sábado, 11 de octubre de 2014

Preocupaciones inútiles




                                                         Ilustração de Carlos Ribeiro

Andamos casi siempre muy preocupados con poco. Desperdiciamos demasiado tiempo con asuntos de poca importancia. El tiempo limitado que tenemos en este mundo debía inspirarnos a ser más sabios en la gestión de nuestras prioridades, ya que no siempre nos preocupamos de lo que debemos. Tendemos a despreciar, muchas veces, lo que es importante. Porque nos parece que tenemos siempre muchas preocupaciones y lamentos.

La posibilidad de una catástrofe es algo que angustia a muchos hombres. ¿Pero es que esta ansiedad tiene justificación? La posibilidad de que suceda es algo que nos sobrepasa por completo, por lo que poco o nada podemos hacer. Sufrimos demasiado por males que nunca nos tocaron de cerca…

También nos pesan nuestras malas decisiones en el pasado. Inquietud inútil. Podemos arrepentirnos, comprometiéndonos a un futuro en que el error sea lección para poner  rumbo a mejor. Pero, por eso mismo, nuestra preocupación debe ser en adelante, no hacia atrás.

La posibilidad de enfermedades y trágicos accidentes, con baja probabilidad de suceder, nos lleva a un desasosiego que nos hace descuidar otros problemas que, no siendo tan serios, pueden ocurrirnos con mayor facilidad. Somos responsables de prevenir las grandes tragedias, pero, más aún, las pequeñas. Dado que la prioridad debe ser dada a las que están más próximas a nosotros.

Pasamos, ahora, mucho tiempo cargando con el peso de las ansiedades respecto de las personas que nos son más allegadas, ¡como si cargar las preocupaciones de ellos fuese una misión nuestra! La verdad es que cada una de las personas (¡incluyendo a los niños!) está dotada de elemental buen sentido, algo que les permite, a todos y a cada uno, salvaguardarse de los peligros comunes que conocen. Pero, es bien posible que ellas puedan incluso estar mejor preparadas de lo que creemos… ¡mejor preparadas que nosotros! Tal vez deberíamos preocuparnos de aprender más con ellas…

Nos sobra poco tiempo para preocuparnos de lo que merece nuestra atención. Es esa anticipación que marcará la diferencia.

No somos así tan fuertes que podamos cargar el gigantesco peso de todas las preocupaciones del mundo, las de los otros y además las nuestras…

¡Cuántas maravillas pasan a nuestro lado, mientras andamos preocupados en las tragedias que sólo suceden en nuestra imaginación!

Es necesario que reconquistemos nuestra paz en un campo que suele estar ocupado por ansiedades y miedos. Sin permitir que, nuestra ignorancia sobre las causas de lo que sucede, nos vuelva rehenes e incapaces de pensar en nada más.

La vida no es para ser explicada o comprendida. Es para ser vivida y… bien vivida. Vivir es buscar felicidad, y eso pasa mucho por aprender a soportar, aceptar y olvidar.

Nuestra cultura nos enseña a afrontar todo. Así, si algo se coloca entre nosotros y nuestro sueño, ¡debe ser combatido hasta la destrucción! ¡Nos dicen incluso que nuestro coraje, voluntad y persistencia son invencibles! ¡Y que nosotros, por eso, también!

Pero hay problemas ante los cuales nada de esto funciona. Las adversidades como la muerte, la enfermedad grave o una tragedia más seria, no se consiguen anular, hágase lo que se hiciera. Aplicar ahí nuestro coraje, voluntad y persistencia en el sentido de destruir eso tendrá un resultado efectivo: aniquilarnos, porque estaremos intentando empujar, no una piedra pesada, ni siquiera una montaña, sino el propio peso del mundo… sin tener los pies asentados en nada.

Hay muchas adversidades que sólo se vencen si las soportamos y aceptamos tal como son, sin grandes explicaciones o sentidos, sin perder tiempo, ni fuerzas,  intentando cambiar lo que no cambia.


Nuestra paz interior es esencial y preciosa. El silencio y el discernimiento que se consiguen cuando no hay revuelo interior, nos permiten aceptar mejor nuestras dificultades, escoger el camino que queremos construir… mientras vamos aprendiendo a admirar las maravillas de este mundo.

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