lunes, 10 de agosto de 2015

Donde había pecadores, ahora, por decreto o por descuido, incautos ‘multidelincuentes’


Este Estado, bueno, todos o casi todos, desde la ONU hasta el último rincón de la tierra, han empezado hace ya un tiempo a hacerse los dueños de la conciencia de las personas. Están elaborado una red laberíntica de leyes, tan absurdas, que la justicia es ‘un cachondeo’, ¿o qué es si no, que terroristas confesos, y otros criminales, con penas a medio cumplir, sin haberse arrepentido de sus crímenes abominables, anden sueltos; o qué pensar de normas de tráfico absurdas, que ni los mismos políticos cumplen por agobiantes -¡cómo se puede estar controlando continuamente coches potentísimos, que hasta conducen solos!-,  sólo buscan crear ‘delincuentes de tráfico’ y cobrar multas, para excitar así el miedo y la frustración en los ciudadanos. Muchos hay que, por ser pobres además, han de cumplir condenas sociales al no poder pagar tan elevadas multas.

Y ya el colmo, el empeño en considerar el ‘cambio climático’ consecuencia de la maldad de los ‘hombres-ciudadanos-consumidores’, al que nos han abocado en cualquier caso por su codicia y su ineptitud; si tan listos son para verlo ahora lo pudieron haber previsto, los grandes sabios de la URSS al menos… Ahora debemos pagar todos la culpa que hemos cometido contra la naturaleza, de la que se creen dueños, ni mucho menos responsables ante Dios y las futuras generaciones, o ante los mismos ciudadanos que los eligen.

No quisiera meterme con las leyes que destruyen el concepto de familia, o las que regulan las separaciones y divorcios (porque soy una víctima más, y puede que no sea imparcial…jaja)  y los demás posibles estados civiles en la actualidad. No hay forma más atroz de fomentar el odio y la división, la ruina individualizada, la pobreza, y hasta la exclusión.

¿Hay contradicción más evidente, visible y desvergonzada que ver escrito en un paquete de tabaco ‘fumar mata’? Pero tú consume, que así elevamos los impuestos y vas pagando cigarro a cigarro la culpa por fumar, enfermarte… Después,  ya veremos si te curamos, por haber sido  ‘consumidor- fumador-pecador’ según el concepto sanitario moderno, que  busca la felicidad en la ‘calidad de vida’, o en la prolongación de la misma, aunque no sé yo bien para qué, ni cuántos podrán disfrutar de estas ‘bendiciones estatales’ si la mayoría de la población es pobre.

Y así muchas cosas más: el relativismo, la ‘falsa tolerancia discriminatoria’ para justificar los ataques a la Iglesia católica, por ejemplo, o a la fiesta nacional de los toros, que está muy bien regulada; para impedir algunas manifestaciones públicas de fe, y en cambio sí permitir otras expresiones artísticas, o cabalgatas,  desvergonzadas,  de mal gusto y provocativas; permitir en la educación de los niños ciertos contenidos y prohibir otros, atentando contra la libertad de cátedra; así como impedir la objeción de conciencia a los médicos antiabortistas…

Sigo: ¡la aprobación de derechos para acortar o interrumpir la vida humana! ¡Cabe mayor despropósito, pues va contra el respeto sagrado a la vida humana, que indudablemente no nos pertenece. Estamos obligados a cuidarla, al menos por instinto de supervivencia de la especie! Matan cristianos o enemigos políticos, mueren africanos que huyen despavoridos de la miseria económica y política, de la violencia tribal exterminadora… a un occidente en crisis total, caótico, incapaz de regular su propia sociedad con verdadera justicia pacificadora.


Y termino, pues no pensaba extenderme tanto hoy, no quería juntar tantos agravios para no caer el desánimo. Prefiero elevar una oración al Dios Altísimo, ¡que por los méritos de la pasión, muerte y resurrección de su querido Hijo, y hermano nuestro,  perdone nuestras ofensas, nos salve y nos proteja de nosotros mismos! para que seamos fuertes, y no caigamos en las garras del Gran Adulador y sus secuaces.

domingo, 9 de agosto de 2015

Alicia y la moral en el país de las maravillas


http://observador.pt/opiniao/alice-e-a-moral-no-pais-das-maravilhas/

Lea, vaya al cine y al teatro. Pero, si le ocurre que el libro, el cine o la pieza no tiene ninguna moral, acuérdese de la advertencia de la duquesa a Alicia: ¡Todo tiene una moral, pero es preciso dar con ella!

En el 150º aniversario de la publicación del conocido libro de Lewis Carroll, alias Charles Lutwidge Dodgson, y en pleno tiempo estival, viene a propósito un breve diálogo entre Alicia y la duquesa, que era ‘muy fea’ y de ‘baja estatura’, no obstante a la alteza de su condición social.

 “- ¡No imaginas qué contenta estoy de volver a verte, querida mía!- dice la duquesa, dando una palmadita afectuosa en al brazo de Alicia.”

Así comienza el noveno capítulo, que tiene por título “la historia de la falsa tortuga”, pero que, en realidad, se debería titular “La historia de la falsa neutralidad moral de las historias del país de las maravillas y no sólo”.

¿Por qué? la respuesta está en la conversación que continúa. Alicia, perdida en sus pensamientos, ignora por completo a la duquesa. Por eso, “con alguna sorpresa le susurra al oído:

“- Estás pensando en cualquier cosa, querida mía. Incluso te olvidas de hablar. En este momento no puedo decirte cual es la moral de esos pensamientos, pero intentaré encontrarla.

 “-Tal vez no exista ninguna moral – se atrevió a responder Alicia-.

 “- ¡Cállate, niña! –dice la Duquesa. –Todo tiene una moral. Basta que demos con ella”.

Hasta las historias menos moralistas tienen también una moral. Sería ingenuo pensar que hay romances, películas o telenovelas que, desde el punto de vista ético, son absolutamente neutras.

Por ejemplo, las producciones cinematográficas norteamericanas generalmente incluyen, en uno de los papeles principales, algún negro. Obviamente, tal cosa no sucede por casualidad, sino a propósito que, en este caso, es el loable principio de la inclusión y de la igualdad de todos los seres humanos.

No siempre, con todo, es así. Po supuesto, hay virtudes morales que las producciones artísticas, sean ellas literarias o cinematográficas, transforman en vicios, y vicios que son presentados como si fuesen virtudes. Por ejemplo, la obediencia raramente es elogiada, porque se prefiere exaltar la rebeldía. La infidelidad conyugal, por regla general, no es vista como un mal a evitar, sino como un mérito añadido, porque un héroe, o una heroína, quiere ser capaz de provocar pasiones arrebatadoras.

Mientras tanto, lo mismo cuando se infringen ciertos cánones éticos, las novelas modernas nunca son totalmente amorales. Por eso, es inimaginable que una producción artística proponga un Hitler galante y glamoroso. Pero un glamoroso Che Guevara que, por supuesto, no era mucho mejor, ya sería aceptable. Un bebedor empedernido puede transformarse en un príncipe encantado, pero nunca sería un compulsivo fumador.

Es muy positiva esta unanimidad en la condenación del nazismo, pero es una pena que no abarque otros totalitarismos, no menos nefandos. No se puede alentar el tabaquismo, pero es curiosa esta hipersensibilidad ética en relación a un mal menor, cuando desórdenes mucho mayores no son proscritos ni censurados por la poderosa industria del divertimento. No sería preferible una heroína, o un héroe, que sea buen ciudadano, buen cónyuge, buena madre o buen padre, honesto, trabajador pero fumador, en vez de alguien infiel en el matrimonio, mal progenitor, desleal en materia profesional, bebedor y tramposo pero que… no fuma?


En tiempo de vacaciones, lea, vaya al cine y al teatro. Pero, si le ocurre que el texto, la película o la pieza no tienen ninguna moral, desengáñese. Acuérdese de la sabia advertencia de la duquesa a Alicia: “Todo tiene una moral. Basta que demos con ella”.

sábado, 8 de agosto de 2015

¡Perdone, ayude y olvide!


José Luís Nunes Martins
https://www.facebook.com/jlmartins/posts/10204577391342311:0


                                                   Ilustração de Carlos Ribeiro

Caro amigo,

Es posible amar a una persona y detestar todo lo que en ella es malo, cada uno de los vicios que la estragan. Tenemos un montón de imperfecciones. Pero más que quien nos eche en cara  los errores, necesitamos de quien nos ame y enseñe a amar. De quien nos perdone, nos ayude y olvide nuestro mal. ¡E incluso si olvida que nos perdone!

Supongo que le cueste la idea del olvido… La herida sólo se cura cuando ya no se ve el rastro de la cicatriz.

Pero, para algunos, perdonar no es olvidar. Perdonan con la condición de dejar bien claro en el otro la evidencia de la imperfección. Contabilizando para sí un perdón más.

Ahora bien, el amor sólo se concibe de una forma: o es entero o no es. El amor exige que quien ama no haga cuentas, entregue su corazón, entero.

Ser justo con alguien que amamos también es duro para nosotros, pues eso implica apuntarle los errores que son de su responsabilidad (¡no otros!) sin excluirlo nunca, ni siquiera un momento, de nuestra intimidad.

Es mucho más fácil y cómodo apuntar con el dedo y condenar. Incluso al que no tiene culpa. No se distingue la falta (que es siempre censurable) del que la comete (que debe siempre ser comprendido), incluso porque ese proceso deja la ilusión de que ese juez es superior a aquellos que rebaja. Ser justo implica ser capaz de aceptar también lo que el otro tiene que decirnos respecto de nuestras faltas. Debemos siempre escucharlo. Incluso aunque no nos perdone, no nos ayude y recuerde lo malo en nosotros.

Recuerde que las palabras duras de un amigo son señal de lealtad y cuidado, el beso del enemigo no.

Cuidado con las generalizaciones. Una persona que falta a la verdad no es un mentiroso, ni es un ladrón quien alguna vez dejó de saldar las cuentas. Es frecuente que después de que descubrimos equivocado en alguien, esa persona parece perder todo su valor. O que, ante una desilusión de alguien en particular,  juzguemos que todos los demás son iguales y, siendo así, lo mejor es cerrarnos en nuestra perfección. Ahora bien, no sólo no estamos lejos de ser perfectos sino que también la soledad egoísta es un gesto grave de orgullo. Todos erramos. En eso todos somos iguales.

No crea que existe alguien perfecto que le espera en una isla desierta, lejos del tiempo, del mundo y de los otros.

Muchos se quejan tanto de los otros que resulta claro que no tienen idea de lo que en ellos mismos existe de venenoso. Bajo las capas de ingenuidad y de victimización  se esconden puñales bien afilados, a la espera solamente de mejor oportunidad para… vengarse, según creen o dicen. Porque, en su idea, su mal está siempre justificado por lo que sufrieron antes.

No debemos juzgar al otro, pero eso tampoco significa que tenemos que admirar los defectos que lo degradan. Ni tampoco censurarles las virtudes, porque también hay quien piensa que toda virtud ajena es defecto y, claro, que todo defecto personal, es virtud… Amar a alguien es ser capaz de ayudar, sobre todo a través del ejemplo, de la lucha contra los propios vicios.

Debemos desear siempre el bien, más aún cuando estamos ante el mal. En un primer momento, perdonando. Considerando que tal cosa no se debe a una intención por pura bondad de él mismo. Después, ayudando, dando con nuestra presencia la fuerza y confianza para una lucha que será siempre personal. Por fin, olvidando. Sí, quien ama olvida. Quien no olvida el mal, no ama. Amar es suplir las faltas de otro. Anulándolas. En todos lados. Para siempre.

La diligencia es la prisa propia de quien ama. También debemos perdonar sin demora y olvidar. Al final, también nosotros sólo debemos ser perdonados en la medida exacta en que hubiéramos sido capaces de perdonar.

Amar, a veces, exige que el amor supere nuestra razón.

Amar es olvidarnos de las faltas del otro. Es ayudarlo, olvidándonos de nosotros. Es perdonándolo, perdonándonos a nosotros mismos por la mala voluntad de no querer olvidar.

Permítame un consejo más: Que sus brazos sean un lugar (y un tiempo) donde el otro pueda llorar… sin que nunca se crea, por eso, en el  derecho de saber el por que de ninguna de esas lágrimas.

Así hace quien ama: perdona, ayuda y olvida.

Lo admiro, en especial, por esa humildad de concederme el derecho de entrar por su corazón adentro… permitiéndome sí conocer toda la grandeza de su vida…


Muy agradecido y un abrazo, grande.

domingo, 2 de agosto de 2015

La venganza de un judío errante



 http://observador.pt/opiniao/a-vinganca-de-um-judeu-errante/

Un judío británico, nacido austríaco, ‘se vengó’ de los cristianos que, en 1938, lo salvaron de una muerte cierta por los nazis, creando un fondo para el recate de los cristinos perseguidos en Oriente Medio

Arthur George Weidenfeld es un joven británico que, el próximo día 13 de septiembre, cumple 96 primaveras. Nació austríaco y tenía 18 años cuando, en 1938, el ejército nazi ocupó su país. Siendo judío, lo más cierto es que hubiese sido deportado a uno de los numerosos campos de concentración donde, con toda probabilidad, encontraría la muerte, como tantos otros judíos y no sólo. Pero tuvo la suerte o, mejor dicho, la gracia de tener quien lo librase de ese más que probable destino. En efecto, fue socorrido por cristianos, que también propiciaron su emigración a Gran Bretaña, donde consiguió residencia y trabajo.

Desde entonces, Weidenfeld, a quien la reina Isabel II hizo par del reino y barón, se siente en deuda con los que lo salvaron, porque entiende que les debe su supervivencia, seriamente amenazada después de la anexión de Austria por el Tercer Reich. Los años transcurridos desde entonces – ¡más de setenta!- no bastaron para olvidar esa deuda de gratitud y, por eso, quiso ‘vengarse’ de sus benefactores de 1938,creando un programa que se propone  rescatar los cristianos que son perseguidos en países de Oriente Medio, sobre todo por el auto intitulado Estado Islámico, responsable del asesinato de millares de seguidores de Cristo. La Weidenfeld Safe Havens Fund se propone rescatar aproximadamente dos mil cristianos, en Siria y en Irak, durante los próximos dos años.

A pesar de la dimensión trágica del referido genocidio, pocas han sido las veces que se levantaron para condenar esta implacable persecución religiosa, que todos los días cosecha nuevas vidas. El Papa Francisco parece ser la excepción que confirma la regla, pues se ha referido con frecuencia a este nuevo holocausto. Pero sus alertas no han tenido la virtud de despertar la comunidad internacional, que parece más interesada en resolver la crisis financiera que en defender los millares de cristianos que están en peligro inminente de vida en la atormentada región del próximo Oriente, en Pakistán –donde la católica Asia Bibi, condenada a muerte por blasfemia, continúa presa-  en Nigeria, en Sudán, etc.

Aún el 9 de julio pasado, el Papa confesó el dolor que lleva en el alma: “asistimos consternados a la persecución de cristianos en el próximo Oriente y en otras partes del mundo”, donde “tantos de nuestros hermanos y hermanas son perseguidos, torturados y muertos por su fe en Jesús”, especialmente en Irak y en Siria, donde no sólo algunos cristianos son decapitados, por razón de su fe, también los supervivientes son forzados a convertirse al Islam. No obstante la insistencia de las apelaciones, las organizaciones políticas y humanitarias optaron hasta la fecha, por lo que parece, por una cómplice indiferencia.

Gracias a Dios, no ha sido ese el caso de lord Weidenfeld, que en buena hora tomó la iniciativa de lanzar esta operación de rescate de cristianos perseguidos en la Tierra Santa y en toda la región. Según información facilitada por la Lugar-Tenência de Portugal da Ordem do Santo Sepulcro, una organización pontificia mundial al servicio de los Santos lugares y de las respectivas comunidades cristianas, este proyecto, a pesar de tener sólo unas semanas de vida, ya expatrió, hacia Polonia, ciento cincuenta cristianos Sirios.

No obstante la naturaleza humanitaria de la operación, surgirán algunas críticas al carácter  confesional del apoyo que este fondo presta. Arthur George Weidenfeld explicó, mientras tanto, que la iniciativa nació de la deuda contraída por él y por muchos otros jóvenes judíos, integrados en los Kindertransports, para con las confesiones cristianas que los salvaron, llevándolos a Inglaterra.

Habrá quien diga que los judíos son muy ‘vengativos’ y materialistas y, si así fuera, el promotor de esta iniciativa no es la excepción. Con todo, su ‘venganza’ es muy especial, porque es expresión de su gratitud y totalmente desinteresada. Una actitud que el querría ver compartida por todos los miembros de su pueblo: “nosotros, los judíos, debemos ser también agradecidos y hacer alguna cosa por los cristianos en vías de extinción”.

Mientras tanto, el barón Weidenfeld no tiene razón cuando afirma que, como no puede salvar a todo el mundo, se contenta con ayudar a algunos cristianos. La verdad es que, al contrario de lo que afirma, quien salva a un hermano, sea o no cristiano, se salva a sí mismo y salva al mundo también.

Sacerdote católico



sábado, 1 de agosto de 2015

Los milagros no se dejan ver

José Luís Nunes Martins
1 de agosto de 2015 


                                                       Ilustração de Carlos Ribeiro

 Cuando se hace un bien, importa cuidar las apariencias, revelando sólo lo esencial. ¡El ideal se consigue cuando todo parece fruto de la casualidad! El mal procura siempre crear grandezas pomposas en torno a sus gestos. La vanidad es señal clara de un mal que pretende disfrazarse.

El amor y la inteligencia exigen delicadeza. Sólo a través de ella se alcanzan las profundidades. No se trata de una fragilidad, en el sentido de flaqueza, sino de una perfección que solamente busca no dejarse ver a los ojos de la multitud.

Del mismo modo cuando son grandes milagros, pasan desapercibidos. Hay gente que no sabe que el suelo que pisa es sagrado, que no se da cuenta de que lo fundamental de su existencia no es lo que parece…

La fuerza bruta puede muy poco. Los milagros parecen muchas veces insignificancias. ¿Quien no ha visto que cosas pequeñas se revelan como enormes y cosas grandiosas sin ningún valor?

No se trata de un disfraz, un fraude o engaño. Sino que sólo el bien cuida de no manifestarse de forma evidente como su autor. Recogiéndose, sin ocultarse.

Importa aprender a mirar. Distinguir los aspectos sutiles y delicados de cada cosa, reconocer las relaciones, las diferencias y las armonías.

Es necesario que el corazón aprenda a estar atento.

Los milagros no son tan raros como parece. Los árboles crecen y las flores brotan todos los días, siempre sin el mínimo alboroto. Esla belleza pura, solamente.

Todos los días, hay gente que nace y gente que muere… mientras muchos otros creen que en el mundo continúa todo igual… la creación es una constante del tiempo.

Lo que comienza siendo una sospecha, puede revelarse, cuando se es capaz de ver hasta el fondo, un milagro. Una especie de enigma que se aprende a develar y, después, a admirar.

No hay suertes ni destino, el bien está en el corazón y en las manos de los que saben soñar, vivir y amar. Lejos de las apariencias engañadoras y vanidosas. La libertad humana tiene los ojos bien abiertos y no tiene alas ni ruedas en los pies. Sólo la voluntad de crear, de dar al mundo un mundo mejor. La capacidad de crear por pura bondad. El bien quiere construir mundos nuevos y buenos en tanto que el mal es constante en deshacer todo, destruyendo cada cosa.

Hacer que ocurra un milagro es posible a cualquiera de nosotros. Alimentar a un hambriento, acoger con la mirada a aquel que es invisible a los otros, sonreír cuando se llora, dar la mano a quien sufre… acoger en la intimida de nuestros silencios a aquellos que más  necesitan de nuestro amor.

Nada sucede por casualidad. No hay fado ni suerte. Esas cosas sólo tienen sentido en las mentes que han desistido de comprender, haciendo a su enemigo más fuerte, al entregarle las armas que deberían servir para combatir. Más: para, en seguida, pedirle benevolencia y perdón por el bien y por el mal que no se hace…

Frágil es quien no sabe lo que quiere.

Es así mismo posible conducir el propio destino, llevándolo de la mano.

La sabiduría conoce y usa la dosis cierta de cada gesto. La perfección es siempre simple, mínima y sutil. ¡Aún así, a pesar de toda su divina delicadeza, hay milagros que se repiten hasta alcanzar su propósito!

domingo, 26 de julio de 2015

¡Caridad no, caridad nunca!



http://observador.pt/opiniao/caridade-nao-caridade-nunca/

La extraña ideología de los que abominan de la justicia que dicen exigir y que exigen la caridad de la que dicen abominar.

El problema de algunos gobernantes, griegos y no sólo, no es político, ni financiero, sino espiritual. Se describe con pocas palabras: odian la caridad, pero quieren vivir a su costa. Hay personas, partidos políticos y países que mueren de esta dolencia, que es el progresiva, degenerativa y mortal. Es un vicio como las drogas, y se contagia.

Hay en la esencia de las ideologías extremistas una profunda aversión por la caridad. Nadie que milite en ellas y sea consciente de sus contravalores, acepta, por más miserable que sea, un óbolo. Sería vil, vergonzoso, indigno. Para comprobar que es así, basta escuchar los eslóganes que, puño en alto, ora con la mano cerrada, ora con la palma abierta, se suelen oír en ciertas manifestaciones: ‘¡No queremos limosnas!’’

Exigen justicia pero, al mismo tiempo, reivindican lo que no les es debido. Dispensan favores, pero quieren fondos a los que, como saben, no tienen derecho. ¡O sea, abominan de la justicia que dicen exigir, al mismo tiempo que exigen la caridad que dicen abominar! Decididamente, la coherencia no es su fuerte.

Esta abominable ‘caridad’, que nada tiene que ver con la homónima virtud cristiana, es, pues, un vicio políticamente incorrecto. Es algo que una mente evolucionada y altruista no sólo desdeña sino que debe despreciar, como antes se decía en las cantigas de escarnio y mal decir.

¿Por qué? Porque esta tal ‘caridad’ son quimeras de señoras que, a costa de los pobres, organizan tómbolas, mesas petitorias, sorteos, banquetes de gala y fiestas que, según los extremistas de costumbre, sólo sirven para la promoción y exhibición social mediática de los protagonistas. Porque esta ‘caridad’ es la mano llena de anillos que, con lupa, por precaución higiénica, deja algunos trozos en las manos sucias del incómodo mendigo. Porque, concluyendo y resumiendo, la ‘caridad’ es el disfraz de la hipocresía de quien finge tener preocupaciones sociales cuando, en realidad, quiere que se mantenga el estatus quo que genera estas injusticias que nos gritan. Por todo esto, y lo que queda por decir, la ‘caridad’ es tan detestable para los iluminados extremistas.

Aunque esa visión de la caridad sea una triste caricatura, que olvida la inmensa beneficencia de que la verdadera virtud es responsable en todo el mundo, una crítica tal puede tener, más por vía de excepción que por regla, alguna objetividad. Pero no se puede hablar mal de la caridad y, después, exigirla en provecho propio. Tal vez sea criticable la actitud de quien entiende que el amor al prójimo son casinos y canastas, ¡pero no es menos caricatura la figura de quien exige ayudas, al que no tiene dinero, al mismo tiempo que afirma detestar las limosnas! Puede haber alguna duplicidad en el propósito de solidaridad social en un elegante baile de debutantes, pero quien dice abominar de los favores y anda siempre pidiéndolos, no es menos hipócrita.

¿¡Pedir!? No, quien así piensa y actúa no pide nada, porque cree que tiene derecho a todo. Por eso, estas ideologías, teóricamente anti caridad pero, en la práctica, mendicantes, tienen un estilo propio: la arrogancia. Este idioma salvaje, que también se encuentra en otras partidos y figuras políticas, es común a los extremismos opuestos, lo que explica extrañas alianzas entre fuerzas partidarias diametralmente contrarias (o tal vez no) como, por ejemplo, el odioso pacto Hitler-Stalin. Son matrimonios en régimen de separación de bienes ideológicos, pero, en comunión de poderes e intereses adquiridos. Uniones políticamente contradictorias pero donde no hay problemas de comunicación, porque hablan todos la misma lengua y alimentan los mismos odios de estimación. Más allá  de la misma ansia de un poder totalitario, comparten, en casta comunión, el mismo estilo ofensivo, prepotente, arrogante. Por eso, quien así se defiende, ¡No pide, exige! ¡No hable, Grita! Nunca dice ‘por favor’, y nunca dirá ‘obrigado’.

Es esto, en una palabra, lo que más duele a esos revolucionarios de uno u otro extremo: La humildad de tener que pedir una ayuda a la que, como saben, no tienen derecho. Si hay quien, hinchado de orgullo, considera insoportable la humillación de tender la mano a la caridad, no lo haga, pero entonces honre sus compromisos, pagando lo que debe. Y después, viva con lo que fuere suyo. Nadie está obligado a pedir, y nadie tiene que dar lo que no es debido a quien ni siquiera es capaz de reconocer, o de agradecer, la ayuda que le da.

No tiene por qué ser humillante pedir una limosna que se necesita desesperadamente, a no ser que sea algo a lo que se tiene derecho. No se tiene por que agradecer lo que es dado en justicia porque, en ese caso, quien da no tiene sino una obligación. Pero, si la dádiva no fue concedida en condiciones inmorales, ni es debida por una razón legítima, es entonces un auténtico don y, por eso, sería acto vergonzoso que no fuese reconocida como tal.

Puede ser muy triste para alguien, para algún partido o para algún gobierno, pedir limosna, pero es mucho peor recibirla de mala voluntad, no saber agradecer lo que, no constituyendo una obligación jurídica o moral, fue dado por favor. Por pura caridad.


sábado, 25 de julio de 2015

Felices los que lloran




                                                    Ilustração de Carlos Ribeiro


Aunque parezcan pedazos de soledad, las lágrimas son gotas de amor que nacen a pares.

Las tristezas no son aflicciones. La tristeza es lo que queda después de la desgracia del momento. Estar triste dura.

Los naturales tormentos de la vida nos enseñan que ser feliz es una forma de vivir en las profundidades inmutables de la existencia, no en las superficies y apariencias agitadas y pasajeras de la vida.

La fragilidad humana lleva a que a veces tengamos que experimentar lo que creemos ser la desaparición de nuestra felicidad… perdemos y sentimos las pérdidas. Perdemos lo que tenemos, pero no lo que somos. Amar es darse. Los que nos amaron se nos dieron. No se pierden porque existen en nosotros. Soy también aquel que me amó. Que me ama.

El dolor es un mal. A veces, llega a través de la culpa. Cuando no comprendemos bien lo que sentimos y lo que  pensamos. Cuando decimos lo que era para callar o hacemos silencio de lo que era para decir. Cuando no escogemos bien lo que hacer o cómo hacerlo.

A veces, la pesadumbre es profunda. Tantas veces la propia libertad  parece ser nuestro castigo. Cuantas más opciones tenemos delante, mayores serán después los arrepentimientos.

Más profunda que la pena es la ‘saudade’ verdadera. La pena es una impresión de disgusto que se clava en el corazón. La ‘saudade’ es mucho más dulce pero, como espada, mucho más dura, afilada y larga. Parece destruir lo que celebra. Se trata de una de las tristezas más hondas… la de haber perdido lo que se tuvo, la de continuar amando lo que ya no está aquí con nosotros. La que continua siendo dos después de dejarnos de sentir el otro.

Hay quien, aunque triste, escoge alimentarse de la luz. Y quien, en la misma situación, prefiere alimentar las sombras. Un amor ausente duele, pero el sufrimiento sólo existe porque el bien no ha desaparecido. Está allí. No ha sido destruido u olvidado, pues, en ese caso, no se sufriría, porque habría desaparecido también la razón por la cual sufre.

La ‘saudade’ es un bien por el cual se sufre.

Una ‘saudade’ que se extingue es señal de un amor que no existió. Los amores que acaban nunca son verdaderos…

La vida es una alegría profunda. Un misterio. Un milagro.

No hay tristeza pura… porque fluctúa siempre en ella una certeza de paz: la certeza de un más allá que existe.

Todas las luchas son lutos… y los lutos son señales de la verdad y de la tristeza que quien es feliz…

El luto es una gravidez al contrario. Un proceso lento por donde la materia se va convirtiendo en espíritu. Enriqueciéndonos por el amor del que nos hace creadores.

El consuelo de quien llora es la certeza de que cuando se ama… la felicidad está en todo y es para siempre.

Las lágrimas son silencios que abren nuestros ojos a la luz.