miércoles, 20 de abril de 2016

Un nido de golondrina


Esta primavera, por primera vez en la historia de esta oficina, una pareja de golondrinas ha elegido nuestro patio para hacer su nido, bajo la protección del humilde del tejado de uralita trasparente.

A primera vista sería una noticia insignificante, más o menos interesante según la atención con que la reciba el que la escuche. En cualquier caso, entre los que descubrimos la presencia de estas benditas golondrinas en nuestro patio, causó un pequeño revuelo. Yo incluso dudaba si eran golondrinas o aviones, otro pájaro parecido, otro decía que sí eran golondrinas, pero ante la duda nos pusimos a buscar inmediatamente en internet imágenes de golondrinas. Efectivamente, eran golondrinas.

Esa certeza supuso un gran alivio para todos. Son golondrinas, las aves portadoras de buenas noticias. Y así me parece a mí que algunas cosas empiezan a cambiar, en el plano personal y el colectivo.

No me refiero a las cosas de la política, que andan tan revueltas,

porque ningún político busca de verdad solucionar los problemas, o el problema fundamental que padecemos: el de la identidad como pueblo y su futuro;  me refiero, nada más, a los asuntos de cada día, a personas concretas, que sabiendo por qué viven, buscan lo que de verdad les conviene, y algo van encontrando, que les ayuda a superar tantas dificultades como se empeña en asestarles esta crisis tan pertinaz.

Sí, al menos para nuestro entorno es un signo claro de que algunas situaciones adversas se van desvaneciendo, y así, con el viento a favor,  en nuestro albergue se va a poder disfrutar  de  un servicio mejorado y ampliado, abriendo sus puertas también a la colaboración de todo el pueblo. Comienza así una nueva etapa, bendecida sin duda por el mismo San Vicente de Paúl, ejemplo insigne de misericordia con los más débiles.

En el plano personal, es difícil, muy difícil, son tantas las necesidades, tantos los necesitados, que si no fuera por la paciencia y la dignidad que tantos se empeñan en mantener a pesar de las adversidades, sería un caos, o estallaría una revolución.

Las instituciones están fallando todas, no cabe duda, y mencionaré solamente los servicios sociales y los bancos, que son las que más directamente se empeñan cada día en hacer más complicado el acceso a las ayudas y en reducirlas además, en calidad y cantidad. Para todo hay que concertar citas telefónicas, totalmente impersonales, los bancos son también impersonales, pero además inclementes, no ‘discriminan positivamente’ las pensiones sociales a la hora de los descuentos y las penalizaciones.

¡Cómo nos vamos acostumbrando a la deshumanización! La verdad es que los hechos contradicen tantas buenas intenciones y palabras en los eslóganes colgados en las paredes reales y virtuales. Aunque también es verdad que siempre ha habido, hay y habrá alguien que sí se ocupa de los que la sociedad discrimina.

Pero aunque hay muchas asociaciones, religiosas y laicas, los voluntarios son insuficientes. En nuestro servicio, por ejemplo, somos muy pocos, y hace mucho tiempo que no  se presentan ofertas…


Benditas golondrinas que han venido esta primavera a nuestro patio, a permitirnos soñar, y ¡quién sabe, qué noticias traerán! ¡De parte de quién vendrán! ¡Y cuánto tiempo tardarán en hacerse realidad esas noticias alentadoras!

domingo, 17 de abril de 2016

¡Válganos nuestra señora de la eutanasia!




La eutanasia está muy enraizada en la cultura portuguesa. No como sinónimo de homicidio autorizado, sino en el sentido etimológico, o sea, de una ‘buena muerte’ tal como la concibe y desea el cristianismo.

Es conocida la historia del embajador portugués en Berlín que, al final de la segunda Guerra Mundial, al ser ocupada la capital alemana por las fuerzas aliadas, decidió abandonar, sin autorización, su puesto y regresar a Lisboa. Cuando se presentó ante su superior jerárquico, así respondió esta a quien le anunció la inesperada llegada del diplomático:

-No, nuestro embajador en Alemania está en Berlín.

Como le hubiese sido confirmada la presencia, en la capital portuguesa, del jefe de la misión acreditada ante el gobierno alemán, dicho gobernante replicó:

-¡Entonces, si está en Lisboa, ya no es nuestro embajador en Berlín!

El episodio de la dimisión fulminante del precipitado diplomático sirve para recordar que, aunque pueda haber algunos supuestos cristianos que defiendan la eutanasia, en realidad, si lo hacen sabiendo y queriendo contradecir expresamente el Evangelio de la Vida, según una muy feliz expresión de San Juan Pablo II, es obvio que, por fuerza de esa defensa de la ‘muerte asistida’, niegan la fe que dicen creer.

De hecho, nadie puede ser católico al margen de la Iglesia, como tampoco nadie puede ser embajador de Portugal en rebeldía contra el gobierno. Católico no es quien dice serlo, sino quien objetivamente reúne las condiciones  necesarias para poder ser reconocido como tal por la autoridad eclesial competente, principalmente por ser bautizado, profesar las verdades de la fe cristiana y proponerse vivir de acuerdo con sus principios morales, por muchos y graves que sean sus pecados. De hecho, no se puede ser católico y estar a favor, por ejemplo, del politeísmo, o del adulterio, o de la pedofilia, o de la corrupción, o de la idolatría, o de la reencarnación, o del aborto, o del nazismo, o de la ideología de género, o del comunismo, o de racismo, o de la eutanasia, etc.

Si la eutanasia, en cuanto practica que contradice expresamente el quinto mandamiento de la Ley de Dios, es necesariamente anticristiana, también es verdad que existe, por así decir, una eutanasia cristiana. No en la acepción de un homicidio autorizado, o consentido, sino en el sentido etimológico, o sea, de una ‘buena muerte’ según la doctrina y la práctica de la Iglesia. De más estaría decir que, para un cristiano, una ‘buena muerte’ nunca es provocada, ni anticipada, sino una muerte natural y, si fuera posible, bendecida.

La eutanasia, en la acepción de buena muerte, está muy presente en la cultura cristiana del pueblo portugués. Según el P. Dr. Jacinto dos Reis, especialista en mariología, hay en nuestro país una gran devoción a Nuestra Señora de la Buena Muerte, o sea, de la eutanasia. De hecho, son numerosas las imágenes de Nuestra Señora de la Buena Muerte veneradas en muchas iglesias y capillas portuguesas. ¡Sólo en la archidiócesis de Braga se elevan a 24, contándose 13 altares y nueve capillas!

Mientras algunos paganos quieren, a la hora de la muerte, un médico que los mate y así apresurar la agonía final, los cristianos esperan tener a su cabecera, en esa hora decisiva, familiares y hermanos en la fe que los asistan con su caridad, padres que los conforten espiritualmente y profesionales de salud que los ayuden a llegar hasta el final de la etapa terrena de su vida, sin abreviarla por la falsa compasión – como muy bien dice el Profesor Daniel Serrano, la muerte por compasión es la muerte de la compasión- sin que tampoco la prolonguen artificialmente, por vía de la obstinación terapéutica.

La verdadera eutanasia es, para un cristiano, una muerte en gracia de Dios y en el amor de la familia y de los hermanos en la fe y  no una agonía sin dolor, aunque sean laudables los esfuerzos en ese sentido, desde el momento que  no atenten contra la vida, ni la dignidad humana. La ‘buena muerte’ cristiana, aunque dolorosa, es siempre vivida, no en la tristeza de la desgracia, sino en la alegría de la gracia y en la certeza de estar prestos para alcanzar, por la infinita misericordia de Dios, una felicidad sin fin. ¡Válganos, pues, en esa hora, Nuestra Señora de la Buena Muerte, o sea, de la eutanasia!

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P.S. Luís Aguiar-Conraria, meu ilustre colega como cronista do Observador, concedeu-me a honra de um seu comentário à minha anterior crónica, “Deus é feminista!”, que teve a generosidade de considerar um “artigo muito bem humorado”. Para o efeito, não só cita Mahmoud Ahmadinejah como também apresenta um gráfico muito bonito que, segundo ele, “mostra” que “quanto mais pessoas levam a religião a sério, maior a desigualdade de género” (sic). Em abono desta tese científica, tenho a dizer que a D. Aurora, que era fervorosa adepta da ideologia de género ao começar a rezar o terço; no fim do segundo mistério já se considerava superior ao sacristão; e, no fim da reza, tão partidária da desigualdade de género que desancou o marido, o Arlindo, quando o viu chegar da taberna, onde ele tinha ido praticar as suas devoções (ambos são muito piedosos, diga-se de passagem, mas cada um à sua maneira). Com este meu modesto contributo, corrobora-se cientificamente que, com efeito, “a mais religiosidade, mais desigualdade de género”.
Quoad erat demonstrandum.

http://observador.pt/opiniao/valha-nos-nossa-senhora-da-eutanasia/


sábado, 16 de abril de 2016

El secreto de lo que soy


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Lo que somos depende de lo que amamos. Solo quien se da a los otros se libra del egoísmo. Ser es mar. Realizarse en la entrega de sí mismo al otro.

Lo que soy no se limita a lo que pienso que soy, tampoco a lo que pienso que los otros opinan de mí. Es más, Soy también aquello que recibo cuando me olvido de mí y me abro al otro, es aquello que queda de mí en los otros, cuando me doy a ellos….

No soy solo un aquí y ahora. Soy también lo que fui… y lo que he de ser.

Soy lo que quiero concretar de mi esencia, las semillas que decido regar de entre las que existen en mí.

Mi identidad se hace de los minutos y pequeños pasos que voy escogiendo dar… cada momento de la vida es tan importante como insignificante.

Sufrimos, a veces profundos golpes. El tiempo ni los paga ni los cura. Son partes de nosotros, todas ellas buenas, porque son parte de nosotros. Las tempestades, muchas veces, nos aproximas a quien queremos bien… Los dolores nos hacen familia. Cuando amo, y soy aceptado, también soy en el otro… y el otro, cuando me ama y yo lo acepto, también él está en mí.

Soy un misterio que se construye y revela… en la certeza de que nunca soy ni más, ni menos, del amor del que fuera capaz…

Soy lo que amo.



(ilustração de Carlos Ribeiro)

http://rr.sapo.pt/artigo/51895/o_segredo_do_que_sou

sábado, 9 de abril de 2016

La felicidad no es una suerte


José Luis Nunes Martins

La felicidad no es un don divino atribuido solo a algunos, así como tampoco es el resultado de cualquier casualidad o suerte aunque terrena. No. No viene de los cielos ni de cualquier lotería, sí en cambio de un conjunto de decisiones íntimas y concretas en relación a la vida de todos los días. A veces, pasa por renunciar a lo que otros creen esencial. Muchos son los que permiten que las cosas banales les (pre)ocupen por demás.

Ser feliz no pasa por satisface deseos momentáneos, sino por aprender a soñar y crear la realidad, tantas veces a partir de nada.

Ser feliz no es ser esclavo de sus apetitos, es ser señor de sí. Todos tenemos el deber de tratarnos bien. Ser correctos con nosotros mismos y con los demás.
Sólo quien cree y confía en sí mismo puede ser feliz. Porque no medirá su valor por como viste, por sus bienes, por los éxitos o por cualquier otra cosa que el dinero puede comprar.

No se debe nunca usar a nadie, aunque sea por un interés noble. La única forma virtuosa de relación humana es el encuentro, nunca el negocio.

Ser feliz no es vivir en el cielo, es tener el cielo en él mismo. Es escoger el  cielo… es darse.

La felicidad es la relación plena de sí mismo… pero nunca se es feliz solo, porque el infinito sólo se revela en el encuentro.


                                               (ilustração de Carlos Ribeiro)


http://rr.sapo.pt/artigo/51330/a_felicidade_nao_e_uma_sorte

domingo, 3 de abril de 2016

Eutanasia, Libertad y dignidad humana



La eutanasia no es un derecho, sino una violación del más irrenunciable deber jurídico y moral: el de respetar la vida humana, que es dignísima desde el instante de la concepción hasta el momento de la muerte natural.

Los que suscriben el manifiesto a favor de la eutanasia afirman “unidos en la valoración privilegiada del derecho a la libertad” y, como tal, defensores de la “despenalización y regularización de la muerte asistida”, que entienden que es 2una expresión concreta de los derechos individuales  la autonomía, a la libertad religiosa y a la libertas de pensamiento y conciencia, derechos inscritos en la constitución”.

No cabe duda en cuanto a la valoración del “derecho a la libertad”, ni su aprecio por el “derecho individual a la autonomía”, pero queda por saber si esa opción puede prevalecer en cuanto contraria a la vida, a la integridad física o a la dignidad humana. La cuestión es pertinente porque hay quien entiende que no es lícito prohibir que alguien, libre y conscientemente, opte por la ‘muerte asistida’. ¿Pero, es así?

Nadie puede, supuestamente, vender un órgano, porque el derecho no permite la comercialización de los seres humanos, ni de ninguna parte de su cuerpo, que no es una cosa de la que es dueño y de la que pueda libremente disponer, sino parte integrante de la personalidad humana. Por la misma razón, hay que excluir absolutamente la esclavitud, aunque hubiese alguien que, en plena posesión de sus facultades, admitiese enajenar para siempre su libertad. De hecho, el derecho no puede consentir en lo que, aunque querido de forma consciente y voluntaria, atenta tan gravemente contra la dignidad humana.

El uso, o abuso, de la libertad individual puede llegar a extremos verdaderamente inconcebibles, sin que sea necesario evocar, para el caso, acontecimientos de otras épocas o, por hipótesis, remotas tribus caníbales de la polinesia. De hecho, a 27 e diciembre de 2003, el New York Times publicó una noticia que causo estupefacción y horror: un alemán, Armin Meiwea, mató a un compatriota y, después, comió sus restos. El insólito asesinato había sido, mientras tanto, consentido por la víctima. Con todo, su aquiescencia fue, obviamente, tenida por irrelevante y el antropófago fue castigado por su hediondo crimen. Es, sin duda, un caso extremo, pero aconteció, no en la prehistoria, ni en el tercer mundo, sino en pleno siglo XXI y en la civilizada y culta patria de Beethowen y de Hegel.

El 19 de enero de 2009, la prensa británica publicaba un caso insólito: un sujeto, llamado Guy Masteerleigh, trata a una tal Deborah, de 38 años, como si fuese una  perra, a la que llamaba Cuti. La misma, que estaba en su sano juicio y que ‘ladraba’ y se movía a cuatro ‘patas’, declaró que le gustaba ser tratada así. Quien defienda absolutamente el derecho individual a la autonomía, no se podría oponer a semejante ultrajante comportamiento, pero quien entienda que hay derechos fundamentales de los que nadie puede abdicar, tendría legitimidad para impugnar un procedimiento tan indigno.

Por otro lado, una persona muy trastornada, un demente terminal, o un gran sufrimiento, es alguien cuya razón y voluntad están necesariamente nubladas por la edad, o por la dramática situación. Siendo así, no tiene sentido invocar la libertad individual, como fundamento para la despenalización  de la ‘muerte asistida’. Es obvio que alguien, en circunstancias tan vulnerables como las referidas, puede ser más fácilmente presionado para tomar una decisión falsamente presentada como la más ‘piadosa’ para sí, además de ‘caritativa’ para su familia e incluso ‘solidaria’ para la sociedad. La eutanasia se presta a inmoral explotación de una situación de desesperación, sea por familiares y amigos interesados en abreviar esa vida, sea por las instituciones  sanitarias, cuya gestión económica favorecería la eliminación de los pacientes terminales y de los enfermos mentales más pobres que sean beneficiarios de la salud pública, porque los ricos podrían siempre pagar el apoyo clínico de que carecen y que, en realidad todos desean.

Más allá de lo más, la eventual ‘despenalización y regulación de la muerte asistida’ obligaría a la reforma de la Constitución y del ordenamiento jurídico portugués. En ese caso, no tendría sentido, por ejemplo, que fuese castigada la esclavitud consentida, la violencia doméstica tolerada por la víctima, o la venta libre y voluntaria de órganos humanos. Si se permite la ‘muerte asistida’, como una ‘expresión concreta del derecho individual a la autonomía’, se debería también castigar ya el socorro prestado a los suicidas, porque sería una violación de su libertad y autonomía.

La defensa de la eufemísticamente llamada ‘muerte asistida’ es, en realidad, una protesta que pretende la sustitución de una ética personalista y de un orden jurídico humanista, basado en el valor supremo de la vida, por una práctica de exaltación de la libertad individual que, en su extremo, atenta contra la vida y la dignidad humana. La eutanasia no es un derecho de nadie, sino la violación de un gravísimo y universal deber fundamental de respeto por la vida humana inocente, que nos obliga a todos, sin excepción de uno mismo. La vida de cualquier ser humano –sano o enfermo, viejo o joven- es dignísima e irrenunciable, desde el instante de la concepción y hasta el momento de la muerte natural.

http://observador.pt/opiniao/eutanasia-liberdade-dignidade-humana/


sábado, 2 de abril de 2016

Cada paso es un camino


José Luis Nunes Martins
                                         
Cuando alguien camina descalzo en medio de una floresta debe escoger bien su camino. Pero, lo importante es que ponga su atención en cada paso. Cualquier descuido puede suponer un golpe profundo. Así es también la vida. Por buenos que sean los zapatos que nos protegen los pies, nuestro interior está siempre expuesto a nuestras decisiones, descuidos y al camino que vamos construyendo. El cuerpo necesita de nosotros para defenderlo. El interior también,

Debemos respetarnos hasta el punto de no permitirnos ingenuidades o desvaríos. Siempre. Lo mismo podrá ser virtuoso en las cosas más pequeñas que en las  grandes. No se puede estar entero descuidando cualquiera de las partes. Por más pequeña que sea. Sólo quien conoce la grandeza de una  sinfonía comprende el valor de cada una de las notas que la componen. Al final, nada es insignificante.

Es evidente que todos erramos. Todos. Una nota errada no deforma una melodía. Pero quien no vive con verdad y dedicación, quien no se entrega a lo que hace en su vida, acaba por cometer el mayor de todos los errores: volverse insignificante.
Y, cuando el amor nos lleva por caminos abruptos, largos y dolorosos, que sepamos sufrir… y, aunque parando, y hasta, a veces, volviendo atrás, consigamos siempre regresar al camino que es el nuestro. Que somos nosotros.

Son muchos los que temen y no andan, temen y no luchan. Eligen se débiles, a pesar de que sueñen ser valientes. Desean, pero las almohadas son el lugar donde sus sueños yacen en cámara ardiente.

El amor es, también, una corona de espinas. Fuertes son los que luchan, aquellos a quien no frenan los tormentos.

Los desamparos son temporales. Lo constante en nosotros es la capacidad de levantarnos y caminar por nuestro propio pie… a pesar de todo.

Por más encantador o sombrío que sea, cada paso es un camino… donde un espino que se clava en la carne es señal de que somos capaces de seguir adelante. Y, así como cada momento bueno que vamos experimentando es ya un pedazo de cielo que buscamos, cada sufrimiento es también una prueba concreta de fuerza que tenemos que soportar.



                                           Ilustración Carlos Ribero

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domingo, 27 de marzo de 2016

Finalmente, ¿Quién mató a Jesús?



Cristo no fue muerto por los judíos, sino por los romanos, por Poncio Pilatos y sus soldados. ¿Cómo explicar entonces que el primer Papa haya ido a vivir a la capital de la patria de los asesinos de Jesús?

La pregunta puede parecer banal, pero la respuesta ciertamente que no lo es. De hecho, todos los años, con ocasión de la Pascua, cuando los cristianos evocan litúrgicamente la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, se recuerda lo que parece ser una evidencia histórica: Cristo fue muerto por los judíos. Pero, lo fue de hecho?

La verdad histórica no corrobora ese rumor bimilenario que, por supuesto, tiene incluso algo de paradójico porque, en ese caso, serían tan judíos los asesinos como la víctima. De hecho, Jesús siempre honró su condición de judío, así como las tradiciones históricas y religiosas de su pueblo: fue durante la Pascua judía, cuando él anticipadamente  celebró con sus discípulos, su pasión y muerte. Además, judíos eran también María, su madre, y el respectivo esposo, José, así como sus primos, a veces mencionados en la Biblia como sus hermanos. También los doce apóstoles eran todos judíos y, por tanto, no tenía mucho sentido que ellos mismos atribuyesen a su pueblo la responsabilidad histórica por la muerte del Mesías.

Por suerte se puede afirmar que, aún no habiendo sido los judíos, como pueblo, los autores de la muerte de Cristo, lo fueron en las personas de los ancianos, sacerdotes y escribas. Es verdad que Jesús de Nazaret sufrió la oposición de ese grupo y que fue juzgado y condenado por el sanedrín. Con todo,  aunque  lo hubieron considerado reo de la pena máxima, no fueron ellos los que lo crucificaron, ni le dieron muerte, como hicieron, poco después, a San esteban, el protomártir cristiano, dilapidado por blasfemia, a las puertas de Jerusalén, por los fariseos, entre los cuales estaba Saulo de tarso, el futuro San pablo.  
         
Tampoco fue el rey Herodes quien mandó matar a Jesús, aunque había sido el responsable del asesinato de Juan Bautista, primo de Cristo. De hecho, el gobernador romano, sabiendo que Jesús era conocido como de Nazaret y, por tanto, tenido por galileo, aunque nacido en Belén de Judá, lo remitió a Herodes, para que él lo juzgase. El rey, habiéndolo interrogado, no encontró en él culpa alguna y, por eso, lo devolvió a su procedencia.

Por tanto, de acuerdo con los relatos bíblicos y otras fuentes históricas, la responsabilidad jurídica y moral por la muerte de Cristo debe ser atribuida a Poncio Pilatos que, sabiéndolo inocente, lo condenó a ser flagelado y crucificado. Que Pilatos tuviera conciencia de su responsabilidad en ese proceso inicuo queda probado por las palabras que entonces profirió, mientras se lavaba las manos y sujetaba su conciencia. De hecho, si se declaró inocente de aquella sangre es porque se sabía responsable y quería eludir su culpa: como afirma un conocido adagio jurídico, una disculpa no pedida indica una acusación manifiesta.

No fue sólo Poncio Pilatos el principal responsable de la muerte de Cristo, también lo fueron los romanos, los ejecutores de la pena capital, principalmente el centurión y los soldados que crucificaron a Cristo entre dos ladrones. Tratándose de una cuestión tan delicada, es evidente que el gobernador imperial no podía correr el riesgo de que no fuse ejecutada de acuerdo con sus órdenes, lo que podría haber sucedido  si la misma hubiese sido confiada a los judíos. De hecho, algunos de estos eran  furiosos enemigos de Cristo, mientras otros eran sus devotos seguidores: unos y otros, por su odio o devoción, podrían contradecir, por exceso o por defecto, la ejecución de la pena. Los fariseos, exagerando en los sufrimientos a infligir al condenarlo a pena capital; los cristianos, aprovechando la ocasión  para liberar a su Maestro y Señor.

Por tanto, si fue el gobernador romano quien decidió la condenación a muerte de Cristo y romanos fueron también los soldados que cumplieron la sentencia, ¡fueron los romanos quienes mataron a Jesús! Pero si así fue de hecho, ¿¡Cómo se explica que el primer Papa quisiera establecerse, como obispo de Roma, en la patria de los asesinos de Jesús!? Más aún, en la capital del imperio que, durante tres siglos, perseguirá sin piedad a los cristianos!?  Que Pedro quisiera hacer de Roma la sede de la Iglesia universal, que por eso aún hoy se dice romana, parece  lógico y sensato como sería, por absurdo, que la autoridad palestina se instalase justo en frente de la sede del gobierno israelita, o de su cuartel general…

Tal vez la elección de roma para sede de la cristiandad haya obedecido a razones prácticas porque, siendo la capital del imperio romano, estaría muy bien comunicada con todo el mundo entonces conocido. Pero también puede obedecer a una razón más profunda: ¡para que la culpa de los romanos, por la muerte de Jesús, no infamase para siempre a la ciudad y a los habitantes de Roma, el primer Papa y sus sucesores incluso en el presente quieren darle la singular honra de residir allí. Por esta razón, la ciudad eterna, como ninguna otra, testimonia la misericordia del perdón y amor de Jesucristo y de su Iglesia!





http://observador.pt/opiniao/afinal-matou-jesus-nazare/