a soportar los peores momentos de la vida. Nos llega del corazón y es una
señal del misterio que reside en lo más íntimo de nosotros.
No se ama por conocer, es porque se ama lo que se conoce.
El amor es una intimidad entre dos personas. No se aman cosas.
La verdad resulta del encuentro entre el pensamiento y la
realidad. Por eso, es siempre un descubrimiento que se encuentra. Podemos negar
la verdad, mintiendo, pero ni la realidad ni el pensamiento se dejan jamás
moldear por las mentiras.
Amar es el coraje tranquilo que quiere ser verdadero.
Para amar es preciso ser íntegro, pero solo amando llegamos
a serlo.
(ilustração de Carlos Ribeiro)
http://rr.sapo.pt/artigo/61316/o_bem_e_o_mal_nunca_sao_evidentes
martes, 9 de agosto de 2016
Resiliencia: definición y significado
La resiliencia es una capacidad que nos permite afrontar
las crisis o situaciones potencialmente traumáticas y salir
fortalecidos de ellas. La resiliencia implica reestructurar nuestros recursos
psicológicos en función de las nuevas circunstancias y de nuestras necesidades.
De esta manera, las personas resilientes no solo son capaces de sobreponerse a
las adversidades que les ha tocado vivir, sino que van un paso más allá y
utilizan esas situaciones para crecer y desarrollar al máximo su potencial.
Para las personas resilientes no existe una vida dura,
sino momentos difíciles. Y no se trata de una simple disquisición
terminológica, sino de una manera diferente y más optimista de ver el mundo ya
que son conscientes de que después de la tormenta llega la calma. De hecho,
estas personas a menudo sorprenden por su buen humor y nos hacen preguntarnos
cómo es posible que, después de todo lo que han pasado, puedan afrontar la vida
con una sonrisa en los labios.
La práctica de la resiliencia: ¿Cómo podemos ser más
resilientes?
La resiliencia no es una cualidad innata, no está impresa
en nuestros genes, aunque sí puede haber una tendencia genética que puede
predisponer a tener un “buen carácter”. La resiliencia es algo que
todos podemos desarrollar a lo largo de la vida. Hay personas que son
resilientes porque han tenido en sus padres o en alguien cercano un modelo de
resiliencia a seguir, mientras que otras han encontrado el camino por sí solas.
Esto nos indica que todos podemos ser resilientes, siempre y cuando cambiemos
algunos de nuestros hábitos y creencias.
De hecho, las personas resilientes no nacen, se
hacen, lo cual significa que han tenido que luchar contra situaciones adversas
o que han probado varias veces el sabor del fracaso y no se han dado por
vencidas. Al encontrarse al borde del abismo, han dado lo mejor de sí y han
desarrollado las habilidades necesarias para enfrentar los diferentes retos de
la vida.
¿Qué caracteriza a una persona resiliente?
Las personas que practican la resiliencia:
Son
conscientes de sus potencialidades y limitaciones. El
autoconocimiento es un arma muy poderosa para enfrentar las adversidades y los
retos, y las personas resilientes saben usarla a su favor. Estas personas saben
cuáles son sus principales fortalezas y habilidades, así como sus limitaciones
y defectos. De esta manera pueden trazarse metas más objetivas que no solo
tienen en cuenta sus necesidades y sueños, sino también los recursos de los que
disponen para conseguirlas.
Son
creativas. La persona con una alta capacidad de resiliencia
no se limita a intentar pegar el jarrón roto, es consciente de que ya nunca a
volverá a ser el mismo. El resiliente hará un mosaico con los trozos rotos, y
transformará su experiencia dolorosa en algo bello o útil. De lo vil, saca lo
precioso.
Confían
en sus capacidades. Al ser conscientes de sus
potencialidades y limitaciones, las personas resilientes confían en lo que son
capaces de hacer. Si algo les caracteriza es que no pierden de vista sus
objetivos y se sienten seguras de lo que pueden lograr. No obstante, también
reconocen la importancia del trabajo en equipo y no se encierran en sí mismas,
sino que saben cuándo es necesario pedir ayuda.
Asumen
las dificultades como una oportunidad para aprender. A
lo largo de la vida enfrentamos muchas situaciones dolorosas que nos
desmotivan, pero las personas resilientes son capaces de ver más allá de esos
momentos y no desfallecen. Estas personas asumen las crisis como una
oportunidad para generar un cambio, para aprender y crecer. Saben que esos
momentos no serán eternos y que su futuro dependerá de la manera en que
reaccionen. Cuando se enfrentan a una adversidad se preguntan: ¿qué puedo
aprender yo de esto?
Practican
el mindfulness o conciencia plena. Aún sin ser
conscientes de esta práctica milenaria, las personas resilientes tienen el hábito de estar plenamente presentes, de
vivir en el aquí y ahora y tienen una gran capacidad de aceptación. Para
estas personas el pasado forma parte del ayer y no es una fuente de
culpabilidad y zozobra mientras que el futuro no les aturde con su cuota de
incertidumbre y preocupaciones. Son capaces de aceptar las experiencias tal y
como se presentan e intentan sacarles el mayor provecho. Disfrutan de los
pequeños detalles y no han perdido su capacidad para asombrarse ante la vida.
Ven
la vida con objetividad, pero
siempre a través de un prisma optimista. Las personas resilientes son
muy objetivas, saben cuáles son sus potencialidades, los recursos que tienen a
su alcance y sus metas, pero eso no implica que no sean optimistas. Al ser
conscientes de que nada es completamente positivo ni negativo, se esfuerzan por
centrarse en los aspectos positivos y disfrutan de los retos. Estas personas
desarrollan un optimismo realista, también llamado optimalismo, y están
convencidas de que por muy oscura que se presente su jornada, el día siguiente
puede ser mejor.
Se
rodean de personas que tienen una actitud positiva. Las
personas que practican la resiliencia saben cultivar sus amistades, por lo que
generalmente se rodean de personas que mantienen una actitud positiva ante la
vida y evitan a aquellos que se comportan como vampiros emocionales. De esta
forma, logran crear una sólida red de apoyo que les puede sostener en los
momentos más difíciles.
No
intentan controlar las situaciones. Una de las
principales fuentes de tensiones y estrés es el deseo de querer controlar todos
los aspectos de nuestra vida. Por eso, cuando algo se nos escapa de entre las
manos, nos sentimos culpables e inseguros. Sin embargo, las personas
resilientes saben que es imposible controlar todas las situaciones, han
aprendido a lidiar con la incertidumbre y se sienten cómodos aunque no tengan
el control.
Son flexibles
ante los cambios. A pesar de que las personas
resilientes tienen una autoimagen muy clara y saben perfectamente qué quieren
lograr, también tienen la suficiente flexibilidad como para adaptar sus planes
y cambiar sus metas cuando es necesario. Estas personas no se cierran al cambio
y siempre están dispuestas a valorar diferentes alternativas, sin aferrarse
obsesivamente a sus planes iniciales o a una única solución.
Son
tenaces en sus propósitos. El hecho de que las personas
resilientes sean flexibles no implica que renuncien a sus metas, al contrario,
si algo las distingue es su perseverancia y su capacidad de lucha. La
diferencia estriba en que no luchan contra molinos de viento, sino que
aprovechan el sentido de la corriente y fluyen con ella. Estas personas tienen
una motivación intrínseca que les ayuda a mantenerse firmes y luchar por lo que
se proponen.
Enfrentan
la adversidad con humor. Una de las características
esenciales de las personas resilientes es su sentido del humor, son capaces de
reírse de la adversidad y sacar una broma de sus desdichas. La risa es su mejor
aliada porque les ayuda a mantenerse optimistas y, sobre todo, les permite
enfocarse en los aspectos positivos de las situaciones.
Buscan
la ayuda de los demás y el apoyo social. Cuando las personas
resilientes pasan por un suceso potencialmente traumático su primer objetivo es
superarlo, para ello, son conscientes de la importancia del apoyo social y no
dudan en buscar ayuda profesional cuando lo necesitan.
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