miércoles, 5 de marzo de 2014

El apocalipsis del sentido

José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus


Existe hoy un problema que atañe a las funciones de la sociedad en que vivimos, el cual crece de forma casi irrevocable, como una especie de tumor, y que en muy poco tiempo destruirá uno de los más importantes pilares de nuestra esencia colectiva. La falta de fertilidad.

En el mundo de hoy hay cada vez menos tiempo, espacio y, principalmente, voluntad de crear lo nuevo. De construir sentidos para la vida. Se consumen de forma capitalista los pocos sentidos prefabricados a disposición. Las personas son muy parecidas… grises –cada vez más del mismo tono ceniciento- color de lo que ya se consumió, de lo que se deshace, de aquello que ya no está aquí. La muerte no es negra, es ceniza.

La degeneración de la capacidad creativa del hombre de hoy, cuando se trata de construir nuevos y buenos caminos para su vida, afecta a la base de lo que (no) somos hoy como grupo. Esta decadencia comenzó en los años 60 del siglo pasado, cuando toda una generación empezó a imaginar un mundo en el que nadie haría nada y donde todo sería agradable. Este sueño generó y alimentó la idea de que la felicidad nacería de la inercia perezosa e infantil de quien quiere un mundo mejor, pero que todo lo que todo que está dispuesto a hacer por eso es reclamar… rabietas a la espera del bien-bueno. Querían un mundo mejor, pero no crearlo. Izaron carteles y se sentaron a esperar; en el tiempo que pasó, se evadieron de aquí de las más variadas formas… se alienaron, se volvieron extraños a este mundo. Decían que eran soñadores…

Esta absurdidad se extendió a un ritmo aterrador y hará que en pocos años no habrá quien dé valor a una obra de arte. La bondad de lo único, la singularidad, será vista como una anormalidad y, en cuanto tal, un crimen hediondo contra la masa. Un atentado contra la tiránica reproducción de lo igual.

El mundo es hoy un mar de prejuiciosos conformistas y orgullosos de sus frustraciones. Languideciendo al impresionante ritmo del zapping entre canales de varias formas de anuncios que prometen felicidades instantáneas. Siempre huidas.

El fracaso del individuo, como unidad original y de valor absoluto, es una condición del sistema. Los mercados sólo saben manejar masas. Un hombre libre es, en este marco, es un terrorista. Son cada vez menos aquellos que, contra la abrumadora mayoría, se distinguen a través de su capacidad de dar sentido y significado a la vida. Estos creadores no reproductores desafían a la multitud con sus obras subversivas, huyen de as normas y de las modas, parecen volar, porque flotan bien sobre el lodo donde los otros, como muertos, viven.
En el apocalipsis del sentido de la vida que se presenta, hay, felizmente, este pequeño número de hombres que no se rinden, poetas de la existencia; son aquellos que dan luz y color al mundo, que fertilizan a la humanidad a través de sus trabajos. Van tendiendo la mano a los que respiran podredumbre, sin muchos éxitos, casi ninguno… Pero la opera prima de estos artistas es inspiración para otros para ser absolutamente originales. Lejos del éxodo de las gentes hacia la nada. Al final, la más sublime de las obras de arte es la creación de un artista.


Estos fundadores navegan, sin raíces, en pequeños barcos sin ancla, fluctuando en este mar ceniciento, entregándose a la misión de garantizar que habrá vida humana después de la muerte de esta humanidad. Cuentan sólo con su arte y con la generosidad del señor de los vientos. Rumbo a un futuro puro, donde cada hombre sabe que debe crear el sentido de su propia vida. A fin de que cada uno de nosotros sea, a estas alturas, una obra de arte original. Una criatura creadora. Una bondad generosa. Una fuente de vida. Una creación.


Dios ayude e inspire a quien sigue Su ejemplo.

Tal vez en nombre de Dios


José Luís Nunes Martins
Por Jornal i
publicado em 8 Set 2012 - 03:00



Hay personas ya acabadas con 20 años y hay jóvenes de 70… los viejos insisten en  quedarse en lo que ya no es; los otros, en hacer el presente y el futuro, el suyo y el de los demás, hasta el de los cobardes…

La vida sólo se comprende después. En este sentido, hay que analizar el pasado y evaluar los momentos vividos, las decisiones tomadas y sus consecuencias. Las normas de nuestros juicios y la lógica subyacente a lo que sucedió. Es un ejercicio complicado, pues implica una racionalidad  que evita grandes emociones. Sólo es posible pensar debidamente aquello que ya aconteció, una vez que la absoluta apertura  al futuro en relación a la libertad del hombre no permite crear esquemas secuenciados entre posibilidades hipotéticas. El futuro es incomprensible porque está absolutamente abierto

La saudade (melancolía), uno de los más bellos sentimientos, el dulce y torturador recuerdo, lo ausente presente, no deja de ser un obstáculo a la vida, ya que, centrándose en lo perdido, desvía la atención de lo que existe y está a disposición. La saudade implica el contraste entre lo que ya se fue y lo que se es, concentrando todo el sentir en lo que  (ya) no es. Por otro lado, una tal lógica anula cualquier tentativa de vivir en serio, lo que se es… Al final, los saudosos(melancólicos) no tienen siquiera recuerdos, pues la remembranza sólo existe para lo que no está y, en ellos, está ausente. El pasado es todo muerto, y, desgraciadamente, quien de ella no sale, también…

Sólo se vive hacia adelante. Sufrir por los buenos recuerdos o también sonreír por causa de ellos es perder tiempo para soñar y realizar sueños. Construir felicidad. Poco importa lo que se hizo, eso nos ha traído hasta el punto en que estamos, pero de aquí para adelante, sólo tenemos que seguir la misma línea si fuera esa nuestra voluntad… somos libres. Libres. Libres al punto de ser: nada. Y nos tenemos que hacer, completamente, desde el inicio al final. Cada día. Sólo la falta de imaginación de tantos hombres los mantiene en una línea que parece obligatoria pero que es objeto de una elección inconsciente movida por el miedo.

Se puede ser libre y ser obediente, sí. No hay duda. Hay quien decide libremente seguir a otro, por ejemplo a Dios, y ese será mucho más libre que quien lleva su vida a merced  de los apetitos, haciendo lo que le apetece… nunca lo que quiere o sueña.

Esos pobres de espíritu son esclavos de su bajo vientre y de otras animalidades… como si no percibiesen que, en cuanto humanos, les cabe ser mucho más que animales. Pasando eso por, muchas veces, contrariar los instintos y elevarse a una condición divina. El desafío de ser santo o héroe (son sólo sinónimos) está al alcance de todos, ¡a pesar de la multitud de cobardes que tienen siempre buenas disculpas para no ser…feliz!

Sólo hay santos y héroes hacia delante. Este tipo de gente no se reforma.

Hay gente ya acabada con 20 años y hay jóvenes de 70… los anteriores temen quedar en lo que ya no es; los otros, en hacer el presente y el futuro, el suyo y el de los otros, hasta el de los cobardes… que tanto esperan una intervención divina y que no la perciben cuando ella llega por las manos de cualquier santo o héroe que se les cruza en su vida… tal vez en nombre de Dios.

Tal vez el sentido de la vida no sea así tan complicado: Amar para ser feliz, realizando sueños.

Claro que habrá mucha gente que ve en este tipo de propuestas algo demasiado simple… buscando laberintos del sentir y pensar por donde sólo ellos vagabundean, mientras pierden el tiempo. Mientras mueren en vez de vivir.

Realizar es la palabra clave. Hacer lo real, partiendo de más noble materia prima: los sueños. Cabrá por tanto a cada hombre ser realizador, soñando sin grandes lógicas, levantándose bien pronto a fin de, con las manos en el barro, y movido de amor, esculpir el mundo a imagen de sus sueños… realizándolos. Tal vez en nombre de Dios.

Andando hacia delante. Arrodillándose y levantándose. Hasta morir.


martes, 4 de marzo de 2014

Tres pruebas del sentido de la vida


Por José Luís Nunes Martins
publicado em 9 Mar 2013 - 03:00


La única verdad que existe es aquella de la cual cada hombre forma parte. Son muchos los que defienden la idea de que la Verdad absoluta no existe, alegando que existen muchas verdades y que incuso cada uno tiene la suya, y más que poseerla, se puede hasta, según ellos, ¡modificarla a gusto! Cada uno de nosotros ve la verdad a partir de una posición diferente, pero no existen verdades. Sólo hay una, la auténtica… el resto son prejuicios, engaños o tonterías.

Aquello que cada uno de nosotros debe buscar de forma personal es el sentido de la vida. De la suya. Aquí sí, es pertinente distinguirnos unos de otros. Al final, la existencia humana es profundamente individual y subjetiva. Mi vida es completamente personal e incomunicable, también el rumbo que sigue  resulta de decisiones mías, más o menos conscientes, hasta cuando decido no decidir… soy yo, y yo solo, quien decide.

La historia resulta del encuentro de la libertad individual con la realidad. El sentido de la vida no surge del exterior. Cada hombre es parte importante de la Verdad. Pero, a cada uno de nosotros es dado elegir(se) dentro de ella.

La esencia de la existencia humana es la profunda apertura del ser en relación a lo que ha de ser. Al futuro. A cada hombre le toca decidir lo que será su vida, aquello en que se tornará en el momento siguiente. Un instante basta para que se cambie una vida entera

Algunos pasan los días en acumular y acarrear cobranzas y reclamaciones respecto del mismo mundo en que, otros, consiguen siempre encontrar bondades para agradecer y, voluntaria y generosamente, multiplicar…

Ninguno puede encontrar un sentido para su vida que no pase por las tres pruebas esenciales a su autenticidad: la culpa, el sufrimiento y la muerte.

La culpa es la prueba de la libertad. Resulta de un reconocimiento responsable por la autoría del mal. Pero, si fuimos libres para errar, hoy continuamos libres para ahora hacer lo contrario. Si a nadie le es dado vivir el mismo momento dos veces, la vida es una cadena casi infinita de instantes… Para lo mejor y para lo peor, hay siempre más tiempo.

De este modo, a pesar de la culpa, tenemos siempre el futuro para elegir mejor.

El sufrimiento es la prueba del coraje. Quien siente dolor profundo, sabe que él es una voluntad de no ser, como una embestida de un enemigo que es extraño a la justicia y que busca sólo la destrucción. Pero sufrir forma parte de la vida, no se trata de una eventualidad a la que alguien  pueda esquivar, no. El sufrimiento es parte esencial de la vida humana. Vivir es también atravesar el dolor y ser por él atravesado… Así, tal vez, nuestros peores días sean, en verdad, los mejores. Vale la pena –cualquier pena- ser capaces de recodar los momentos en que el sufrimiento nos engrandeció.

La muerte es la prueba del amor. Esta vida tiene un fin. Todos morimos. Algunos lamentablemente no han sido capaces de vivir, de entregarse por el Amor. Pero los que aman, al darse, pasan a vivir en el corazón de aquellos a quienes amaron, sobreviviendo de esta manera a la muerte. La muerte vence todo menos el Amor. El Amor no acaba. Nunca. Pero así como nos lleva a Dios también nos hace pasar por el infierno… engrandece aunque también crucifica…

Los caminos de la vida son duros y penosos.

La alegría es sólo parte de la historia y meta de la Verdad.


Nadie busca la felicidad, lo que todos procuramos es una razón para ser felices… por entre todas las que nos hacen sufrir.

lunes, 3 de marzo de 2014

Aprender a ceder


Siempre llega la hora de recordar los sueños, así como las pesadillas. Es esencial comprender la realidad, vivir con los ojos abiertos, acoger la sencillez de la vida antes de querer resolver la complejidad del mundo.

Cada uno de nosotros tiene su lugar en el mundo, tal vez nadie justo el del centro. En nuestras relaciones con el mundo, con los otros y con nosotros mismos, es más sabio aceptar que imponer, admirar que exhibir, amar que procurar ser amado.

Vivir es aprender a ceder. A liberarnos de nosotros mismos. Solamente nuestro espíritu nos puede liberar porque sólo él nos aprisiona. Ser auténticamente feliz depende de una transformación en la forma de ver el mundo, aceptándolo sin grandes condiciones y actuando sin precipitación. Cediendo. Cediendo, siempre. Porque es mejor mantener una amigo que quedarse con la razón, pero solo. Hay que abrir espacios en nosotros para que la serenidad que así se alcanza convide a la felicidad a hacer de nuestro espíritu su morada.
La humildad y la sencillez son formas de ser, no de parecer.

Un error común es querer ser todo ahora. Nunca llega nada… y son tantas veces los recuerdos los que nos revelan el verdadero valor de los instantes vividos pero ya pasados. Las personas atropellan el tiempo

Importa no caer en la tentación de querer ser señor del propio futuro… y aprender a confiar más. Cediendo espacio a la esperanza.

Al final, ¿cuántas veces una tragedia, una decepción, una desilusión o una simple despedida, en vez de ser finales tristes se revelan, después, como los puntos de partida de nuestras mayores aventuras?

José Luís Nunes Martins, in 'Filosofias - 79 Reflexões'
[Autoria da Ilustração: Carlos Ribeiro]

domingo, 2 de marzo de 2014

La paciencia es la sabiduría en acción


 José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus
La paciencia es la fuerza que nos permite soportar tranquilamente lo que es doloroso, elevándonos por encima de la tristeza en ello implicada.

Un mirar atento sobre el mundo humano permitirá percibir sin dificultad que la paciencia es la sabiduría puesta en práctica. Pero se conquista con la determinación de un fondo que no se desalienta, del que con fuerzas explosivas que tan pronto aparecen como desaparecen sin dejar rastro. Cualquier cazador o pescador, artista o científico, poeta o general, sabrá que los buenos resultados se demoran, siempre.

Es esencial por lo tanto dominar el ansia de precipitar y manipular los tiempos. El hombre no es señor del tiempo, pero puede y debe ser señor e sí mismo.

Los fardos de nuestra existencia se cargan de forma más tranquila cuando nos damos cuenta del vigor que tenemos para transportarlos. Cuando percibimos que la fuerza de los hombros es mayor que el peo de la cruz.

El tiempo no se respeta más que a sí mismo, sigue su ritmo sin cuidar si se demora en este instante más que en aquel… casi todo pasa, casi todo crece y casi todo muere. Hay tiempo para todo, ¡debe saber el hombre aprovechar aquel en que le es dado ser… casi todo!

Claro que siempre parece poco tiempo al que se da cuenta tarde de esta esencia dinámica de la vida. Pero, aún así, será más sabio ajustarse al ritmo natural de su existencia que intentar recuperar tiempos perdidos, en una lógica que se aparta del hoy, intentando siempre sin éxito recuperar el pasado, no dándose cuenta  de que el mañana  también desaparecerá si continúa perdido dentro de su propia vida.

En el amor (en cualquier relación con el otro) la paciencia es la virtud esencial. Cada hombre es un ser en el tiempo. Ninguno es lo que es ahora. Un instante es siempre engañador, porque nuestra  realidad profunda es dinámica y duradera, como una llama o una fuente que sólo pueden ser lo que son en el tiempo, en un perpetuo devenir, que dura mucho más que un sólo momento. Por eso nos engañamos muchas veces, cuando precipitadamente complicamos con la imaginación aquello que el tiempo completará con sencillez. Amar es vinculare a un infinito en una disponibilidad generosa para abrazar la vida de alguien.

No se debe confundir la paciencia con prejuicios, miedo o impotencia, pues la constancia firme es una virtud activa que persevera en nombre del bien mayor al cual aspira.

Mas una espera obliga a soportar todo tipo de ataques, exteriores e interiores. Las esperas duelen. Las esperas hacen sufrir. Cuando vivimos en la paciencia somos señores de la renuncia y esclavos de la libertad… optamos por una guerra profunda contra lo peor de nosotros mismos. En una tranquilidad aparente que raras veces permite adivinar el heroísmo que va por dentro.

Las esperas permiten descubrir y filtrar entre los hombres aquellos que tienen más valor… son los que permanecen, cuando los otros, mientras tanto, se fueron –arrastrados por una fuerza cualquiera de aquellas que se alimentan de nuestras flaquezas.

Los muros de soledad que crecen en torno de nosotros, siempre que desistimos de tener fe, son como las murallas de un castillo que nos imposibilitan ser lo que realmente somos, que impiden que nuestro amor llegue a los otros… abortándonos.

La esperanza es el arte de la espera. Hay que ser paciente ante la duda, ante la prisa, y cara a cara con las pesadillas reales.

El hombre paciente vive por encima de su sufrimiento. Constante en su firmeza, sufre pero hace su camino hacia delante. Soporta la vida y los dolores con su esperanza, en una paz que es el supremo coraje.

sábado, 1 de marzo de 2014

Dolor por amor


                                                        Ilustração de Carlos Ribeiro


Desde el pasado día 13 de febrero es legalmente posible, en Bélgica, como ya era en Holanda, la eutanasia de niños y adolescentes. Del Reino Unido llega la triste noticia de que Reece Puddington, de once años y con cáncer desde hace seis, desistió de los tratamientos médicos. Él mismo declaró, en las redes sociales, haber decidido “quedarse en casa”, para dejar a la “naturaleza seguir su curso” inexorable. También entre nosotros surgen voces para reivindicar un pretendido derecho a una “muerte digna”.

No es muy de extrañar que así acontezca. Si se puede impunemente matar a un ser humano sano aún por nacer, ¿por qué no abreviar la vida enferma de un viejo, o de un niño que, por ese motivo, probablemente nunca llegará a la edad adulta? La sociedad neopagana al rechazar el valor absoluto de la vida humana inocente, que es un principio básico de la civilización cristiana, la deja impotente ante las envestidas furiosas de la cultura de la muerte, sobre todo travestidas de sentimientos supuestamente humanitarios. Eliminados los embriones, los enfermos y los viejos, la utopía eugenista de recientes tiranos parece, ahora, más próxima a la realidad.

La cuestión no es el dolor, sino el amor: solamente no quiere vivir  quien no se siente amado. Quien verdaderamente quiere a los suyos, no desiste de ellos, cualquiera que sea su edad o su mal. No se trata de promover el encarnizamiento terapéutico, sino amar a aquellos que, por alguna circunstancia, carecen de ese apoyo. Eso es lo que ellos, grandes y pequeños, piden: más que la salud, o un muerte sin dolor, quieren un afecto que los ayude a vivir la experiencia del dolor, en la alegría del amor. Y es eso lo que la fe cristiana da a todos: la esperanza cierta de un amor mayor, que es vida para después de la vida.

La perfección es lo bueno, si eso fuera lo mejor posible



                                                     Ilustração de Carlos Ribeiro

Es lo que hacemos, lo que sale de nosotros, lo que nos crea, estructura y proyecta. No será nunca lo que nos acontece lo que nos determina, porque nada de lo que nos llega de fuera puede alterar nuestra esencia, sin nuestro consentimiento. Decidimos lo que somos y somos lo que decidimos, siempre. Y eso es bueno. Somos nuestras decisiones. La respuesta al mundo que nos es dado.

No somos omnipotentes, pero esa condición no nos impide que seamos buenos y, dentro de la bondad, nos cumple ser lo mejor que nos fuera posible, dentro de las
posibilidades que aceptamos cuando nos son dadas…

Puede incluso una circunstancia adversa tornar más fácil y cómodo ceder a la tentación de desistir y dejarnos contaminar por un mal exterior, pero es siempre y sólo la voluntad propia la que permite y protagoniza nuestras desgracias. Así, como también son nuestras elecciones las que nos apartan de los malos caminos y nos hacen avanzar por el menor.

No hay mayor obra humana que contribuir a la felicidad de otra persona. Pero, siendo que lo más profundo de cada hombre depende sólo de sí mismo, importa entender que nuestra ayuda (siempre externa) no garantiza cosa alguna, sólo podemos inspirar, compartir y amar…

Le falta a muchos el humilde heroísmo que, amando, abre el corazón al otro, con confianza y fe, lo deja actuar en nosotros… siendo que todos los pasos tienen siempre que ser dados por uno mismo. Todos. Los mejores y los peores. Sólo yo soy responsable por lo que fuere hecho en mí, al final, sólo yo puedo dejar esculpir mi alma.

Aquel cuyo corazón cumple su deber es feliz. Ser lo mejor que se puede ser es bueno, y ser bueno es ser perfecto, cuando se escoge lo mejor.

La perfección no es imposible, es ser bueno, tan bueno cuanto sea posible. Nadie nos puede exigir más de lo que está a nuestro alcance. Ni Dios, tampoco nosotros mismos, menos aún los otros… nadie tiene por deber algo por encima de sus posibilidades. Hacer el bien es bueno. Hacer lo mejor posible es… perfecto.

Muchos entienden que la perfección es inalcanzable. Les es más fácil pensar que se trata de una aspiración ideal, creen que  un esfuerzo para perfeccionarse bastará… y que algunas de sus faltas son trazos de su esencia, sin que haya ahí posibilidad de perfección…por lo que, no valdrá la pena (por mas leve que sea) insistir en perfeccionar lo existente…

Pero siempre que una esencia no se cumple, hay mal. Nada. Vacío. El mal es esta carencia: una distancia a la perfección posible… un desierto donde se escoge degenerar en vez de generar; abortar en vez de nacer.

Hay en mí un soplo que me estimula e ilumina, que me puede hacer volar sobrepasando las montañas de este mundo… es lo que debo ser. Lo mejor que puedo.

Ser perfecto es sólo eso, ser lo mejor que se puede ser. Ser perfecto no es ser mejor que ninguno, sino tan sólo lo mejor posible. La bondad no es una propiedad de los seres, es la generosidad sencilla de ser, es la perfección.

Ser feliz es posible y depende sólo de mí, en la medida en que soy capaz de amar. La estrella que me guía entre mis tinieblas está en mí, así como el cielo que tantas veces creo que es de otro mundo.