jueves, 17 de abril de 2014

Dios


José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus (pág. 163)

                                                Ilustración: Carlos Ribero

Caos es un nombre genérico que se utiliza para designar todo el conjunto de cosas en las cuales no se consigue descubrir orden o razón. Lo incomprensible pasa así a ser tomado como desordenado… extraño criterio ese que no respeta la humildad como sabio principio de razón humana. Con todo, el caos puede al final  ser un sistema con un orden de nivel superior, y el Hombre sería la medida de todas las cosas, menos de aquellas que le son superiores.

Tal vez, cada ser humano sea un trozo de algo mayor de aquello que consigue limitadamente pensar. Con sentido, causa y finalidad más que racionales. Pero el espíritu que quisiera comprender esto debe aniquilarse en un subjetivo acto de fe: hacer el largo camino en espiral hasta el fondo de su intimidad, buscando los contornos de la realidad última, donde se revela de forma simple algo que no es cosa de este mundo: Dios. El mundo no deja de ser completo y ordenado por no formar parte de él Dios … pensar “bondadosamente” que al universo le falta Dios es una injuria a la sabiduría divina…

En el fondo de mí encuentro la presencia de un Dios que está en casa… nosotros es que salimos a mirar aquí, a dar un paseo…


Pobre es el espíritu que se contenta con caos, casualidades o armonías,  donde todo se puede comprender por nuestra razón finita. Todo tiene sentido, sí, porque todo da sentido. Y al Hombre le es dado aún más:  construirse libremente, en una vida singular tan valiosa y llena como toda la infinita armonía del mundo…


miércoles, 16 de abril de 2014

Vivir de gracia


José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus (pag. 167)



                                            Ilustración: Carlos Ribero

Puede que el paraíso anhelado para otro mundo esté al final  aquí. La gracia, fuerza de la bondad, está un poco por todos lados y basta tener fe en ella para que, dando lo mejor de nosotros al mundo, una alegría sutil y profunda, una felicidad desbordante, comience a nacer en nosotros.

Imagínese alguien que lleva una ración de comida caliente a un hombre hambriento que vive en el frío de una calle cualquiera. ¿Cuál de estos dos hombres prefiere ser el lector? ¿El que da o el que recibe? Ciertamente, el que da.¿Pero por qué prefiere dar a recibir? Pocos comprenden que la voluntad de dar es señal de que se tiene más; ahora el ansiar recibir  significa que no se tiene suficiente… y hay los que cuanto más ricos se hacen, más pobres son. Porque se vuelven más y más necesitados. Esta dimensión material revela un problema de fondo. Que corroe desde dentro el corazón de quien lo alberga.

En la lógica consumista en que vivimos, pocos se dan cuenta de que el elemento que lo soporta es el deseo artificialmente creado para poder ser asimilado como lo que alguien quiere, desde el mismo comienzo, vender. Primero la siembra de un vacío, después la “solución” perfecta para esa angustiosa necesidad. La gracia, por ser pura, no tiene precio, es gratis.

Así que son satisfechas sus necesidades elementales, algunos comienzan luego a compartir lo que les llega a las manos, mientras que otros, por ser más pobres, comienzan a acumular sin fin… nunca desbordado, nunca serán felices, nunca darán… ni una sonrisa. Son agujeros negros. No tienen la gracia.

Tal vez el fuego del infierno sea el egoísmo que consume lenta y definitivamente a los que escogen no amar. Desgraciados.



martes, 15 de abril de 2014

Con los ojos cargados de sueños



José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus (pág. 163)


Ilustraçao Carlos Ribeiro


Todos los cambios cuestan. También cuando son para mejorar… pero incluso cuando lo peor acaba.

El hombre tiende a adaptarse a todas las circunstancias. Porque somos humanos, somos capaces de afrontar y superar las adversidades, aunque siempre tendamos a una adaptación más que a cualquier cambio. Como si concentrásemos todas nuestras fuerzas en el sentido de preservarnos, más que arriesgar heroicamente la supervivencia para lograr una condición mejor.

A veces las circunstancias cambian súbitamente, la comodidad desaparece porque no se reconoce el suelo nuevo. Se cierran los ojos, se recuerdan los sueños. Nos concentramos en lo más bello que hay, el futuro, que siempre depende de nosotros más de lo que pensamos. De la nada surgen entonces fuerzas capaces de cargar el mundo entero.

Los ojos cargados de sueños transportan. De una felicidad de ingenuos que no es más que una esperanza capaz de iluminar el camino que ha de ser hecho.

Cada uno de nosotros precisa de una casa. De un lugar donde haya el calor de la esperanza, un pedazo de espacio donde se conjugan diversos esfuerzos para que los sueños soñados  a la mesa salgan de la nada, para que la felicidad desde allí se transporte a otras casas.

Habrá hombres que se demoran una vida entera hasta encontrar su casa. Algunos hasta que les llega la muerte… pero la mayor parte de las veces el camino hacia nuestra casa pasa por la voluntad de cambiar el interior y prepararlo para aceptar algo diferente, algo que no depende de nosotros, el otro.

El sufrimiento de las horas difíciles une a los que lo soportan en común. Las horas no se hacen nunca ni más largas ni más cortas y nuestro tiempo aquí es limitado, bien limitado. Casi siempre demasiado corto para tantos sueños… pero el secreto tal vez pase  por la capacidad de aprender a soñar más sencillamente, soñar con el mañana  antes de soñar con el año que vendrá después. Soñar a la mesa, con los descansan su corazón abierto en el lugar donde el nuestro también está en paz. Después, cambiar lo que fuere necesario, todo, es necesario. Siendo más fuertes que los miedos.

La felicidad nunca llega al corazón de los egoístas. Las lágrimas sólo salen de los ojos de quien es capaz de soñar. Porque solo quien se confía a la esperanza sufre los reveses de tantas noches que demoran las madrugadas. Sólo quien espera lo mejor sufre el peso de su demora…

La vida no es solo esto, aquí. Es más, mucho más. Quien busca el significado de su existencia sólo por aquello que ve en este mundo, se condena a una vida sin sentido, por no ser capaz de ver con los ojos cerrados…
Los cambios duelen. Sin duda. Porque envuelven incertidumbres. ¿Pero no será nuestra vida, toda ella, una enorme incertidumbre? ¡Y es tanto más bella por saberse que es cierto que en ese mar incierto, más tarde o más temprano, descubriremos nuestra casa!


lunes, 14 de abril de 2014

Del saber a la sabiduría


José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. Paulus


                                                          Ilustración: Carlos Ribero

Hoy se sabe casi todo, pero se ignora lo importante.
Acumulamos saber al mismo tiempo que nos apartamos de la sabiduría. La sociedad actual está ante un problema gigantesco: ¿Cómo administrar el volumen monstruoso de información? ¿Cómo distinguir lo importante de lo secundario?

La sabiduría es la comprensión profunda de la existencia. Resulta, en la mayoría de las veces, de la experiencia de los años, de una postura corajuda ante la vida y de la capacidad para reflejar sobre sí mismo, o principalmente, lo obvio. No tiene fórmulas y no se deja comunicar a voluntad de satisfacciones momentáneas.

El saber, bien integrado, contribuye al desenvolvimiento del mundo, pero si lo dejamos caminar solo se transforma entonces en un tirano autocrático que intenta envenenar las raíces de la sabiduría, porque no la soporta en u lugar que considera suyo.

Hoy, más que nunca, so pena de que nos ahoguemos en el mar de informaciones, vale la pena pensar y distanciarnos de momento, de lo público, de lo concreto, e intentar descubrir el sentido que subyace en todo lo que nos rodea. Porque nuestro mundo tiene una línea, una dirección, un sentido.

Cuando descubrimos la verdad, se nos ilumina el camino.


Después nos queda la fe que, no añadiendo nada al saber, orienta y anima la sabiduría. No es información, sólo una cantidad ínfima de Verdad en un salto que nos revela  que, aquí y ahora, es imposible vivir una serenidad intemporal. En un mundo que ya consigue comunicar casi todo recurriendo sólo a ceros y unos, lo importante y también muy simple, que cabe bien en el más pequeño de los granos de arena: Dios, que es Amor, también vive aquí. Con nosotros. 

domingo, 13 de abril de 2014

De la Homilía del Papa Francisco. Domingo de Ramos




Esta semana comienza con una procesión festiva con ramas de olivo… Pero esta semana va adelante en el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección.
Hemos escuchado la Pasión del Señor…

¿Quién soy yo, delante de Jesús que sufre?    ¿Soy yo, un traidor?

Hemos oído muchos nombres:
¿soy yo como…

- el grupo de líderes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley que había decidido matarlo.

- Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo.

- los discípulos que no entendían nada, que se quedaron dormidos...

- Pilato, que cuando veo que la situación es difícil, me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad y dejo condenar – o condeno yo – a las personas.

- aquella muchedumbre que … elije a Barrabás. Para ellos es lo mismo: era más divertido, para humillar a Jesús.

-  los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten con la humillación del Señor

- el Cireneo que regresaba del trabajo, fatigado, pero que tuvo la buena volunta de ayudar al Señor a llevar la cruz

-  aquellos que pasaban delante de la Cruz y se burlaban de Jesús…

- como aquellas mujeres valientes, y como la mamá de Jesús, que estaba allí, y sufrían en silencio…

- como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor, para darle sepultura…

- como estas dos Marías, que permanecen en la puerta del Sepulcro, llorando, rezando…

- como estos dirigentes que al día siguiente fueron a los de Pilato para decir: “Pero, mira que éste decía que habría resucitado; pero que no venga otro engaño”, y frenan la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que la vida no salga afuera…

¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de éstas personas yo me parezco?



Pasión



                                                    ilustração de Carlos Ribeiro

En la Semana Santa, la Iglesia recuerda la pasión y muerte de Jesús Cristo.

A pesar de no ser, para un cristiano, un relato inédito, impresiona siempre ese recuerdo tan vivo de un hecho acontecido hace cerca de dos mil años, pero siempre presente. En realidad, incomoda a todos e interpela la crueldad del suplicio infligido al crucificado. Por más que se teorice el padecimiento humano y se enaltezca su valor, el dolor duele. Ciertamente,  porque daña el cuerpo, pero sobre todo porque es incomprensible para la razón.

No obstante el misterio de tan grande sufrimiento, no es ese el centro hacia donde converge la liturgia de la Iglesia en el triduo pascual. No es al dolor al que se presenta homenaje, en la postración inicial de los celebrantes, en el elocuente introito de la pasión del Señor, en la sexta feria santa. No es la cruz lo que se adora cuando, arrodillado, se besa el madero.

De ahí que, el dolor, por el dolor, nada vale. El mayor sufrimiento puede estar vacío de sentido y de valor. Hasta el sacrificio de la propia vida puede no tener, lo mismo en términos religiosos, ninguna relevancia.

Nada vale si no fuera por amor, y nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos. Los fieles son invitados a postrarse delante de la cruz, no para adorar el sufrimiento de Jesús, sino para reconocernos amados en ella, con un amor que, siendo universal, es también individual. San Pablo tenía conciencia de ser personalmente destinatario de ese amor infinito de Dios humanado, “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). 

Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jo 13, 1). Es el amor de Cristo el que la Iglesia celebra en su pasión, la mayor prueba de ese amor por todos y cada uno, sin excepción. Un amor que es, verdaderamente, pasión.

sábado, 12 de abril de 2014

El miedo del fin





                                                       Ilustração de Carlos Ribeiro

Algunos piensan que la felicidad es la ausencia de sufrimiento… pero, en verdad, es una idea equivocada. La felicidad y el sufrimiento son ambos pilares fundamentales de la existencia. Sin sufrimiento nuestra humanidad no sería probada y nuestros días no tendrían valor. Así también la felicidad , siendo la alegría más profunda, es lo que da sentido a todas las noches… no son realidades que se puedan medir, pero no dejan de ser algo tan concreto como lo son nuestras dos manos, que siempre trabajan en conjunto, sabiendo cada una su papel y su valor.

Evitar el dolor no nos hace más fuertes.

Tememos las pérdidas. Tememos la muerte. Tal vez porque la nada es un abismo que asusta a todos cuantos tienen una vida con valor. Porque somos impelidos a defender el significado de lo que construimos aquí. No se quiere aceptar que todo cuanto se construyó, durante una vida, será suprimido sin dejar rastro. ¿Cuántas veces no es el momento del fin que se teme, mucho antes de lo que se puede hacer hasta allí?

Caminar rumbo a lo desconocido es una prueba de coraje y de fe delante de las evidencias de este mundo. Los ojos no quieren ver ni las personas caminar, pero el camino se hace por la osadía  de creer y esperar aún más, aún mejor.

También hay quien teme el final por no saber lidiar con momentos de vacilación serios ante sus decisiones y gestos, ante la forma como conducir su vida, aquello que, al final, decidirá ser… a pesar de todo. A estas alturas de juzgar las obras, en este tiempo de la verdad, hay construcciones interiores que revelan… fragilidad y podredumbre que se manifiestan, y que tememos que sean… determinantes.

Hay quien cree que la profundidad de la vida es cosa de historias infantiles… y orienta su existencia con rumbo a la superficialidad del tener: al dinero, poder, títulos, casas, coches, fiestas, placeres inmediatos… Anulándose, despreciando a los otros, ignoran la posibilidad concreta de ser felices, allá desde el fondo de su buen corazón de niño.

Al final, lo único que importa es que hayamos tenido fuerza para hacer llegar a los otros la sonrisa única que cada uno traza en el fondo de sí… La esencia. El alma. El amor. Quien no se enseñó a sí mismo a vivir así, no estará preparado para vivir después del fin…
Sólo podremos comprender la plenitud de nuestra identidad en un horizonte de eternidad, a la espera de la existencia de un cielo muy concreto. Un cielo del que este mundo forma parte. Un cielo que está próximo. Que se puede tocar aquí mismo. Que se revela en cada gesto de sufrimiento… de amor.

Hay que vivir la certeza de la esperanza de que por detrás de lo que vemos no existe nada, sino algo muy bueno. No hay esperanza firme en la vida en cuanto no se la extiende a lo que está más allá de lo que podemos conocer aquí. Si nos reducimos a lo que somos en esta vida, entonces no somos nada. Esta vida es demasiado breve y limitada. Tal vez la tierra sólo exista para manifestar el cielo.
El misterio de la vida se revela a cada momento. La eternidad está toda aquí y ahora.
                                         
Morimos cada día, pero también amamos y por eso, todos los días creamos algo de nuevo que no morirá nunca.


El amor es la prueba absoluta de la eternidad. No pude ser destruido, mucho menos en un instante sólo. Quien ama, sabe que vive… para siempre.