sábado, 19 de septiembre de 2015

Hasta el final de las tempestades


José Luís Nunes Martins
19 de setembro de 2015



                                                     Ilustração de Carlos Ribeiro

Hoy, como siempre, son necesarios hombres y mujeres capaces de luchar hasta el final por el bien en que creen. El mundo está lleno de consejos, teorías y promesas, pero casi vacío de obras de valor. Obras completas. No primeras piedras.

La maldad nunca está falta de doctrina o moral, por el contrario, encuentra siempre razones que presenta como muy justas y buenas. Muchos son los que desisten de esforzarse en ser buenos. Bien porque creen serlo ya, bien porque se reconocen malos… y no están para mayores trabajos. Otros aún, desisten porque no son capaces de vivir con la incomprensión de hacer el bien y, después, ser acusados de haberlo hecho por otros motivos… la verdad es que es necesario estar dispuesto incluso a sufrir bastante para ser noble.

La vida es una dura e intensa guerra. Son muchas las batallas que envuelven innumerables los combates que afrontar con mil y un adversarios… algunos más brutos, otros más sutiles. Algunos viven lejos, otros habitan dentro.

A veces, se valora a los que, a pesar de tener ideas erradas, luchan por ellas hasta el final… pero, en realidad lo que les puede sobrar en coraje (que en este caso será una gran osadía) les faltará en discernimiento (que en este caso será poco más que sentido común).

Un corazón noble supone no solo una inteligencia para comprender lo que debe hacer, sino también, y es esencial, la capacidad de llevarlo a cabo hasta el final

La obra solo es perfecta si fuere hasta el final… y si el final es bueno.

Se puede errar, parar y hasta descansar un poco. Pero cuidando siempre de mantener atentas las defensas, pues es en los días cenicientos con nubes y frío, es cuando más a menudo la tentación de desistir de lo mejor de nosotros aparece, disfrazada de sol radiante y amigo. Nunca es tiempo de dormir de forma absoluta y tranquila. El ardor de las heridas de los combates antiguos debe mantenernos vivos y despiertos a las envestidas del enemigo que en todo momento puede surgir.

Lo más importante en el coraje de un guerrero no es la tenacidad con que ataca, sino la fortaleza con que resiste a todo lo que se le opone, a todo cuanto lo intenta apartar de la construcción de su camino, destino y misión. Sólo la entereza combate la codicia, el orgullo y el egoísmo.

Resistir, firmes, pero no inflexibles, ya que las adversidades moldean los espíritus así como las manos amasan el pan… hasta quedar maleables para que puedan construir mejor su camino, sin quebrar ni desistir. Porque el mal puede golpear, pero no puede abatir.

En la guerra de nuestra vida, es necesario seguir adelante, pero nunca por hábito; insistir, pero nunca por temor; persistir, pero nunca por apego… Perseverar, pero siempre por el bien y hasta el final.

Una persona valerosa nunca lucha sola. Tiene consigo la herencia que le han dejado los que lucharon antes que él con los mismos enemigos; legado este que debe enriquecer con su vida, a fin de que deje más de lo que le fue entregado. Que dé más que ha recibió.

Que el fuego que nos mantiene vivos caliente nuestro corazón y nos enseñe, siempre, a distinguir las luces de la verdad de los brillos de la falsedad.

Puede el mundo estallar y desmoronarse, por todos lados, que no podrá nunca manchar la nobleza de un hombre bueno. ¡Cada uno de nosotros lucha contra adversidades durante toda su vida, y, al final de ella, aún tendrá que luchar contra la muerte… pero la verdad es que quien lucha entero… vence!

Porque no puede haber algo mayor que aquello que es íntegro.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La trampa de la identidad

(Por su enorme interés y actualidad, en medio de unas elecciones 'plebiscitarias' en nuestro desgraciado país, que parece que no soporta por mucho tiempo las épocas de bonanza...)


Mia Couto, in 'E Se Obama Fosse Africano?' 

La más peligrosa trampa es aquella que tiene la apariencia de una herramienta de emancipación. Una de esas celadas es la idea de que nosotros, seres humanos, poseemos una identidad esencial: somos lo que somos porque estamos genéticamente programados. Ser mujer, hombre, blanco, negro, viejo o niño, ser enfermo o infeliz, todo eso surge como condición inscrita en el ADN. Esas categorías parecen provenir solo de la naturaleza. Nuestra existencia resultaría, así, sólo de una lectura de un código de bases y nucleótidos.

Esta biologización de la identidad es una capciosa trampa. Simone de Beauvoir dice: la verdadera naturaleza humana es no tener naturaleza humana. Con eso ella combatía la idea estereotipada de la identidad. Aquello que somos no es el mero cumplimiento de un destino programado en los cromosomas, sino la reilación de un ser que se construye en intercambios con los otros y con la realidad envolvente.

La inmensa felicidad que la escritura me dio fue la de poder viajar entre las categorías existenciales. En realidad, de poco vale la lectura si no nos hiciese cambiar de vida. De poco vale escribir o leer si no nos dejamos disolver por otras identidades y no despertamos en otros cuerpos, otras voces.

La cuestión no es sólo de dominio de técnicas de interpretación del alfabeto. Se trata, sí, de poseer instrumentos para que seamos más felices. Y el secreto es estar disponible para que otras lógicas nos habiten, es que visitemos y ser visitados por otras sensibilidades. Es fácil que seamos tolerantes con los que son diferentes. Es un poco más difícil que seamos solidarios con los otros. Difícil es ser otro, difícil igualmente es que seamos los otros.
http://www.citador.pt/textos/a-armadilha-da-identidade-mia-couto

¿Era Adán descuidado?


Hay una certeza compartida por los antropólogos y por todos los creyentes de las religiones abanicas: ¡el marido de Eva no se lavaba los dientes!

El título expresa una insinuación desagradable, pero no es menos la que se atribuye al Padre Antonio Vieira, que dice que, de Adán para ladrón, solo faltaban dos letras y que, de fruto, para hurto, ninguna!

Poco se sabe de los hábitos higiénicos de Adán, porque sobre este particular son omisas la Biblia y la ciencia. Con todo, Hay una certeza compartida por todos los antropólogos, así como por todos los creyentes de las religiones abanicas: el marido de Eva no se lavaba los dientes diariamente. Ni siquiera, según consta, usaba palillo, actitud de poco gusto, pero ciertamente más saludable  que la pura y total omisión de cualquier limpieza, por rudimentaria que fuese, de la dentición.

Ahora bien, según un principio universal de la higiene oral, quien no se lava los dientes todos los días, por lo menos una vez, es un rematado puerco y atenta, con su pestífero aliento, contra la salud pública. Siendo así, hay que concluir que Adán y Eva, ciertamente casados en régimen de comunión de malos hábitos higiénicos, eran poco aseados.

A propósito, nótese que el Evangelio, que en tantos aspectos es de una enorme elevación, no destaca por la exigencia en temas de sanidad. En el evangelio del antepenúltimo domingo, se evocó la crítica de los fariseos a los apóstoles por el hecho, ciertamente censurable, de que estos no se lavaran las manos antes de las comidas, ni procedieran a las abluciones de copas y platos, como era tradición entre los judíos. Pero Jesús, en vez de reprender a sus discípulos por tan reprobable negligencia, se volvió contra los fariseos, cuya hipocresía condena, no obstante la razonabilidad de aquella su protesta.

Más escandalosa fue aún la actitud de Cristo cuando, tal como se refirió el pasado domingo, curó a un sordo casi mudo. ¿No es así  que Jesús de Nazaret metió sus dedos en los oídos del sordo y, después tocó con su dedo, humedecido en la saliva, la lengua del ‘milagreado’!? ¡No fue él el Maestro y cualquier día, con innegable buen sentido: ¡que disgusto! Habiendo protagonizado algunas curas
a distancia, sin contacto físico ni visual –piénsese, por ejemplo, en la resurrección de Lázaro, o en la cura del siervo del centurión- también en este caso podría haberlo hecho, con evidente ventaja para el sordo mudo y para nosotros que, transcurridos dos mil años, aún quedamos incomodados con un tratamiento tan poco aséptico.


Si así era hace dos mil años, no nos debe extrañar que Adán y Eva no se lavasen los dientes diariamente, sin que se pueda, entre tanto, condenar este su mal proceder. ¿Por qué? Porque no se les puede exigir lo que, aunque hoy sea  perfectamente normal, entonces no lo era.

La conclusión es evidente: el juicio moral de una determinada acción no puede realizarse en contra de las circunstancias concretas del tiempo y lugar. ¿Quiere esto decir, como afirma el relativismo, que no hay normas éticas absolutas y que todo depende del encuadre espacio temporal? De ningún modo, porque matar un inocente, robar o mentir, por ejemplo, son siempre actos condenables, en la medida en que violan principios éticos universales e intemporales.

La higiene, como el pudor, son siempre exigibles, pero deben ser evaluados en cada caso, según los patrones culturales vigentes. Hoy, no lavarse los dientes todos los días es, de hecho, censurable, pero no lo era en el tiempo de Adán y Eva, en que esa práctica ni siquiera existiría. Por otro lado, no era escandalosa la desnudez de ambos en el paraíso, pero sí lo era después de haber sido expulsados del Edén, como también sería la de alguna pareja que, de esa impúdica forma, tuviese ahora el mal gusto de exponerse públicamente.

Es recurrente, en los precipitados juicios que se hacen de los cristianos en la plaza pública, exigir a las generaciones pasadas una mentalidad moderna, lo que se revela tan anacrónico como censurar a Adán su falta de higiene oral. No quiere esto decir que el hombre primitivo fuese inimputable, porque Caín fue responsable de haber matado, por envidia, a su hermano Abel. También ahora, cualquier asesinato de un ser humano inocente –como en los casos del aborto provocado, homicidio, eutanasia, etc.- es siempre un gravísimo pecado y un horrible crimen.

El cristiano, como cualquier otro ciudadano, es también un ser histórico, para bien y para mal. La fe ilumina al creyente en cuanto a los principales deberes morales, expresados en el decálogo y en el sermón de las bienaventuranzas y, por eso, los santos son, a la par que otros justos de análoga sublime ética, el mejor exponente de la perfección moral. Pero también ellos son mujeres y hombres de su tiempo y no pueden ser juzgados al margen de esa su condición.

A los cruzados del anticatolicismo militante y a los modernos inquisidores, que continuamente juzgan y condenan a la Iglesia por su historia, no se pueden pedir las virtudes cristianas de la caridad o del perdón por los pecados de los fieles que nos han precedido. Pero se les debe exigir la justicia de no juzgar el pasado a la luz del presente ni culpabilizar a los cristianos del tercer milenio por los errores de los cruzados o por los excesos de los inquisidores. A cada hombre y generación le bastan sus propias faltas.

Sacerdote católico



sábado, 12 de septiembre de 2015

La llama de la vida y el fuego de las pasiones


José Luís Nunes Martins
12 de setembro de 2015 https://www.facebook.com/jlmartins?fref=nf


                                                        Ilustração de Carlos Ribeiro

No siempre ser apasionado es bueno. La mayor parte de las pasiones tienen en cuenta la voluntad y asumen el control del sentir y del pensar. Prometen la mayor de las liberaciones, pero esclavizan a quien desiste de sí mismo y se somete a ellas.

La pasión es sufrimiento, un furor que es opuesto a la paz y el contento. Un vacío fulminante capaz de las mayores acrobacias para satisfacerse. Pero que, como nunca se sacia, acaba por consumirse, por destruirse a sí mismo. Para tener paz necesitamos hacer esta guerra, por la conquista del más exigente de todos los equilibrios: entre la monotonía de no arriesgar nada y la imprudencia de entregarlo todo sin una voluntad propia profunda. Es esencial que sepamos desafiarnos, a veces, a un profundo desequilibrio momentáneo. Al final, quien nunca se atreve está perdido, para siempre.

Hay pasiones buenas. Son las que trabajan como un fermento. De forma tranquila, pacífica y paciente. Animan, pero no dominan. Orientan, pero no deciden. Iluminan, pero no ciegan.

Casi nadie tiene idea de la capacidad que cada uno de nosotros tiene para soportar y vencer grandes sufrimientos…

Hay quien pierde la cabeza, el corazón y el alma, por pasiones corrientes. Una pasión fuerte que se consiente puede hacer que la más digna de las personas se destruya… se consuma, no quedando sino las cenizas en que arde. Es necesario que sepamos cuidar  lo que queremos ser, más que el placer que creemos merecer. Nuestro camino debe ser decidido por nosotros, no por cualquier impulso extraño a nuestra voluntad. Ser feliz pasa por ser firme frente a las tentaciones de lo fácil y lo inmediato.

La verdadera llama, aquella que nos ilumina, calienta y orienta, no es la de las pasiones, es la llama de la vida. La vida misma, así, sencilla y pobre en  apariencia. Aquella vida consciente de que es, en sí misma, un don. Una luz. Un presente de lo divino. Una presencia divina. No se trata de una alegría por satisfacer fantasías, sino más bien de la virtud suprema de saber apreciar los momentos de la vida sin
necesidad de estar bajo seria amenaza de perderla. Este es el único fuego que no consume.

El frío que a veces sentimos en el alma no es señal de que estamos en el camino errado, sino de que es la hora de poner a prueba nuestra determinación.


La pasión aumenta su fuerza a medida que crecen los obstáculos que se le oponen. Si combate con la luz de la razón y el calor del corazón. Sin excesos ni violencias. Sólo firmeza, sufrimiento y paz.

Puedo sufrir, pero no quiero desistir de mí mismo… así yo aprendo a ser mayor que mis dolores. Más fuerte que mis pasiones…

domingo, 6 de septiembre de 2015

¿Por quién doblan las campanas?




Portugal tiene una honrosa tradición humanitaria. Nuestros emigrantes fueron bien recibidos en todo el mundo. No podemos dar menos a los que hoy necesitan de nuestra hospitalidad.

El día 15 de agosto pasado, al medio día, repicaron las campanas de todas las iglesias católicas francesas, en memoria de los cristianos martirizados en Oriente, sobre todo por las milicias islámicas. La matanza de los cristianos es tan frecuente que ya dejó de ser noticia. Las organizaciones internacionales y los paridos políticos parecen más interesados en cuestiones ambientales y de política económica, que en drama de los cristianos  obligados a abandonar sus países.

Esta tragedia es parte de otra, de análogas proporciones: la fuga de millares de refugiados que, diariamente, llegan a las puertas de Europa, evitando una muerte cierta en sus países de origen. El Papa Francisco, en Lampedusa, en uno de sus primeros desplazamientos, quiso llamar la atención mundial hacia la ‘globalización de la indiferencia’, denunciando un flagelo del que muchos políticos parecen desinteresados o, lo que es peor, pretenden controlar con medidas represivas. Hay quien quiere más barcos para vigilar las playas europeas, muros que intercepten la entrada de clandestinos, controles en las fronteras, campos de refugiados, etc.

A nivel administrativo, los funcionarios comunitarios hablan de cuotas de emigración para distribuir entre los diversos países de la Unión Europea, con la relajación de quien distribuye contingentes de sardinas por las flotas pesqueras. Algunos burócratas más celosos creen que los desgraciados que dan la espalda deben tener el pudor de presentarse, por lo menos, con un certificado de nacimiento, un pasaporte válido, copia certificada de registro criminal, certificado de habilitación, boletín de vacunas, curriculum vitae y dos fotografías. En su docta opinión, es lo mínimo que se puede exigir a quien hizo millares de kilómetros a pie, o en improvisados medios de transporte, que fue obligado a abandonar su tierra y, a veces, la familia, hizo un viaje en las peores condiciones de seguridad y de higiene y que, por fin, llega a Europa, ciertamente deshidratado, desnutrido, tal vez incluso agonizante, moribundo. Y también hay los que no llegan, como el pequeño Aylan, porque mueren por el camino.

Tal vez alguien entienda que este discurso es muy bonito pero utópico, porque ningún país europeo, ni el continente, tienen condiciones para recibir a todos los emigrantes que aquí se pretenden instalar. También puede parecer peligroso, porque no todos los que emigran lo hacen con las mejores intenciones. Hay que ser, sin duda, prudente, pero por culpa de algunos no puede servir de pretexto para la exclusión de los inocentes. Esa vieja disculpa cerró las puertas a muchos refugiados de otros tiempos, como los judíos en fuga de la Alemania nazi.

Una niña de seis años, la última de siete hermanos, llegó un día a casa y preguntó por qué es que, en aquella familia, eran tantos. La madre percibió que, cada vez que la hija decía cuántos hermanos tenía, las personas exclamaban: ¡Tantos! Con sabiduría y profundo sentido cristiano, le respondió que no eran tantos porque, si viniese un hermano más, también tendría donde dormir, o vestir o un lugar en la mesa. La pequeñita comprendió que, donde hay cariad, nunca hay gente de más. El problema de Europa no es el éxodo de población, sino la falta de solidaridad cristiana.

Al afirmar que su país está abierto a todos los emigrantes que en él se permita establecer y que no admite cualquier manifestación de xenofobia, la canciller alemana tuvo el coraje de pronunciar un discurso políticamente incorrecto sobre esta materia que, en la realidad, es una tragedia en muchos actos. Ángela Merkel tal vez tenga que discutir cuotas de emigrantes y burocracias acostumbradas. Con todo sabe que no se trata de un asunto político, sino de una cuestión humanitaria. Punto final al párrafo.

Somos un pueblo de emigrantes. Desde que, en 1415, hace precisamente seiscientos años, partieran las primeras naves en demanda de nuevos parajes, nunca jamás cesó este flujo de gentes, en busca de una nueva vida lejos de la patria. Unos fueron por motivos económicos, algunos por razones políticas, otros aún por espíritu de aventura. Todos partieron con nostalgia y llevaron un trozo de Portugal al mundo. Surgieron así, un poco por todos lados, comunidades lusitanas: en Brasil y en América del Norte, en África del Sur y Venezuela, en Francia, en Suiza, en Luxemburgo y en Alemania. Muchos sufrieron el paso del Algarve hasta conseguir lo que pretendían, pero todos, de una forma u otra, se beneficiaron de la acogida que les fue dispensada en esos países, que ahora son también suyos, de sus hijos y nietos.

Portugal tiene una honrosa tradición humanitaria, patente en la forma como, en el pasado siglo, acogió a los judíos y muchos niños austríacos o, más tarde, recibió los millares de retornados de ultramar, cuando también en el continente se vivían tiempos difíciles. Haciendo justicia a su historia, Portugal debería ahora protagonizar un gesto de bienvenida a todos los refugiados, proporcionando a esos ciudadanos condiciones análogas a las que le fueron dispensadas a los nuestros emigrantes, en tantos países europeos. Si estos fueron y son, también ahora, bien recibidos, no podemos ser menos acogedores con los que hoy, en circunstancias tan dramáticas, necesitan de nuestra hospitalidad.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Amar es crear para usted misma una prisión



https://www.facebook.com/jlmartins/posts/10204742163861521:0
5 de setembro de 2015 


                                                          Ilustração de Carlos Ribeiro

Querida amiga,

A nadie le gusta ver sufrir a quien ama. Por eso, no es de extrañar que le hayan dicho que no les gusta verse de esa forma. Estemos alegres o tistes, somos siempre una y la misma persona, en momentos diferentes de la vida. El amor consiste en querer el bien de quien se ama, por lo que ser capaz de desear su felicidad es ya algo muy bueno por sí mismo. Por el contrario, si amamos a alguien que está triste, entonces sentimos el deber de hacer algo en relación a eso… Ahora, es en ese preciso momento en el que se distinguen las verdades de las apariencias. Cuando se trata de pasar a las obras, muchos amores aparentes se esfuman…

Al contrario de lo que muchos piensan, una persona triste no es una persona horrible. La tristeza forma parte de la vida, de todas las vidas, tal vez más aún de aquellas que por todos los medios la intentan esconder. Es un error grave pensar que debemos, cuando estamos mal, aparentar estar bien para no sobrecargar a quien le agradamos. El amor es un compromiso con la verdadera felicidad del otro. Alguien que ama sólo puede estar contento si aquellos a quien ama también lo estuvieran. Las falsas apariencias son, aún con la mejor de las intenciones, golpes duros, fuertes y feos en cualquier relación humana.

Querida amiga, aquella persona a la que no le agrada cuando está triste, ¿será que se agrada incluso a sí? ¿O será que sólo se quiere a sí misma? Lo lamento, pero en cualquiera de los casos, no hay amor. Importa tener cuidado con las palabras y los gestos. Una cosa es que yo diga que no me gusta ver a alguien triste; otra, bien diferente, es que yo ame a esa persona –y de la que quiera cuidar- cuando más necesita a alguien. No confíe en las palabras. Concéntrese en los gestos. El amor se hace con obras, no de promesas, por más bellas y poéticas que sean. Un enfermo nunca busca un médico que hable muy bien… sino alguien que lo cure.

Siempre hubo quien dijera que sólo hay amor cuando fuera bueno para los dos. ¡Nada más errado! El amor verdadero será casi el opuesto de eso. Amar es crear para sí mismo una obligación de cuidar del otro, más aún cuando él estuviera mal. Al límite, sólo  se puede amar de forma profunda a quien necesita y acepta nuestro amor. Pues sólo en ese caso él cumple de forma plena. Antes que eso, será un compromiso de honra asumir ese papel en caso de necesidad.


No siempre, quien está triste quiere compartir su dolor. A veces, no se quiere hablar con nadie sobre el asunto. Al final, la persona asume que la tristeza es suya y de nadie más. En esos casos, importa que tenga por seguro sólo, el respeto a la persona, mostrándole que estamos ahí. Que queremos estar ahí con ella. Que su tristeza no nos desilusione. Que ella es la misma persona. La que amamos. Tanto si quiere compartir su tristeza con nosotros, como si prefiere el silencio y alguna distancia.

Todas las personas sufren. Es imposible amar a alguien sin sufrir. No hay amor sin sufrimiento. Los seres que sólo quieren del otro lo que él tiene de más agradable son parásitos… y, la cruda verdad es que también hay muchas especies de parásitos humanos.

No crea que su amor, aunque sea auténtico y profundo, evita el sufrimiento a las personas que ama. El amor sirve para cuidar, no para evitar lo inevitable. Las personas que amamos lloran, sufren y mueren como todas las otras. La diferencia es que no lo hacen solas.

Así, tampoco crea que el amor de quien la ama la puede librar de los sufrimientos y amarguras de esta vida. Las personas que aman permanecerán cerca, pero necesitaran siempre que las enseñe a amarse. Que las ayude… a ayudarse.

El amor hace milagros, sí. Pero nunca hace los milagros que las personas consiguen hacer solas.

Cuente conmigo.

Le ruego que no deje que su fe en el amor sea perturbada.

Confío en usted y la tengo presente en mis silencios.

Muy agradecido

domingo, 30 de agosto de 2015

Somos ciudadanos sin lazos de ciudadanía


  
No somos capaces de reconocer en el vicio o el talento que nos falta, las virtudes de que carecemos. Ante cada éxito ajeno quedamos trastornados

(y esto vale para cualquier ciudadano, de cualquier parte del mundo, y muy especialmente para nosotros, los españoles, y aún se quedaría corto en la enumeración de agravios  a la ciudadanía…, por eso me parece muy oportuno compartirlo con todos ustedes. )

Miguel Torga, in "Diário (1985)" 

Es inútil. En ningún área del comportamiento social conseguimos encontrar un denominador común que nos haga la convivencia armoniosa. Procedemos en todos los planos de la vida colectiva como adversarios jurados. Nos hacemos la guerra en la política, en la literatura, en el comercio y en la industria.

Donde están dos portugueses están dos contrarios hostiles a la presidencia de la República, al líder de un partido, a la gerencia de un banco, al jefe de una corporación de bomberos. No somos capaces de reconocer en el vicio o el talento que nos falta, las virtudes de que carecemos.

Ante cada éxito ajeno quedamos trastornados. Y nos vengamos con la sátira,  la mordacidad,  la maledicencia.

En las ciudades o las aldeas, por fas o por nefas, no hay nadie sin apodo, a todos se les coloca un cartel peyorativo. El que quisiera conocer la naturaleza de nuestra relación, lea las polémicas que trabamos a lo largo de los tiempos. Son reveladoras. La celebrada carta de Eça a Camilo o la también conocida la de este al consejero Forjaz de Sampaio dan la medida exacta del berrinche en que nos complacemos en el trato diario.


Gregariamente, somos una suma de ciudadanos sin lazos de ciudadanía.