sábado, 23 de agosto de 2014

El soporte del éxito


jornal i,   23 de agosto de 2014
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                                                    Ilustração de Carlos Ribeiro


En lo que decidimos, ¿cuánto pesa lo que los otros piensan sobre nosotros? ¿Como un esclavo soy capaz de cambiar de opinión? Hay quien nunca llega a ser quien es porque se pierde en juegos de apariencias. Como si el valor de alguien se midiese por la forma como los otros lo ven. Eso es el falso éxito.

Preocupados por lo que piensan los demás, hacemos mucho para conseguir un elogio. Pero la verdad es que los elogios y las críticas valen lo que vale quien los hace. ¿Qué importa pues agradar a muchos si ninguno de ellos fuera competente? ¿No será mejor una palabra de alabanza de alguien que sabe, que el aplauso de una multitud de ignorantes?

En busca del falso éxito, mucha gente pequeña cree que es  pisando a los otros como se hace mayor.  Se consideran con más luz por tapar a los demás.

Procuremos ser lo mejor que nos fuere posible. En la medida exacta de toda nuestra determinación. No seremos los mejores. Pero, por eso mismo, la humildad es lo que potencia las mayores perfecciones, ya que quien se juzga muy bueno no se dará al trabajo de superarse.

Los orgullosos son casi siempre inútiles. Hinchan el pecho de vacío y creen que nadie se da cuenta. Se creen grandes, pero están sólo hinchados.

Se persigue una especie de éxito que no existe. Todo tiene un precio y casi nunca es en dinero. Las vidas que, tantas veces, envidiamos,  encierran, bajo el brillo del oro, crímenes pesados contra la paz y la felicidad. No sólo porque el verdadero éxito es difícil de alcanzar, sino también por la cantidad de cosas negativas que arrastra consigo.

La vanidad y el orgullo intoxican, de forma casi fatal, cualquier virtud o mérito que acompañan.

Hay quien se ve siempre mayor de lo que es. Quien se empeña en no aceptar que somos todos humildes y que sin humildad no hay virtud alguna. Hasta el orgulloso más refinado se disfraza de humildad.

Tal vez sólo aquellos que viven  cerca de los que luchan por el verdadero éxito tienen idea de lo que significa. ¿Cuántas veces son ellos los que acaban perdiendo? Y sufren de ver sufrir…

El soporte del éxito es el trabajo invisible al que obliga. El riesgo que implica, toda vez que por sí solo, el trabajo no es garantía del éxito. Cuanto mayor es el éxito, mayor el riesgo de perderse y hacer que se pierda a quien cree merecerlo. Más aún, el éxito casi siempre no dura mucho. Es fugaz. No hay lugar seguro en ningún lado.

Pocos admiran a quien es capaz de mantener la excelencia en el tiempo. Reinventándose. Luchando siempre por lo que pretende alcanzar. La continua aparición de novedades parece ser más importante que la superación constante de un mismo protagonista.

El verdadero éxito tiene lugar como consecuencia de una lucha permanente de perfeccionamiento con vistas a lago noble. Lejos de las luces y de los otros. Porque la genialidad por mayor que sea, sin trabajo, se pierde. Por mayor y mejor orientado que sea el esfuerzo, el éxito no está garantizado. Y es un riesgo…

La fama trae muchos más males, sospecha y envidia,  de lo que se cree. A los orgullosos y vanidosos no es gusta que les hagas frente con la verdad. Pocas son las personas que aceptan bien que alguien sea mejor que ellas.

No se debe valorar a nadie por lo que consigue, sino por aquello que pretende.

El orgullo nos impide ver quien somos. La vanidad nos lleva a ser esclavos de la opinión ajena. Porque nos engañamos con la posibilidad de un verdadero éxito sin un precio elevado. El éxito exige una dedicación que implica sacrificios. Algunos, de cosas bien corrientes.

Cualquier corona tiene espinas escondidas.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. El tema de hoy es, en mi opinión, uno de los más necesarios. Quizá estoy obsesionado con el desastre educativo, y me considero culpable por mi profesión de profesor, por no haber denunciado lo suficiente las nefastas leyes educativas, decretos, etc. La peor consecuencia es lo que yo llamo la “ignorancia descarada” que da origen a esta actitud orgullosa sin motivo ninguno, nada más y nada menos que por despreciar todo lo anterior, y la autoridad: del padre, del profesor, del cura, y así hasta el infinito, la de Dios, que no se impone, que es voluntaria. Este desafío lleva a muchos perder el respeto a las leyes que nos hemos dado, a la democracia, el auténtico motor del progreso civilizado…
    Todo el mundo se cree con derecho a criticarlo todo, aunque no tenga ni idea de lo que critica o a quien critica.
    Lo peor es que algunos sí saben lo que quieren, y saben pescar muy bien en río revuelto, por eso son tan necesarias estas crónicas y otros textos valientes, aunque no los lean los que más falta tienen de ellos, nos dan ánimo y pistas para ser más eficaces en lo que hagamos por el bien de los demás. Muito obrigado

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