domingo, 29 de abril de 2012

La primogenitura por un plato de lentejas



Esta mañana, mientras hacía las labores de la casa, me asaltó un pensamiento y me dejó tocado, y querría probar si escribiéndolo tendría el sentido que intuía. Pensaba yo en algunos de los post que he publicado, y me concentraba en la idea que se repite en muchos de ellos: el predominio de los derechos sobre los deberes y la crítica a diestra y siniestra sobre la autocrítica.

Una crítica llamativa es la que se hace a la Iglesia, que no ejerce ningún poder material sobre los ciudadanos, sólo orienta, aconseja y acoge a quien quiere; pero, muchos, seguramente orquestados por alguien muy interesado en acabar con ella, no sólo la critican sino que la desprecian, la despojan de su esencia espiritual y la convierten por su mala intención en un poder que priva a los hombres de ser felices y ejercer su libertad, impidiendo a los ciudadanos y sus gobiernos legislar a su conveniencia y a organizar la sociedad a gusto de cada cual.

Es aquí donde me asaltó el recuerdo de la historia de Esaú y Jacob, en concreto el pasaje en que Esaú, hambriento, vende su primogenitura a su hermano Jacob por un plato de lentejas. Del mismo modo muchos hoy venden su alma, su libertad y su dignidad, por satisfacer su ansia de felicidad y también su hambre de pan; prefieren fiarse del poder de los hombres y se conceden el derecho a legislar sin tener en cuenta ciertos principios y aspiraciones universales, que han hecho avanzar a la sociedad de la barbarie a la civilización a lo largo de la historia.

Esaú perdió su primogenitura, perdió su capacidad para dirigir al pueblo de Israel en beneficio de su hermano Jacob, quien sí supo renunciar a un plato de lentejas para merecer el honor de dirigir al pueblo de Israel según los mandamientos de Dios y mantenerlo así a salvo de los enemigos, aquellos pueblos que sacrificaban seres humanos, sus propios hijos inocentes,  a sus dioses en medio de fiestas y bacanales sin freno.
Alguno me diría que la historia es cíclica…yo no quiero sacar conclusiones.

No puede ser




No puede ser, si no, juzgad vosotros mismos: un señor pierde a dos hijos en un crimen colectivo espeluznante, más tarde pierde a su mujer víctima del sida; años más tarde una tía es víctima de un crimen repugnante, como es el asesinato de un mendigo por parte de unos jóvenes sin Dios y sin ley, que disfrutan con ello.

Pero, lo más asombroso es que este señor, al que he tenido el gusto de saludar esta mañana, es una persona afable, creyente a tope, y para probarlo me muestra precipitadamente la medalla de la Virgen del Rocío, porque sale corriendo para el comedor. Es asombroso que ande recorriendo el mundo, sin el menor espíritu de venganza, viviendo con absoluta discreción su vida. Es asombroso que nos cuente su vida en un momento, con la sonrisa en la cara, agradeciendo la atención que le prestamos, sin pedir ni exigir nada.

A mi me parece un hombre con un alma limpia, inocente, una víctima inocente, un ejemplo de cómo encajar el sufrimiento sin dejarse arrastrar por la desesperanza, dispuesto a vivir sin exigir ni lamentarse, a no buscar la mera compasión. Gracias, amigo, por la lección que nos das hoy.

viernes, 27 de abril de 2012

Los abuelos



Ya se ha convertido en una solución universal, barata hasta el punto de que en Alemania ofrecen a los abuelos que trabajan dos años de permiso pagados para cuidar de sus nietos, supongo yo que preferirán que trabajen los padres que son más jóvenes y producen más, pero mira por donde, pienso yo, en muchos casos los nietos saldrán beneficiados por la calidad del cuidado de los abuelos, tanto en experiencia y en afecto como en el tiempo a ellos dedicado.

En cualquier caso, la realidad supera siempre las situaciones imaginables, como en el caso que escuchaba, atónito, el otro día. Este es un abuelo que cuida de cuatro nietos de distintas edades , alguno mayor de edad. Precisamente nos hemos enterado de este caso porque este nieto mayor de edad no se comporta con normalidad y entonces el abuelo ha tenido que echarlo de casa, no porque quiera sino porque no puede con él, porque tiene alguna dificultad en las piernas, y la abuela no le es de gran ayuda, o mejor dicho pasa de los problemas dándole al cigarro y sentándose a que pase el tiempo.

¿Cuál es la situación en concreto? El abuelo del chico es abuelo porque se casó con su abuela, y lo acogió hace no mucho tiempo. El chico fue rechazado desde niño por su madre y lo echó a vivir con una tía, pero los problemas que tuviera con la tía lo devolvieron a la madre; la madre, al dejar de cobrar la ayuda que recibía por el hijo, lo echa de nuevo a la calle, pero antes de llegar a eso los abuelos lo recogerán. Pero este chico no tiene control de su vida y ya es mayor de edad, quizá tenga algún problema psíquico, pero los abuelos no tienen capacidad para resolver el problema.

También es verdad que hay mucha gente buena, como lo son estos abuelos, y unas amistades que se han preocupado del chico y le están ayudando. Pero, la otra realidad, la mala, es tan mala que uno no puede llegar a acostumbrarse ni mucho menos a admitirla, ¿cómo es posible que existan tales padres que antepongan “sus derechos” a los de sus propios hijos? personas conocidas de todos, que siguen viviendo la vida a su manera. No puedo admitir que exista una sociedad donde hay padres que abandonan así a sus hijos y no les pasa nada. Son situaciones tremendas, una, la del padre que abandona a la madre embarazada, y se va por ahí; otra, la de la madre que por disfrutar su vida se deshace literalmente de sus hijos (no es el primer testimonio que escucho tal cual).

No puede ser que ahora todos nos hagamos los despistados, no puede ser que culpemos de todos los males a los gobiernos, a la mala suerte, a los otros, y por qué no a la Iglesia, que es la única que sigue llamando a las cosas por su nombre, y sirve a la verdad, porque es el único camino para encauzarnos por el camino de la salvación. El evangelio, que es palabra revelada, y como tal nos dice el Papa nos ilumina, y su luz alumbra siempre, nos dice de manera muy sencilla lo que le sucede al que sigue la senda ancha y cómoda y en cambio lo que recibe al final el que sigue la senda estrecha y no se achanta ante las dificultades.

Quizá por eso los abuelos se han convertido en auténticos maestros de vida, porque para haber llegado a esa edad han tenido que superar numerosas dificultades, y con ello han dulcificado el carácter, son capaces de dar todo porque, a su edad, necesitan muy poco, su capacidad de renuncia permite que los hijos, los nietos, y a veces alguno más, sobrevivan a la calamidad que vivimos, una calamidad fruto de una vida colectiva que se viene gestando desde hace algunas décadas, y hemos preferido no escuchar las voces que nos advertían de los peligros.

jueves, 26 de abril de 2012

Balbuceos de sabiduría




Como si estuviera practicando
los primeros balbuceos
en la Sabiduría,
leo los textos sagrados.
Empiezo a comprender que yo
también tengo un sitio asignado,
no es inútil nada,
ni nadie;
todo tiene su encaje ,
en algún lugar,
en un tiempo.
La Sabiduría nos contempla desde siempre,
sabe quien soy,
y lo que hago;
me conduce suavemente
si me dejo guiar;
en mi mano tengo ser útil, 
ser discípulo de tan excelso Maestro.

lunes, 23 de abril de 2012

Regreso al hogar




Al ver a S. me quedé sorprendido por lo delgado que estaba, ya hacía unos días que no lo veía, o mejor dicho, últimamente se le ve muy poco por aquí, sólo de vez en cuando y cada vez más delgado, yo sabía que quería regresar a su país, pero no asociaba una cosa con la otra.

Hoy al verlo tan delgado le pregunté si comía, y me aseguró que sí, pero ante mi insistencia ya no tuvo más remedio que decirme que tenía que ahorrar para irse a su país, pero que comía lo suficiente. El pide en Cádiz, allí tiene su zona desde hace tiempo, yo creo que la gente lo asocia fácilmente a la plaza, es más, por su carácter afable y su aspecto de cierto candor consigue ayuda suficiente. Digo esto porque luego supe que un señor, anónimo, como debe ser, le va a dar una parte importante del importe del billete.

Supongo que lo echaremos de menos, o mejor echaremos de menos su presencia, su sonrisa inocente, sus saludos y su “gracias, gracias”, pero lo mejor para nuestro amigo S. es que pueda regresar pronto a su hogar, a su tierra y disfrute con los suyos tanto que le permita recuperarse de la soledad y de tanto tiempo de búsqueda infructuosa de mayor bienestar.

sábado, 21 de abril de 2012

“Cada uno en su casa y Dios en la de todos”




El tema de la iglesia y de la religión sale con mucha frecuencia en nuestras conversaciones y genera una animada discusión, fruto de la disparidad de criterios, no voy a ocultar que yo me siento aludido con facilidad cada vez que se ataca a la Iglesia, al Papa, incluso a los curas en general. Reconozco que a veces el tono se eleva sin necesidad, porque la verdad no se impone, y a gritos como que no le va mucho. Esto demuestra entonces que no estamos muy seguros de lo que decimos, o que no toleramos tanto como decimos.

Me parece justo entonces detenerme un día a sacar algunas conclusiones y la primer es, y no niego que me sorprende, que la mayoría de las opiniones, incluida la de algún voluntario, son muy negativas con la Iglesia, los curas y los obispos, acusándoles siempre de ostentación y riqueza. De poco vale decir que el mismo servicio donde estamos lo proporciona precisamente la Iglesia, y su finalidad es atender a las personas más necesitadas; o bien se mira para otro lado, o se le quita importancia.

Yo no sé si es fruto de esa tendencia a hablar de derechos, de exigir sin agradecer los logros alcanzados por nuestros antepasados próximos y más lejanos, que permiten precisamente que hoy vivamos como jamás se ha vivido. Yo creo que prima el deseo de disfrutar sobre el de superación, y por eso hemos degradado la educación, el esfuerzo por conocer y entender cómo se hacen las cosas; por eso tampoco asumimos lo que cuestan, los inconvenientes, o si hay miles de personas que no pueden disfrutar de las mismas cosas. Se reivindican derechos para todos y los deberes se exigen más a unos que a otros, pero siempre a los demás, antes que a uno mismo.

La falta absoluta de respeto, empezando por lo más Sagrado, Dios, incluso por parte de muchos que se consideran creyentes, es una pena, porque Dios es igual para todos, y el seguir fielmente sus mandatos nos obliga a respetar a todos, y nos exige, de buenas maneras, que mejoremos en todos los aspectos, de manera que busquemos el bien común antes que el nuestro. Pero, si sólo vemos a Dios como un consentidor y no como un referente exigente, nunca nos reprocharemos las faltas en serio y nos esforzaremos de verdad en no volver a cometerlas.

Esta idea es todo lo contrario de lo que expresaba en el párrafo anterior, la primacía del disfrute de las cosas sobre la satisfacción que produce la superación y la mejora como personas. Si tuviéramos ese respeto sagrado que debemos a Dios, yo lo definiría como una mezcla de confianza y temor, fácil de entender si nos fijamos en un niño pequeño frente a su padre, a punto de cometer una trastada, tendríamos garantizado el respeto a todos los hombres, y la sociedad sería más justa.

Esta idea es la respuesta a un enigma que me acompaña desde niño, una frase que escuché con diez u once años, hace muchos, de labios de una mujer viuda de mi pueblo, esta señora le decía a mi padre: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos, señor Nicolás”; y la repitió varias veces”. Reconozco mi torpeza por haber tardado tanto tiempo en descifrar su contenido, pero al final a dado su fruto.

Uno de los tertulianos me preguntó un día si yo me confesaba y le dije que sí, me preguntó por qué y le dije que me hace sentir mejor, que me permite reconocer mi imperfección y apreciar la grandeza de Dios, es un buen ejercicio de humildad, exige fidelidad y constancia en el cumplimiento de las promesas; al mismo tiempo reporta una satisfacción personal segura y duradera, de modo que anima a levantarse después de cada fallo en los propósitos asumidos. Como muchos creyentes tibios, yo abandone la práctica de la confesión durante muchos años, porque lo del pecado era una cosa menor o de beatos, hasta de antiguos; gracias a que la Iglesia ha sabido mantenerse en su esencia y permite a cualquiera rectificar y volver a casa.

Recibid en herencia el reino preparado para vosotros

Un día me preguntó una persona necesitada por qué era yo voluntario, de momento me quedé pensativo porque no sabía qué contestarle, o no quería darle una respuesta  porque  no pareciera que presumía de ello; entonces él con mucha delicadeza me miró y me preguntó directamente "¿es por amor?" y yo no tuve más remedio que decirle "algo así", "sí", inmediatamente él me dijo "yo también amo mucho a Jesús".
Para mi es mucho más fácil recurrir a las palabras de otros más sabios y mejores, más constantes y experimentados que yo en el amor al prójimo, hoy os ofrezco estas palabras de San Cesáreo, que al principio nos resultan un tanto chocantes, como nos suele suceder cuando algún   hombre de Dios habla sin complejos, pero luego nos convence plenamente.


San Cesáreo de Árles (470-543)

Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros.

Si estamos atentos, hermanos, el hecho de que Cristo tenga hambre en los pobres nos es provechoso. Mirad: un céntimo por un lado y el reino por el otro. ¿Es que hay alguna comparación? Das un céntimo a un pobre y de Cristo recibes el reino; das un pedazo de pan y de Cristo recibes la vida eterna; das un vestido y de Cristo recibes el perdón de tus pecados.
No despreciemos a los pobres, sino más bien deseémoslos para adelantarnos a ellos, porque la miseria de los pobres es la medicina para los ricos, tal como el mismo Señor lo dijo: Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo. Que cada uno se afane en no venir a la iglesia con las manos vacías: el que desee recibir debe , en efecto, ofrecer alguna cosa. Que el que pueda proporcione un vestido nuevo a un pobre; el que n o pueda, que por lo menos le ofrezca uno viejo. Y el que no se sienta capaz de ello, que le ofrezca un pedazo de pan, que acoja a un viajero, que le prepare un lecho, que le lave los pies, para merecer que Cristo le diga: Venid, benditos, tomad posesión del reino, porque tuve hambre y me disteis de comer; fui extranjero y me acogisteis