domingo, 21 de agosto de 2016

No sé cuantas almas tengo


Fernando Pessoa



Não sei quantas almas tenho

Não sei quantas almas tenho.
Cada momento mudei.
Continuamente me estranho.
Nunca me vi nem achei.
De tanto ser, só tenho alma.
Quem tem alma não tem calma.
Quem vê é só o que vê,
Quem sente não é quem é,
Atento ao que sou e vejo,
Torno-me eles e não eu.
Cada meu sonho ou desejo
É do que nasce e não meu.
Sou minha própria paisagem;
Assisto à minha passagem,
Diverso, móbil e só,
Não sei sentir-me onde estou.
Por isso, alheio, vou lendo
Como páginas, meu ser.
O que segue não prevendo,
O que passou a esquecer.
Noto à margem do que li
O que julguei que senti.
Releio e digo: “Fui eu ?”
Deus sabe, porque o escreveu.

Poema de Fernando Pessoa

No sé cuantas almas tengo

No sé cuántas almas tengo
A cada momento mudé.
Continuamente me extraño.
Nunca me vi ni encontré.
De tanto ser, sólo tengo alma.
Quien tiene alma no tiene calma.
Quien ve es sólo lo que ve,
Quien siente no es quien es,
Atento a lo que soy y veo,
Me vuelvo ellos y no yo.
Cada sueño mío o deseo
Es de lo que nace y no mío.
Soy mi propio paisaje;
Asisto a mi pasaje,
Diverso, móvil y solo,
No sé sentirme donde estoy.
Por eso, ajeno, voy leyendo
Como páginas, mi ser.
Lo que sigue no imaginando,
Lo que pasó olvidando.
Anoto al margen de lo que leí
Lo que creí que sentí.
Releo y digo: ¿”fui yo?”
Dios sabe por qué escribo.

Poema de Fernando Pesoa




sábado, 20 de agosto de 2016

Cumple lo que prometes


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS

Las palabras no son viento que sale de nosotros. Con ellas se dice la verdad, a través de ellas se construyen realidades, pero también con su poder se crean mentiras –  trampa donde se quiere que los otros caigan.

Una promesa que cumplo es una garantía que doy a los otros –y a mí mismo- de que la confianza en mí depositada no se puede perder, fructifica. Una mentira –o una simple promesa hecha – hace lo contrario, corroe los pilares de lo que soy, me destruye... cuando miento, soy yo mismo quien asume que no merece la verdad, que no soy digno de mi misma confianza. Es así porque es casi irrelevante que una determinada mentira sea descubierta por los otros: cuando alguien miente, sabe que miente. Quiere mentir. No quiere la verdad. No quiere ser auténtico.

Creer que las propias palabras son pasajeras es despreciarse. Reconocer un error es bueno, intentar disculparse, alegando que todos cometemos errores, ya es una excusa para la irresponsabilidad... porque es posible que la mayor parte de los otros no cometan los mismos errores que nosotros.

Es esencial tener presente que el eco de la palabra dada con honra quedará para siempre en el corazón de aquel a quien se destina, pero marcará aún más el suelo del alma de quien decidió pronunciarla.

Quien quiere ser mejor, se levanta temprano. No quiere soñar con mundos fáciles y posibles. Quiere vivir lo mejor de todos los posibles, por más difícil que sea.

Importa cuidar mucho del silencio en que envolvemos nuestras palabras. Él dice siempre más que las propias palabras. Puede ser señal de presencia o de ausencia. La verdad o también una mentira. El bien o un mal. El silencio puede ser una armadura que protege o una espada que mata...

Prometer a alguien nuestro silencio bueno será uno de los más bellos gestos que podemos realizar, no la promesa en sí, sino lo que hiciéramos para cumplirlo.

Uno de los designios más altos de la existencia será el de hacer de la propia vida una certeza de bien.

                                                    (ilustração de Carlos Ribeiro)


viernes, 19 de agosto de 2016

CONDICIÓN

CONDIÇÃO

Guiado pelo fio dos seus versos,
Entra no labirinto
Dos próprios sentimentos,
Mata o monstro sangrento,
E sai, sedento
Doutras aventuras
De mais universal inquietação.
Mas o homem é o centro do infinito
Que procura...
E quando julga andar longe de si,
A combater dragões impessoais,
É sempre a mesma luz
Que o conduz,
É sempre o mesmo dédalo quc encontra,
E é sempre o Minotauro
Que enfrenta e que domina.
— O mesmo Minotauro que devora
Cada hora
Que o secreto destino lhe destina.

Miguel Torga
Câmara ardente (Coimbra, 1962)

CONDICIÓN

Guiado por el hilo de sus versos
entra en el laberinto
de los propios sentimientos,
mata el monstruo sangriento,
y sale, sediento
de otras aventuras
de más universal inquietud.
Pero el hombre es el centro del infinito
que busca...
Y cuando cree andar lejos de sí,
Combatiendo dragones impersonales (imaginarios)
es siempre la misma luz
que lo conduce,
encuentra siempre el mismo laberinto,
 y es siempre el Minotauro
Al que se enfrenta y domina 
-el mismo Minotauro que devora
Cada hora
Que el secreto destino le destina.

Miguel Torga

Câmara ardente (Coimbra, 1962)

domingo, 14 de agosto de 2016

La banalización del mal


Una cosa erala violencia en los dibujos animados de los años 60. No había internet ni centenares de canales por cable. Ahora, la vida de muchos adolescentes se hace entre móviles, consolas y computadoras. Estar con las personas, la familia o en las aulas es el 2intermedio” del gran recreo que es estar 2enchufado” con el ojo en la pantalla  (a veces en dos). Después no nos quejemos...

Hannah Arendt, la filósofa que cubrió en Israel el juicio del nazi Adolf Eichmann, colocó la cuestión del bien y del mal, y de la banalización del mismo, que puede llegar al punto de cometer las mayores barbaridades “sólo para cumplir órdenes superiores”. El individuo deja de pensar y pierde la ética y la moral. Se convierte en una máquina que solo pretende un objetivo –en el caso de los nazis los campos de concentración, era cumplir las órdenes: exterminar.

Pasemos al presente. La descripción del juego dice, en la webpage: “¿Está preparado para atropellar personas con el coche? En este juego usted habrá de tener sangre fría para conseguir atropellar el máximo de personas en el menor tiempo posible. Pero no se preocupe, pues si usted choca con el coche contra los muros, edificios y otros carros, su ‘Health’ va disminuir y cuando llegue a cero usted perderá el juego! Son varios los niveles de dificultad y usted tendrá que correr detrás del tiempo y detrás de las personas que estuvieran en la calle, pero no se olvide de golpearlas cajas de remedio que estuvieran en el camino, pues en ellas le (sic) ayudarán a ganar más ‘Health’  y continuar el juego.” Y termina con un desafío: “¿Vamos a jugar a golpear y atropellar personas con el carro?”

Hace muchos años, más de quince, escribí un artículo sobre un juego que entonces  existía, el Armageddon –que hoy los adolescentes considerarían una taberna en términos gráficos, pero que ya era suficientemente realista – “se pilotaba” un coche y se saltaba al paseo, intentando atropellar el mayor número de personas. Zigzagueando era más eficaz. Al final, cuantos más muertos, más puntos, con un aspecto “interesante”: atropellar embarazadas, bebés y viejos valía el doble.

Hoy, la ‘alegría de la chiquillería’ es, entre otros de igual calibre, manifiesta por el éxito del GTA –no, no es una sigla de un Grupo Terrorista Armenio o Anatolio o Árabe. No fue creado por ningún Ali ni ningún Ahmed. Fueron David Jones y Mike Daily, y unos cuantos amigos más, y GTA quiere decir Grand Theft Auto, lo que, en lengua inglesa, se refiere (en la vida real, es preciso decir, porque en determinados momentos ya no sabemos dónde estamos y a cuantas andamos) a robos de automóviles de valor superior a 40 mil dólares ( cerca de 35 mil euros) Carjacking, al final...

Al jugar, el adolescente (o el niño...) asume la personalidad de un criminal que comete todo tipo de actividades ilegales –violencia, tráfico de droga, asesinatos, explotación de prostitutas -, todo a través de mucha acción, aventura y conducción en dicho coche robado. En las primeras 24 horas, el videojuego alcanzó mil millones de dólares, recibiendo los mayores elogios por sus escenas “casi reales”.

En una mezcla de acción, aventura y dirección, el juego se dedica a temas con violencia, asesinato, drogas, incitaciones y manifestaciones sexuales, tortura, mutilación, etc. Pero lo que es más ‘llamativo’ es la gran libertad que el juego da en relación a lo que el personaje puede hacer: agredir y matar personas, robar vehículos, producir caos, saltar al paseo y atropellar transeúntes, entre otras muchas cosas, todo motivado por un deseo de ‘venganza’ que lo lleva a ‘hacer todo para conseguir los objetivos’, aunque sea asociarse a gangsters y matar inocentes. Finalmente, aún existen la fuerzas de la autoridad, pero el gran jugador es aquel que es capaz de burlarlas y abatirlas, en una escalada en que se ve envuelta la policía, después la CIA, después el FBI, en que el propio Estado es el enemigo a combatir.

Se dice que la serie causa controversia, pero para mí, debo decir, no veo ninguna controversia, porque me parece que los niños y adolescentes están horas al hilo ‘metidos’ en un escenario con gran realismo, practicando y ejercitando atropellos, asesinatos, haciendo uso de armas y de droga, cometiendo crímenes sexuales y otras cosas, no da lugar a dudas. Además, la xenofobia forma parte de los juegos, como no podía dejar de ser, y la frase ‘Kill the Haitian dickheads’ (dick se refiere a los genitales masculinos...), ahora sabiamente retirada, era dicha con frecuencia. El jugador puede, en la escena, tener relaciones sexuales con la enamorada y ganar puntos si llega al orgasmo.

El lector que vea cuantos GTA existen en su casa, en las pantallas de las consolas y de los ordenadores de los hijos. Después, piense en Nice, e Daesh, en las primeras páginas de los periódicos que tanto lo resaltan, en los inicios de los telediarios, y piense en Hannah Arendt y en el concepto de banalización del mal.

No se trata de moralismo, no... porque si hay una cosa que no me guste son los fundamentalismos y visión simplista de los fenómenos complejos. Se trata, en mi opinión, de la defensa de una civilización y de un modelo educativo que se base en la paz y en una resolución pacífica de los conflictos. No basta decir “Je suis quelque chose” o contar histriónicamente la historia de los portugueses que escaparon  a la matanza de Nice, conmoverse con la portera de París o decir que “hace años que estuve en la estación de metro de Maelbeek, imagina de lo que escapé!”, o “incluso estuve cerca del centro comercial Olympia cuando fui a ver el estadio del Bayern”, y después dejar que nuestros hijos se habitúen en el mundo virtual/real en el que viven gran parte de su vida –a manipular el mal y, peor, ‘ganar puntos’ con eso.

O entonces, si renunciamos por inercia, pereza o cobardía, caemos en la trampa de pensar que es solo un juego y que los niños  y adolescentes son unos pobres ingenuos y no están en fase de formación ética, y podremos entonces gritar, como José Millán-Astray, fundador de la Legión Española y uno de los militares de extrema derecha, ‘¡viva la muerte!’ Yo, personalmente, prefiero que las ideas de Hanna Arendt me provoquen dudas, inquietud y hasta irritación, como las que vosotros comunicáis hoy, y pensar que, aunque sea en un juego de consola, no se salta a los paseos con el objeto de atropellar el mayor número de personas...

Pero probablemente soy yo que soy pesimista y no entiendo ya el mundo de los niños...


HACIA UN NUEVO HUMANISMO

 José Antonio Hernández Guerrero

 51.- El tiempo de la cosecha.

   

Los hechos nos confirman que los años ya vividos y las experiencias acumuladas constituyen, más que tiempo gastado, un capital de recursos efectivos, de fértiles cosechas y de frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y para que extraigamos todos sus jugos. Si seguimos aprovechando el tiempo, si cultivamos con esmero las semillas que encierran cada uno de los episodios vividos -tanto los gratos como los desagradables, tanto los exitosos como los frustrantes-, es probable que germinen y nos proporcionen conocimientos útiles y beneficiosos. 

En contra de todas las apariencias, si nos empeñamos, es posible que  los caminos ya recorridos nos descubran unos horizontes vitales más diáfanos, nos abran nuevas puertas y nos rompan ataduras convencionales. Maduramos humanamente cuando ensanchamos nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible. 

Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar las fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con colores lúgubres, y, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos los gérmenes vitales –esa fe, esa esperanza y ese amor- que laten en el fondo de la existencia humana.

sábado, 13 de agosto de 2016

El bien y el mal nunca son evidentes


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


El mundo es mayor y más rico de lo que parece. Tiene fundamentos que desconocemos y fines que nos sobrepasan. Hay un conjunto de realidades íntimas que escapan a los ojos, pero que es la razón de ser de todo lo que puede ser visto.

Incluso lo que es más precioso en este mundo está, muchas veces, bajo un manto de suciedad. Así como las mayores inmundicias surgen, casi siempre bajo la apariencia de cosas buenas. Las apariencias son trampas donde quedan apresados los que creen que las bellezas se ven con los ojos abiertos...

Hay una música, muy parecida a un silencio bueno, que nos ayuda a soportar los peores momentos de la vida. Nos llega del corazón y es una señal del misterio que reside en lo más íntimo de nosotros.

No se ama por conocer, es porque se ama lo que se conoce.

El amor es una intimidad entre dos personas. No se aman cosas.

La verdad resulta del encuentro entre el pensamiento y la realidad. Por eso, es siempre un descubrimiento que se encuentra. Podemos negar la verdad, mintiendo, pero ni la realidad ni el pensamiento se dejan jamás moldear por las mentiras.

Amar es el coraje tranquilo que quiere ser verdadero.

Para amar es preciso ser íntegro, pero solo amando llegamos a serlo.




(ilustração de Carlos Ribeiro)

http://rr.sapo.pt/artigo/61316/o_bem_e_o_mal_nunca_sao_evidentes

martes, 9 de agosto de 2016

Resiliencia: definición y significado



La resiliencia es una capacidad que nos permite afrontar las crisis o situaciones potencialmente traumáticas y salir fortalecidos de ellas. La resiliencia implica reestructurar nuestros recursos psicológicos en función de las nuevas circunstancias y de nuestras necesidades. De esta manera, las personas resilientes no solo son capaces de sobreponerse a las adversidades que les ha tocado vivir, sino que van un paso más allá y utilizan esas situaciones para crecer y desarrollar al máximo su potencial.

Para las personas resilientes no existe una vida dura, sino momentos difíciles. Y no se trata de una simple disquisición terminológica, sino de una manera diferente y más optimista de ver el mundo ya que son conscientes de que después de la tormenta llega la calma. De hecho, estas personas a menudo sorprenden por su buen humor y nos hacen preguntarnos cómo es posible que, después de todo lo que han pasado, puedan afrontar la vida con una sonrisa en los labios.
La práctica de la resiliencia: ¿Cómo podemos ser más resilientes?

La resiliencia no es una cualidad innata, no está impresa en nuestros genes, aunque sí puede haber una tendencia genética que puede predisponer a tener un “buen carácter”. La resiliencia es algo que todos  podemos desarrollar a lo largo de la vida. Hay personas que son resilientes porque han tenido en sus padres o en alguien cercano un modelo de resiliencia a seguir, mientras que otras han encontrado el camino por sí solas. Esto nos indica que todos podemos ser resilientes, siempre y cuando cambiemos algunos de nuestros hábitos y creencias.

De hecho, las personas resilientes no nacen, se hacen, lo cual significa que han tenido que luchar contra situaciones adversas o que han probado varias veces el sabor del fracaso y no se han dado por vencidas. Al encontrarse al borde del abismo, han dado lo mejor de sí y han desarrollado las habilidades necesarias para enfrentar los diferentes retos de la vida.
¿Qué caracteriza a una persona resiliente?

Las personas que practican la resiliencia:

Son conscientes de sus potencialidades y limitaciones. El autoconocimiento es un arma muy poderosa para enfrentar las adversidades y los retos, y las personas resilientes saben usarla a su favor. Estas personas saben cuáles son sus principales fortalezas y habilidades, así como sus limitaciones y defectos. De esta manera pueden trazarse metas más objetivas que no solo tienen en cuenta sus necesidades y sueños, sino también los recursos de los que disponen para conseguirlas.

Son creativas. La persona con una alta capacidad de resiliencia no se limita a intentar pegar el jarrón roto, es consciente de que ya nunca a volverá a ser el mismo. El resiliente hará un mosaico con los trozos rotos, y transformará su experiencia dolorosa en algo bello o útil. De lo vil, saca lo precioso.

Confían en sus capacidades. Al ser conscientes de sus potencialidades y limitaciones, las personas resilientes confían en lo que son capaces de hacer. Si algo les caracteriza es que no pierden de vista sus objetivos y se sienten seguras de lo que pueden lograr. No obstante, también reconocen la importancia del trabajo en equipo y no se encierran en sí mismas, sino que saben cuándo es necesario pedir ayuda.

Asumen las dificultades como una oportunidad para aprender. A lo largo de la vida enfrentamos muchas situaciones dolorosas que nos desmotivan, pero las personas resilientes son capaces de ver más allá de esos momentos y no desfallecen. Estas personas asumen las crisis como una oportunidad para generar un cambio, para aprender y crecer. Saben que esos momentos no serán eternos y que su futuro dependerá de la manera en que reaccionen. Cuando se enfrentan a una adversidad se preguntan: ¿qué puedo aprender yo de esto?

Practican el mindfulness o conciencia plena. Aún sin ser conscientes de esta práctica milenaria, las personas resilientes tienen el hábito de estar plenamente presentes, de vivir en el aquí y ahora y tienen una gran capacidad de aceptación. Para estas personas el pasado forma parte del ayer y no es una fuente de culpabilidad y zozobra mientras que el futuro no les aturde con su cuota de incertidumbre y preocupaciones. Son capaces de aceptar las experiencias tal y como se presentan e intentan sacarles el mayor provecho. Disfrutan de los pequeños detalles y no han perdido su capacidad para asombrarse ante la vida.

Ven la vida con objetividad, pero siempre a través de un prisma optimista. Las personas resilientes son muy objetivas, saben cuáles son sus potencialidades, los recursos que tienen a su alcance y sus metas, pero eso no implica que no sean optimistas. Al ser conscientes de que nada es completamente positivo ni negativo, se esfuerzan por centrarse en los aspectos positivos y disfrutan de los retos. Estas personas desarrollan un optimismo realista, también llamado optimalismo, y están convencidas de que por muy oscura que se presente su jornada, el día siguiente puede ser mejor.

Se rodean de personas que tienen una actitud positiva. Las personas que practican la resiliencia saben cultivar sus amistades, por lo que generalmente se rodean de personas que mantienen una actitud positiva ante la vida y evitan a aquellos que se comportan como vampiros emocionales. De esta forma, logran crear una sólida red de apoyo que les puede sostener en los momentos más difíciles.

No intentan controlar las situaciones. Una de las principales fuentes de tensiones y estrés es el deseo de querer controlar todos los aspectos de nuestra vida. Por eso, cuando algo se nos escapa de entre las manos, nos sentimos culpables e inseguros. Sin embargo, las personas resilientes saben que es imposible controlar todas las situaciones, han aprendido a lidiar con la incertidumbre y se sienten cómodos aunque no tengan el control.

Son flexibles ante los cambios. A pesar de que las personas resilientes tienen una autoimagen muy clara y saben perfectamente qué quieren lograr, también tienen la suficiente flexibilidad como para adaptar sus planes y cambiar sus metas cuando es necesario. Estas personas no se cierran al cambio y siempre están dispuestas a valorar diferentes alternativas, sin aferrarse obsesivamente a sus planes iniciales o a una única solución.

Son tenaces en sus propósitos. El hecho de que las personas resilientes sean flexibles no implica que renuncien a sus metas, al contrario, si algo las distingue es su perseverancia y su capacidad de lucha. La diferencia estriba en que no luchan contra molinos de viento, sino que aprovechan el sentido de la corriente y fluyen con ella. Estas personas tienen una motivación intrínseca que les ayuda a mantenerse firmes y luchar por lo que se proponen.

Enfrentan la adversidad con humor. Una de las características esenciales de las personas resilientes es su sentido del humor, son capaces de reírse de la adversidad y sacar una broma de sus desdichas. La risa es su mejor aliada porque les ayuda a mantenerse optimistas y, sobre todo, les permite enfocarse en los aspectos positivos de las situaciones.

Buscan la ayuda de los demás y el apoyo social. Cuando las personas resilientes pasan por un suceso potencialmente traumático su primer objetivo es superarlo, para ello, son conscientes de la importancia del apoyo social y no dudan en buscar ayuda profesional cuando lo necesitan.