lunes, 5 de diciembre de 2016

LO QUE NOS ESPERA III

Pablo Garrido Sánchez

Como se puede comprobar estas cosas del más acá y del más allá son complejas y están todas relacionadas. Nosotros decimos creer, cuando recitamos el Credo, en la resurrección de los muertos o en la resurrección de la carne. Ambas expresiones vienen a decir lo mismo con matices diferentes en los que no vamos a entrar. Pero, una vez más tenemos que señalar la diferencia de nuestra Fe con otras creencias. El destino del cristiano es nacer y morir una sola vez (Cf.Hb 9,27).  Esto tiene que ser así, ateniéndonos a los hechos: ¿Quién se muere? El que muere es una persona que vivió en un cuerpo dotado de una singularidad y personalidad. Esa persona, revestida de una corporeidad gloriosa,(Cf Flp 3,21) ¿puede volver a reencarnarse en otro cuerpo? Si esto fuera posible ¿tendría la Redención  traída por la muerte y resurrección de JESUCRISTO un carácter universal? Por supuesto no es cuestión de discutir con nadie sobre sus creencias, pero me parece  oportuno apuntar estos extremos pensando en los que un día fuimos bautizados, recibimos distintos sacramentos, y sobre todo participamos de la Eucaristía: “El que como mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y YO lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

Otra cuestión inquietante cuando pensamos en la muerte y lo que nos pueda pasar, gira en torno al juicio . Entonces  diferenciamos entre juicio particular y juicio final. Nos preocupa el proceso judicial que se nos pueda abrir pasado el umbral de la muerte. Al dramatismo del hecho en sí, me refiero a la muerte, añadimos el episodio de un juicio del que en un primer momento no tenemos seguridad de salir indemnes o absueltos.  Dos miedos se nos pueden juntar, y si un miedo ya es malo, que se junten dos miedos la cosa empeora. Algo tendremos que hacer, y lo mejor es tomar alguna precaución. En primer lugar hemos de precisar bien ¿quién nos va a juzgar?; ¿de qué se nos va juzgar?; y uno mismo tiene que formularse ¿quién va a ser juzgado? Lo último parece obvio, pero la reflexión sobre el dato puede dar mucho de sí. ¿Qué concepto tengo de mí?. Una lectura atenta de los evangelios, ahora, mientras vamos de camino por esta vida; y de forma especial el Sermón de la Montaña (Mt 5, 6 y 7º; y su paralelo en san Lucas, el Sermón de la llanura (cp 6), nos servirán de espejo en el que mirarnos. Esto  lleva días, meses y años; y al final, ¿cómo nos vemos? Este ejercicio hay que realizarlo bajo la mirada amorosa de DIOS, porque el perfil personal que vamos a obtener nos va a resultar más o menos deforme y el balance deficitario, porque nuestra condición humana soporta un pesado lastre. Pero JESÚS pagó por nosotros y resolvió nuestro déficit y nos ungió con su ESPÍRITU para otorgarnos una fisonomía espiritual adecuada. Pero todo ello hay que valorarlo, es preciso agradecerlo con una conciencia clara de quiénes somos.

¿Se puede hablar de juicio sin hacer mención a la posibilidad de la condenación? Cuando JESÚS  nos enseña  el  Padrenuestro, en la versión de san Mateo, incluye  la petición al PADRE para que nos libre del mal. Atendamos  a su significado: en la versión de san Mateo se designo  de modo personal al Malo, y se dice “líbranos del Malo”. Este no es otro que “el padre de la mentira (Jn 8,44). La mentira en este caso es mucho más que la falta moral de mentir, aunque la trasgresión continua de la verdad abra puertas y ventanas a la mentira esencial que se identifica con Satanás y su mundo. La gran mentira que arruina al hombre es creerse dios y no precisar de DIOS. Creo que es difícil llegar al punto de un rechazo total de DIOS y aceptar la gran Mentira de Satanás para siempre, pero la posibilidad no se puede eliminar en función de nuestra condición de personas libres con todos los matices que queramos ponerle a la libertad personal.


Pero lo más importante de todo es, ¿quién nos va a juzgar? De manera rápida, pero inapelable tenemos que afirmar: Nos va a juzgar el que nos quiere salvar a toda costa. Nos va a juzgar el que ha soportado el juicio severo que podría recaer sobre cada uno de nosotros. Nos va a juzgar el que pensó en nosotros  desde toda la eternidad, nos llamó a una existencia  histórica y concreta, nos ha hecho justos no por nuestra propia justicia, sino por la muerte de JESÚS y nos piensa glorificar, es decir, llevar al cielo a la propia gloria del HIJO: “A los que predestinó los llamó; a los que llamó los justificó; y a los que justificó los glorificó” (Rm 8,30).

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