sábado, 3 de diciembre de 2016

LO QUE NOS ESPERA I


Pablo Garrido  Sánchez

('esperemos que "lo que esperamos" le interese a los lectores, aunque estemos en Adviento. Un abrazo Pablo'. A mí me ha interesado y no sólo, me parece un texto precioso, útil, sugerente. Me he tomado la libertad de dividirlo en tres partes, para facilitar la lectura. Después, quien lo desee podrá leerlo seguido y junto, porque merece la pena). 

Vivimos en la esperanza, porque en esperanza hemos sido salvados (Cf 1Pe 1,3). Proyectamos cosas, esperamos acontecimientos y recordamos lo que ha sucedido con la finalidad de afrontar mejor el futuro. Pero es preciso añadir algo más: Alguien nos está esperando siempre más allá de aquí. Le ponemos nombre a los que nos esperan en la vida de los bienaventurados: en primer lugar DIOS mismo, y en segundo lugar todos aquellos con los que en esta vida hemos construido fraternidad. En este grupo tenemos a los familiares y amigos, sin olvidarnos nunca de nuestro ángel custodio y nuestro santo patrono. La fe, la esperanza y la caridad perviven más allá de aquí (Cf 1Cor 13,13), aunque juegan un papel fundamental en el paso por este mundo. Aunque sea obvio, es preciso señalar que la espera  principal es la de DIOS mismo, y haremos bien en traer a la memoria con frecuencia la parábola del Hijo pródigo, o del Padre misericordioso (Cf. Lc 15,11-32), que sale diariamente al camino a ver si llega su hijo, que reconoce al instante aunque lo reciba hecho un adefesio y haya que vestirlo de nuevo para dejarlo presentable. 


También en el tiempo litúrgico de Adviento, no hay inconveniente en reflexionar sobre nuestro destino en el más allá. Nunca vamos a agotar el tema, pero algunas cuestiones podemos afirmarlas basándonos en la Escritura. Una primera consideración incómoda es que nos tenemos que morir, pues el estado de vida presente viene marcado por la biología con el factor de la mortalidad, y nuestras células están acompañadas del correspondiente marcador biológico que determina el envejecimiento y la muerte final en un tiempo determinado, salvo algún suceso que anticipe la propia muerte. Este hecho incómodo, por decirlo suavemente, nos acompaña con más o menos claridad en todas las decisiones de la vida adulta: sabemos que vamos a morir, aunque no sepamos exactamente ni el cómo, ni el cuándo, ni el dónde; aspectos que pueden añadir un poco más de intranquilidad a este hecho. En esta tesitura podemos afrontar de forma cristiana la muerte o dejarnos embargar por la anestesia del rechazo a un planteamiento transcendente. Es cierto que optar por esta última vía puede conducir a un estado interior muy poco recomendable, que en el fondo nada tranquiliza.


Nosotros, como apuntamos, vamos a aproximarnos al hecho de la muerte y de la vida eterna, partiendo de la Escritura y de nuestra experiencia religiosa. Es muy reconfortante, y de tener en cuenta, el haber acompañado a un amigo o familiar en los últimos días o momentos previos a su fallecimiento, y haber sido testigos de la paz y serenidad que acompañaron el tránsito de la muerte al otro lado de la existencia vedado para los que permanecemos en esta orilla de la vida. La muerte es el acto más serio, importante y decisivo del ser humano en este mundo, y DIOS así se lo toma. Los chascarrillos que formulamos sobre la muerte y los difuntos pueden rebajar algo la tensión que el tema suscita, pero se pueden decir verdaderas tonterías. Nadie en su sano juicio desearía volver de la edad adulta a la infancia, salvo que se padezca una patología regresiva; lo mismo sucede con aquel que ha entrado en la otra vida salvo patología se desengancha de esta vida, porque la existencia continúa en estadios muy superiores.

La belleza es fuente de felicidad


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


En todo lo que decimos o hacemos, buscamos siempre la verdad, el bien y la belleza del mundo. A pesar de que las encontramos siempre unidas, no siempre comprendemos que son una sola cosa.

El mundo está lleno de belleza. Pero para admirarla es necesario salir de nosotros mismos para encontrarnos así más ricos –de aquella riqueza que importa. ¿Cuántos consiguen sentir, pensar y admirar la belleza a su alrededor? ¿Quién se deja tocar, enternecer y conmover por los brillos del verdadero bien que se esconde y revela en el mundo?

La belleza nos abre el corazón y quiere habitar en nosotros como una luz invisible, que ilumina lo que tenemos de auténtico: bueno, verdadero, bello. En el fondo de nuestro corazón existe un pedazo de eternidad, que despierta cada vez que ponemos atención en algo bello del mundo que nos rodea.

La belleza de una música puede ser suficiente para arrancarnos de la miseria en que tantas veces tememos vivir. La belleza nos revela lo invisible que está en la raíz de todas las realidades. Quien solo ve las apariencias no ve la verdad, la bondad y la belleza que existen incluso detrás de la miseria, del hambre y de la tristeza. Quien solo ve apariencias solo ve ilusiones.

Cada uno de nosotros es lo que es, no lo que parece. No debemos juzgar nada ni a nadie con base en las apariencias, o, menos aún, en las opiniones de los que solo piensan y dicen lo que oyen decir a los otros.

Hay un silencio sublime... bueno, verdadero y bello.

Un largo camino por el cual acabaremos por descubrirnos a nosotros mismos... si seguimos adelante, llegará el momento en que admiremos la verdad que hay en todo cuanto existe.

Encontrar lo esencial es descubrir el sentido de la vida.




                                                          (ilustração de Carlos Ribeiro)

sábado, 26 de noviembre de 2016

Traducciones hay muchas...




Esta nueva traducción de la Biblia de ningún modo es la última y definitiva versión: no es “la” traducción, pero sí una, junto a muchas otras, peores y mejores, anteriores y posteriores.

Fue con alguna pompa y circunstancia que fue publicada una nueva traducción de la Biblia, al portugués, autoría de Federico Lourenço y con la aprobación de la Quetzal. Por la forma como el proyecto editorial fue presentado por la comunicación social, pero no por el traductor ni por el editor, que fueron bastante más comedidos, casi parecía que se trataba de la primera verdadera traducción de la versión griega de la Sagrada Escritura, en oposición a la Biblia católica que, precisamente por serlo, no sería enteramente fiel al texto original. No obstante la exageración, es cierto que esta nueva versión de los libros sagrados  se presenta como “no doctrinaria, no confesional y no apologética” (pág. 18), o sea, pretende ser, pura y simplemente, la Biblia toda y toda la Biblia, sin nada que quitar y poner, para creyentes y no creyentes.

La Biblia no es propiamente un texto reciente, ni desconocido: hace dos mil años que la iglesia católica y otras confesiones cristianas, principalmente los evangélicos, veneran y estudian la Sagrada Escritura, que es el libro más editado de todos los tiempos: el mayor best-seller de siempre. Todos los años, se publican centenas de tesis doctorales sobre la Biblia, estudiada profundamente en  las facultades de Teología de las universidades católicas y, sobre todo, en los pontificios institutos bíblicos. Siendo así, sólo muy difícilmente una nueva traducción, o edición, del texto bíblico puede tener la pretensión de ser algo absolutamente inédito y definitivo. Esta es, con toda certeza, una nueva traducción, pero de ningún modo la última y definitiva versión: no es “la” traducción, sino una más, junto a otras muchas, peores y mejores, anteriores y posteriores.

Es loable el propósito que anima este ambicioso proyecto editorial, como es indiscutible la comprobada competencia lingüística del referido traductor. Pero es cuestionable que alguien, que solo domina el conocimiento de la lengua que pretende traducir, que ni siquiera es la de la mayoría de los originales bíblicos, sea apto para este caso, sobre todo cuando la realidad subyacente a los diversos textos sagrados no es suficientemente conocida por el traductor, como él mismo tuvo la humildad de reconocer. Por otro lado, no parece aceptable reducir un libro esencialmente religioso a una mera obra literaria porque, perdida su especificidad, queda también desfigurada su traducción.
Tal vez Federico Lourenço no tenga culpa de no conocer bien la historia bíblica, ni el sustrato semítico de la Sagrada Escritura, pero ciertamente es responsable por permitir que se hagan afirmaciones sin suficiente base científica. Por ejemplo, da por sentado que Herodes el Grande murió en el año 4 a.C., recalcando que, sobre esta fecha “no hay duda ninguna” /pág. 27). En realidad, la cuestión aun es controvertida entre los historiadores y, por eso, está lejos de estar definitivamente resuelta (cf. A. E. Steinmann, When Did Herod the Great Reign?, “Novum Testamentum”, 51, 2009, p. 1-29).

Aunque la lectura de esta nueva traducción sea, en general, accesible, no siempre la expresión literaria adoptada es la más correcta. A título de ejemplo, recuérdese la famosa parábola de Lc 15, 11-32, cuando el hijo pródigo, ya arruinado, se emplea como porquero. La edición de los capuchinos, por suerte la mejor, hasta la fecha, en lengua portuguesa, dice: “Entonces, fue a colocarse al servicio de uno de los habitantes de aquella tierra, el cual lo mandó a uno de sus campos a guardar puercos” (Lc 15, 15; pág. 1704). Lourenço traduce: “Se puso en camino y se colocó [sic] con uno de los ciudadanos de aquella tierra, que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos” (pág. 280). Ahora, según el Diccionario de la Academia de las Ciencias de Lisboa (cfr. Vol I, pág. 862), ninguno de los significados del verbo colocar, ni de su forma reflexiva, es sinónimo de emplearse.

Igualmente algunas opciones lingüísticas, aunque técnicamente viables, parecen no obedecer al propósito de una traducción “no doctrinaria, ni confesional ni apologética”. Por ejemplo, cuando se traduce el vocablo griego “amartía”, por error, en vez de pecado. El error apunta sobre todo a una deficiencia intelectual o de conocimiento, mientras que pecado, en cuanto que consciente y voluntaria ofensa a Dios, apela siempre a la responsabilidad personal, o sea, implica el concepto de culpa, que es un lugar teológico esencial en correcta interpretación bíblica y, sin el cual, la propia redención queda necesariamente devaluada.

Más grave es, con todo, su intento de hacer de la Biblia fundamento escriturístico de una moral relativista, en oposición a la tradicional doctrina cristiana que, por el contrario, se basa en la objetividad y universalidad del bien y del mal. Según Lorenço “una de las frases-clave del Nuevo Testamento” (pág, 360) es la afirmación de Cristo, aportada por Juan en su evangelio: “Yo no juzgo a nadie” (Jo.8, 15). Si se tuviera en cuenta que Jesucristo  da prioridad al mandamiento nuevo, que se desdobla en precepto de amor a Dios y al prójimo, parece algo arbitraria la relevancia dada, por el traductor, al principio por él elegido en “una de las frases clave del Nuevo Testamento”. ¿¡Es que, de este modo, se pretende hacer creer que la verdadera religión cristiana no juzga a nadie, ni propone ningún credo de verdades reveladas, no comprende un código moral  de conductas a realizar o a evitar!? Si así fuera de hecho, el traductor estaría insinuando que la verdadera Iglesia de Cristo, al contrario de la católica, se debería abstener de cualquier discurso o actitud condenatoria, en pro de una teoría práctica subjetivista que, en realidad, se podría reducir al moderno eslogan: “vive y deja vivir”.

Sin ser, propiamente, “la” versión científica de la Biblia, esta traducción de la Sagrada Escritura tiene innegables méritos y puede ser de gran utilidad, sobre todo para los no creyentes.  Mientras los católicos, es razonable que prefieran una traducción que, en vez de vehicular las respetables, pero discutibles, opiniones del traductor, inspira la interpretación auténtica que, para un creyente, es la del magisterio de la Iglesia, aun no siendo única.

“Pois é, se chapéus há muitos, traduções há muito mais!”

http://observador.pt/opiniao/traducoes-ha-muitas/


Razón prudente, voluntad confiada


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS

Un pesimista no es alguien triste, no se deja llevar por las ilusiones optimistas sin fundamento. ¡Se prepara de forma prudente para lo peor, que, muchas veces y por eso mismo, no sucede!

Hay también personas que viven sin gran fe, ni siquiera en sí mismas. Cuando el pesimismo ataca la voluntad, las personas se vuelven víctimas. Se sienten fuera del mundo, sin reconocer en él su casa, ni considerarlo como responsabilidad suya. Estas víctimas voluntarias creen que el mal les viene de fuera... sin que puedan hacer nada... en una especie de renuncia de sí, que acaba por destruir la voluntad y conducir a una renuncia casi total de libertad.

Alguien cuya razón es prudente y la voluntad es confiada tiene lo que le basta para ser feliz, en cualquier circunstancia.

¡Es que alguien puede ser feliz sin pensar en todas las pérdidas que la vida te envuelve? Hay tanta gente que es tan optimista que cree pertenecer a la primera generación de inmortales de la historia de la humanidad!

El día de hoy no es nuestro destino final. Lo mejor está en el futuro, entre muchos escenarios más, que importa evitar, prevenir y combatir.

Ser humano es ser causa. Ser protagonista de su propia vida en un mundo que es también cosa suya. Con base en una atenta lucidez, no en optimismos huecos, a la que se debe aliar una voluntad paciente, valiente y diligente. Una fe hace frente a los miedos sin fingir que ellos no existen o que desaparecerán por cualquier milagro. Es este coraje de pocos el que abre camino a muchos.

Cuando el corazón está agitado es incapaz de silencio, no tiene paz, ni descanso tampoco... es esencial que encontremos los caminos por los cuales  podemos librarnos de las impurezas que nos manchan, de las sombras que nos ciegan, de los egoísmos que nos empobrecen y de los orgullos que nos debilitan.

Podemos llorar lejos de las miradas del mundo, pero las lágrimas son siempre señal de un amor firme que se dirige a alguien concreto.




(ilustração de Carlos Ribeiro)

http://rr.sapo.pt/artigo/69470/razao_prudente_vontade_confiante

miércoles, 23 de noviembre de 2016

“El amor no es amado”

Hoy puede que estemos en el extremo opuesto, la ideología de género ha convertido el amor humano en una tómbola,  en función de mis deseos y apetencias, sin asumir las consecuencias de los posibles errores o abusos ( divorcios rápidos y a la carta, aborto, derechos individuales contra natura, etc…) De modo que el Amor sigue estando mal visto, porque conlleva dedicación plena,  fidelidad, libertad responsabilidad,entrega hasta el agotamiento… Por eso ante moderno ataque al Amor, estas palabras de entonces siguen teniendo pleno sentido y nos sirven de modelo para el combate ideológico:

Entonces, ¿También tú te has dejado embaucar?

Beato Tito Brandsma (1881-1942, Carmelita, murió en el campo de concentración de Dachau.)

   Vivimos en un mundo donde el amor mismo es condenado: lo llaman debilidad, algo que hay que superar. Algunos dicen: “El amor no tiene importancia, hay que desarrollar más bien la fuerza; que cada uno se vuelva tan fuerte como pueda, ¡y que la debilidad perezca!” También dicen que la religión cristiana con sus sermones sobre el amor es algo del pasado. Es así: os vienen con estas doctrinas, y hasta encuentran a gente que las adopta voluntariamente.

   El amor es desconocido: “El amor no es amado”, decía en su tiempo San Francisco de Asís; ¡ Y algunos siglos más tarde en Florencia, santa María Magdalena de Pazzi tocaba las campanas del monasterio de su Carmelo para que el mundo supiera qué bello es el Amor! ¡Yo también querría tocar las campanas para decir al mundo qué bello es amar! El neo paganismo [del nazismo] puede repudiar el amor, pero la historia nos enseña que venceremos este neopaganismo con el amor. No abandonemos el amor. El amor recobrará el corazón de estos paganos. La naturaleza es más fuerte que la filosofía. Aunque una filosofía condene y rechace el amor y lo llame debilidad, el testimonio viviente del amor renovará su fuerza para conquistar y cautivar los corazones de los hombres.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Um ‘burburinho’ (estruendo) de los diablos




La radicalización y la intolerancia del discurso anticlerical de algunos homosexuales genera violencia, también contra ellos mismos, tantas veces víctimas de injustas agresiones. Y no favorecen su aceptación.

No fue solo en Nueva Zelanda donde la tierra tembló esta semana. También en las antípodas, en este país que ya fue de blandas costumbres y ahora es de ideologías uniformes y tardíos corporativismos, se registró un violento seísmo mediático, con el epicentro en las controvertidas declaraciones de la Dra. María José Vilaça. Entrevista en la revista Familia Cristiana, la presidenta de la Asociación de Psicólogos Católicos dice: “Yo acepto a mi hijo, amo si cabe aún más, porque sé que él vive de una forma que yo sé que no es natural y que lo hace sufrir. Es como tener un hijo toxicómano, no voy a decir que es bueno”.

Lo que es, o no, natural temo mucho que se le diga. Sin entrar en el fondo de la cuestión, se puede decir que es natural lo que observa en la generalidad de las personas y que, por eso, se atribuye a la naturaleza humana. Ahora, en el mundo entero, cerca del 97% de la humanidad se siente atraída por el sexo opuesto: se puede decir por tanto que, en términos sociológicos, esa es la tendencia más natural, sin que su contrario sea anormal. En este sentido, el celibato, que contraría una inclinación  general, no es tan natural como el casamiento, sin que por eso sea, ninguna anormalidad. Ser superdotado tampoco es natural, aunque sea, como es obvio, excelente.

La comparación entre la tendencia homosexual y la toxicomanía no fue feliz: no son, de hecho, realidades equiparables. Sin embargo, el discurso no versaba sobre la bondad o maldad de la tendencia homosexual, que no compete a la sicología enjuiciar, sino a la ética y a la teología moral. Por el contrario, incidía sobre las consecuencias de esa ocurrencia para los padres, como la misma sicóloga después aclaró: “Lo que (yo) dije es que, ante un hijo que tiene un comportamiento con el cual los padres no están de acuerdo, (estos) deben con la misma acogerlo y amarlo. La toxicomanía es sólo ejemplo de comportamiento que, a veces, lleva a los padres a rechazar al hijo. No es una comparación sobre la homosexualidad, sino sobre la actitud ante ella”.

Es una pena que esa actitud de aceptación y caridad para con los homosexuales, principalmente los que viven con los padres, y para con todos los seres humanos, haya pasado desapercibida a los que no tardaron en apedrear públicamente a la presidenta de la Asociación de Psicólogos Católicos. Ahora bien María José Vilça, siguiendo además al Papa Francisco, como corresponde a cualquier católico coherente, exigió acogimiento y amor para todos.

A propósito, debe aclararse que la Iglesia no reprueba la tendencia homosexual, ni mucho menos a las personas –algunas por cierto católicas- que, a veces contra su voluntad y con gran sufrimiento, se reconocen en esa situación. Lo que la iglesia reprueba son los comportamientos contrarios a lo que, según la Biblia, se entiende es el correcto uso de la sexualidad humana, sean esos actos practicados por un hombre o una mujer, una persona soltera o casada, con tendencia homosexual o heterosexual. No tendría sentido que, a los homosexuales, no se les exigiese lo que a todos los cristianos se pide: en realidad, eso sería incluso una injusta discriminación. El evangelio es igualmente exigente para todos los fieles: principalmente los que optan por el celibato, a pesar de la inclinación natural para la actividad sexual; o los que se comprometen a la fidelidad para siempre, en el matrimonio monogámico, no obstante la natural atracción por otras eventuales parejas. Por eso, cuando Cristo enunció los principios a que se obligan los cristianos cuando se casan, muchos concluirían que, siendo así, más valía no casarse! (Mt 19, 10).

Entre las muchas reacciones suscitadas por las polémicas declaraciones de la presidenta de la Asociación de Psicólogos Católicos, sorprendió, por positiva, el sensato comentario de quien, identificándose como homosexual, tuvo el coraje de criticar a los que, a cubierto de esa misma tendencia, dieron indicios de una mentalidad peligrosamente autoritaria y de una exagerada susceptibilidad en relación a cualquier discurso que no exalte su estilo de vida, o no aplauda sus puntos de vista. En efecto, a este propósito, José Leote escribe: “asistimos a un fenómeno curioso y preocupante que, desgraciadamente, se ha acentuado en los últimos tiempos: quien expresa una opinión contraria a la nuestra es necesariamente homófobo. En otras palabras, queremos rotular de homofóbica a toda persona que no esté de acuerdo con nosotros, que tiene una opinión diversa sobre la homosexualidad, aunque no incite al odio contra quien quiera que sea. O sea, pretendemos coartar la libertad de expresión a los otros, que reclamamos a los cuatro vientos para nosotros. Muchos de entre nosotros llaman a los sacerdotes pedófilos, haciendo una generalización infundada y abusiva; llama a los fieles de esto y aquello, a la Iglesia de aquel otro y al de más allá. Todos y todas se arrogan el derecho a hacer y decir las mayores barbaridades en nombre de la libertad individual y de expresión, pero cuando alguien disiente de nosotros: “Aquí d’el-rei que é ‘homofóbico/a’!”

La crítica no podía ser más acertada, porque la radicalización e intolerancia del discurso de algunos homosexuales genera violencia, también contra ellos mismos, tantas veces víctimas de crueles agresiones. Es justa y necesaria la fundamentada denuncia  de casos de verdadera homofobia, o de injustificada discriminación, porque no tiene posible justificación legal o moral. Pero, el recurso arbitrario a esa acusación incentiva los autos de fe y los juicios sumarísimos en la plaza pública. Los ataques de algunos homosexuales, ciertamente pocos,  a la libertad de pensamiento y de expresión, a la libertad religiosa y de opinión, a los derechos humanos, a los valores y a los principios de la democracia, no favorecen, en una sociedad libre y democrática, su comprensión y aceptación. Por eso, es de esperar que la Orden de los Sicólogos Portugueses no dé curso a las quejas contra la libertad de expresión  de sus profesionales porque, en ese caso, podrá convertirse en una odiosa orden de policías del pensamiento...

En su posterior aclaración, María José Vilça, con serenidad y bonhomía, reconoce que, como reacción a su entrevista, se generó un cierto “burburinho”… En verdad no fue un murmullo, sino –dígase sin que nadie se sienta ofendido- ¡un ‘burburão’ de los diablos!


Corazones bellos con fea apariencia

JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS

Hay personas que tienen un corazón muy sensible, que desborda sentimientos, bajo una fría y dura capa superficial.
Este escudo protector se debe a la necesidad de preservar lo que otrora fue violentado. Las heridas de los golpes pasados pueden curar, pero quedan a la vista, marcan el cuerpo... estas, sin embargo, son solo señales de otras mayores –escondidas en lo íntimo.

La paz que buscamos no está aquí ni allí, en un tiempo o en un lugar determinados. Resulta de un encuentro que cada uno de nosotros debe hacer con el otro –dentro de sí mismo. La paz que buscamos en el caos del mundo está en nosotros.

Esta paz sublime nace del amor, que es el camino para una vida verdadera.

La belleza exterior no es una señal fiel de lo que pasa en el interior. ¡Cuánta bondad se esconde tras feas apariencias! Por eso mismo, tal vez haya siempre algo tan extraño cuan íntimo en los rostros más tristes, cerrados, fríos y distantes de las personas en quien nuestra mirada se posa.
Las personas más emotivas se esconden, muchas veces, bajo capa de insensibilidad. Lo que nos hace sufrir nos marca. Pero es el dolor lo que nos engrandece el corazón. No por eso, sino porque nos hace luchar con más vigor por el bien.
No somos el dolor que sentimos, somos el sentido que le damos.



(ilustração de Carlos Ribeiro)


http://rr.sapo.pt/artigo/68899/belos_coracoes_com_feias_aparencias