martes, 11 de febrero de 2014

La raíz de la depresión


 José Luís Nunes Martins
publicado em 20 Ago 2011 - 03:00

La vida funciona de forma simple: un trueque constante, alternando el dar con el recibir.

La capacidad de recibir debidamente lo que nos llega de fuera se llama impresión.

En  beneficio de una vida buena debemos ser capaces de dejarnos tocar e influir por lo que nos rodea, sin miedo de mancharnos, sin miedo de que nos deje más ricos.

La capacidad de exteriorizar algo interior, manifestándolo, se llama expresión.

Aquí también, en beneficio de una vida buena, tenemos que ser capaces de darnos al mundo, dejando en él nuestra marca, arriesgando hasta el ridículo, sin miedo de quedarnos más pobres.

Estas operaciones funcionan coordinadamente, en una especie de respiración. Se animan y potencian la una a la otra, garantizando una auténtica experiencia de vida.

La  “-presión” tal que está en la base de ambos movimientos es la fuerza vital que transforma una supervivencia biológica en una abundante vida humana. Sin ella, se cae en la “de-presión”. Léase aquí depresión como una doble falta de las capacidades de impresión y expresión.

En la economía, basada en el trueque, todos y cada uno de los países e inversores, de los pequeños a los grandes, piensan siempre más en recibir que en dar.

En este momento, ¡ninguno quiere dar y todos quieren recibir! Antes de reconocer sentido a la vida, importa saber vivirla. Eso ahora  pasa por la capacidad de aceptar con los brazos abiertos lo que nos es dado, al mismo tiempo que entregamos al mundo lo mejor de nosotros… sin miedo



La dictadura de la demagogia


Por José Luís Nunes Martins
publicado em 27 Ago 2011 - 03:00


La demagogia forma parte de la esencia de las democracias que tenemos: sistemas políticos regidos por personas elegidas por la capacidad de convencer a sus conciudadanos de su capacidad de gobernar.

El problema principal reside en el hecho de que los electores se ilusionen infantilmente, al punto de considerar, casi siempre, que las intenciones declaradas en campañas pre o pos- electorales corresponden, de hecho, a acciones que se quieren, pueden y saben hacer!

En este planeta gobernado más por el dinero que por las ideas para un mundo mejor, asistimos a una tentativa de las democracias de irse imponiendo a los demás sistemas políticos.

¿Pero puede una democracia de las que tenemos, o un bloque de democracias, imponer su sistema de organización a un país gobernado con otro régimen? O, sin ser demagógicos, ¿sólo se quiere cambiar el “gestor” de tal sistema no democrático? ¡La democracia no es la dictadura de la mayoría ni tampoco de cualquier minoría, como a veces parece!

La tolerancia tiene que ser su base. Ser tolerante no es ser débil. Es ser fuerte al punto de estar debidamente seguro de sus propias opciones, a fin de conseguir convivir sin inquietudes con el diferente (siempre que se respeten las leyes).


Lo contrario de la tolerancia es el fanatismo, que casi nunca proviene de los más convencidos de sus ideas, sino de aquellos que pretenden callar sus dudas cerrando la boca a sus críticos… 

lunes, 10 de febrero de 2014

De la libertad y la verdad


Por José Luis Nunes Martins
Por Jornal i
publicado em 8 Out 2011 - 03:00


En los momentos de crisis, todos nos agarramos a lo que parece dar seguridad.

Cuanto más difíciles son las coyunturas, más el vértigo del error se apodera de nuestra capacidad redecisión. La responsabilidad de vivir siempre en el tiempo, que por su esencia jamás vuelve atrás, nos va preparando, mejor o peor, para gestionar los instantes más exigentes. Muchas veces fingimos y huimos, creyendo que la naturaleza es cíclica y  los plazos largos… lo que está claramente fuera de la verdad.

En circunstancias difíciles, la calidad de nuestra referencia es puesta a prueba. Es tiempo de experimentar lo que nos prometió que soportaría. Pero se descubre que casi todo es embuste, que poco hay de verdaderamente seguro. Y es en este casi vacío donde se revela la verdad: estamos solos y dependemos sólo de nosotros. Algunos entienden que se trata de un don, otros de una condenación. Unos sonríen, otros lloran.

La libertad es más que el poder escoger, es agarrar la vida como materia prima y hacer con ella una obra personal, algo que, más o menos, soy yo. Es el verdadero don (tal vez divino): ser libre. Poder dar sentido a la vida, dándole un punto de partida, un rumbo, un sustento y un verdadero fin.


La verdad sólo puede surgir en un contexto de libertad. Para que las cosas y las personas se revelen, es preciso dejarlas ser. Sólo cuando se da libertad se puede esperar la verdad. Al final, la esencia de la verdad es la libertad.

domingo, 9 de febrero de 2014

Dios y la crisis


Por José Luís Nunes Martins
en Jornal i
publicado em 15 Out 2011 - 03:00

En esta crisis de dineros y verdades hay materia más que suficiente para la construcción de una clásica tragedia griega (o un fado a la manera antigua). Fuerzas superiores trazan el destino de los seres humanos y ponen a prueba el carácter y la dignidad… Fuerzas que, a pesar de todo el valor y por mayor que haya sido el heroísmo humano, consiguen que terminen siempre de forma triste.

Los mercados parecen ser hoy los personajes a quien temer y a los que debemos agradar ofreciendo sacrificios.

Dios, a quien algunos recurren en modo de “muerto o vivo”, tendrá una palabra que decir  a este respecto. Existen varias formas de vivir y ser feliz, algunas más superficiales y otra verdadera. Tal vez dos tipos de razón, aquella que la inteligencia humana es capaz de abarcar y otra no accesible, hasta ahora.

Tal vez nuestra responsabilidad sea tan grande como nuestra ignorancia. Pero la vida se vive hacia delante, y está en nuestras manos muchas veces depositada la esperanza de la fe de otros. No debemos esperar que las cosas buenas acontezcan. Ni para nosotros, ni para los otros. Hemos de ser  nosotros quien las creemos. Nos cabe ese papel divino.
 
Una de las ideas más veces adulterada es la de que la existencia de Dios elimina, por sí sola, la libertad de los hombres, que Su voluntad anula la nuestra. Errado. La libertad humana es reforzada y ampliada por el hecho de existir  algo superior que la crea, defiende y promueve, sin esperar otra cosa a cambio sino que quien la posee trate de ser feliz por sí y para los demás.

Del infinito valor de la esperanza


Por José Luís Nunes Martins
en Jornal i
publicado em 21 Jul 2012 - 03:00
Sólo quien cree que es casi imposible saber vivir. La existencia humana cuando es auténtica se cierne en el estrecho intervalo entre la fe y el desengaño, siempre con pocas certezas y muchas dudas.

La esperanza resulta de un acuerdo entre el pensar y el sentir. Un equilibrio armonioso entre la pureza de la emoción pura y la lógica de la certeza.

Es la suave esperanza de quien cree en un yo mejor, y en un mundo más bello, que insufla la vida… No son los prontos de los que, de súbito, quieren hacerlo todo; ni los impulsos tan brutos, como efímeros, de los que sin paciencia o prudencia quieren que el mundo se arrodille para agradarles

El desconcierto de las dudas va solidificando las desesperanzas que impelen a las personas, que retrasan siempre lo que se espera.

Las buenas esperanzas son abrazadas por la tristeza. Hay lágrimas que caen celebrando la existencia de una sensibilidad, frágil, pero suficientemente fuerte para seguir adelante, a pesar de todo. Los ojos que lloran son los mismos que sonríen. Hay tiempo para sentir todo y sólo quien desconoce por completo la esencia de la vida quiere erradicar la tristeza de su intimidad, como si ella no fuese el alma y la luz de la alegría más verdadera.

Cualquier espera duele. Porque se experimenta la falta de lo que no está, y porque a veces se percibe que después de haber alcanzado lo que se esperaba lo habrá perdido, entrándose en un estado donde el recuerdo de lo bueno provocará angustia. De esa forma, aún antes de alcanzado el objetivo, ya se consigue presentir la inquietud de haber perdido lo que todavía ni siquiera ha llegado. Pero siempre hay futuro. Siempre. También cuando no hay esperanza, hay futuro…

La esperanza ilumina con luz tranquila. Despejando la sombras en el interior de quien sabe que hay mucho mundo que no depende de su voluntad. Es preciso ser capaz de vivir en la esperanza en vez de llamarla para que viva dentro de nosotros. Las obras necesarias a la construcción de la esperanza deben ser hechas por el esfuerzo de quien vive en ella.

Las esperanzas, cuanto más profundas son, más suaves y fuertes se vuelven. Estas delicadas formas de ser son certezas, porque contienen en sí la garantía absoluta de lo que prometen.

Son pedazos ínfimos de futuro aún por llegar. No son agitaciones de superficie. Hay muchas ilusiones, fraudes y fantasías. Saber distinguirlas de la esperanza es uno de los pilares de la sabiduría. Tener esperanza es así más fácil de lo que es creer en ella, porque quien cree verdaderamente apuesta por la vida –y la muerte- sabiendo que nada tiene sentido sin una entrega completa. Esperando, aunque sea contra todas las probabilidades.

Pobre es aquel que nunca esperó por nada, mucho más  que  quien, en la esperanza, pasó todo su tiempo a la espera.

Pero también hay esperanzas que mueren, lentamente, de la forma más agonizante posible. Arrastrando demoradamente hacia las pruebas a los que en ellas viven. Es tragedia, infierno, dolor lento… hasta el más completo vacío. Y hasta que no se revela una nueva, cabe al hombre soportar una existencia prácticamente sin sentido, porque si hay una cosa por la cual no se puede esperar es por la esperanza.

El hombre vive privado de los bienes que ardientemente desea y que juzga merecer.

Esta tensión confiada, por la expectativa y por el esfuerzo, acabará en una de las dos formas: o por la llegada de lo que esperamos o por la partida de lo que nos hacía esperar.

La existencia de la esperanza es, en sí, un don. Cabe, pues, a cada hombre dejar de lado el orgullo y cargarse de humildad a fin de ser digno de vivirla.

Cada esperanza abre horizontes infinitos y posibilidades imprevistas. El futuro es absolutamente abierto. Siempre. Construido por las manos de los que saben esperarlo.

El Mayor Amor y las Cosas que Se Aman


(Me daba miedo, temía no ser capaz de comprender, y mucho menos de expresar, lo que Pessoa nos dice como sólo él sabe decirlo. Sin embargo al leer, una y otra cita, me he ido acostumbrando, o mejor  me ha ido captando, y hoy, tanto me ha sorprendido su amor infinito: al mundo, a la patria y al otro, que no he resistido la tentación de ir traduciendo cuanto entendía, y poco a poco, lo terminé, y no me apetece a mí guardarme este tesoro, porque no es mío, es de todos siendo de él.).

El  Mayor Amor y las Cosas que Se Aman

Fernando Pessoa, 'Inéditos'

Ojalá pudiera desprenderme, sin excitaciones ni ansiedades, de este mandato subjetivo cuya ejecución por demorada o imperfecta me tortura y dormir descansadamente, fuese donde fuese, plátano o cedro lo que me cubriese, llevando en el alma como una parcela del mundo, entre una saudade y una aspiración, la conciencia de un deber cumplido.

Pero día a día lo que veo en torno mío me apunta nuevos deberes, nuevas responsabilidades a mi inteligencia para con mi sentido moral. Hora a hora a(…) mientras escribo,  la sátira surge colérica en mí. Hora a hora la expresión me falla. Hora a hora la voluntad flaquea.  Hora a hora siento avanzar sobre mí el tiempo. Hora a hora me reconozco, manos inútiles y mirar amargado, llevando para la tierra fría un alma que no supe contar, un corazón ya podrido, muerto ya y en el estancamiento de la aspiración indefinida, inutilizada.

No lloro. ¿Cómo llorar? Yo desearía poder querer (desear) trabajar, trabajar febrilmente para que esta patria que vosotros no conocéis fuese grande como el sentimiento que yo siento cuando en ella pienso. Nada hago. Ni a mí mismo oso decir: amo la patria, amo la humanidad. Parece un cinismo supremo. Tengo  pudor para conmigo mismo en decirlo. Sólo aquí lo registro sobre el papel, aún así tímidamente, para que en alguna parte quede escrito. Sí, quede aquí escrito que amo a la patria honda, (…) doloridamente.

Sea dicho así, brevemente, para que permanezca escrito. Nada más.

No hablemos más. Las cosas que se aman, los sentimientos que se acarician se guardan con la llave de aquello que llamamos ”pudor” en el cofre del corazón.
La elocuencia los profana. El arte, revelándolos, los vuelve pequeños y viles. La propia mirada no los debe revelar.

Ciertamente sabéis que el mayor amor no es aquel que la palabra suave puramente expresa. Ni es aquel que la vista dice, ni aquel que la mano comunica toando levemente la otra mano. Es aquel que cuando dos seres están juntos, ni mirándose ni tocándose los envuelve como una  nube, que les (…)

Ese amor no se debe decir ni revelar. No se puede hablar de él.

sábado, 8 de febrero de 2014

Corazón que escucha



José Luís Nunes Martins
jornal i
8 fevereiro 2014
http://www.ionline.pt/iopiniao/coracao-escuta


Ilustração de Carlos Ribeiro



Todo hombre debía ser capaz de estar en silencio y escuchar. Sólo así se consigue abrir espacio en el interior para acoger la presencia del otro. La paz que permite conocer los secretos y misterios de las raíces profundas del pensar y del amar.

La verdad está más cerca de los que anulan las palabras, pues así tienen los sentidos más despiertos y atentos a las señales que susurra el sentido de todo… sin los grandes equívocos comunes a los discursos cargados de adjetivos y oscuridad.

Quien se recoge en su corazón se encuentra. Tal como es… una esencia que no se basta a sí misma, que se abre… que espera por otra esencia que la pueda libertar…

Es en mi corazón donde me encuentro y sólo ahí puedo ser encontrado… Mi voz es, tantas veces, nada más que la primera barrera que opongo a la voz de otros, impidiéndole llegar más hondo, hasta su corazón… y al mío.

Sólo cuando estoy callado oigo latir mi corazón. En vez de las palabras dichas al ritmo incierto de una urgencia exterior, en mi interior late una cadencia que es  sólo mía y que, en el silencio, se deja oír y me muestra quien soy…

Nuestras vidas encierran, en el fondo, una pregunta: ¿Es a partir de aquello que soy con  lo que intento hablar y  presentarme a los demás? ¿O es a partir de las palabras con las que me presento a los otros como tengo que ser aquello que ellas dicen?

Las dos, dirá algún sabio, para conocerse a sí mismo, en cuanto parte del mundo –y no como algo ajeno a él-. Que se conoce, sin embargo, porque oye en el silencio el latir de su corazón; y porque, oyéndolo, oye en silencio el latir del corazón de los otros; y oyéndolos, oye en silencio el latir del corazón de todas las cosas… y todos laten en armoniosa diferencia. Todos tienen algo que decir, pero no unos contra otros… se manifiestan, no para imponer y excluir… se presentan tal como son, exponiendo lo mejor de sí y su necesidad de lo mejor del otro…

Sólo el otro puede liberar. Sólo el otro puede ser lo mejor y el fin de mí…

Nunca como hoy el mundo estuvo tan lleno de cosas momentáneas, pero tal vez por eso mismo, nunca como hoy se tenga tanta ansia de lo infinito, por lo eterno… por Dios.

Necesitamos aprender a vaciarnos de lo que no es tan bueno en nosotros mismos, para que se abra el espacio a lo mejor que tenemos y pueda crecer… con la ayuda de otro. Con la humildad sabia de quien escucha… de quien tiene la paz  para aceptar un consejo, la sabiduría de escuchar la verdad que hay en cada cosa sencilla… el discernimiento absoluto de aceptar que no tenemos a Dios en el corazón, sino que… vivimos en el corazón de Dios.

En la palabra silenciosa se recuerda, se pondera y se sueña mejor… todos los tiempos precisan de un espacio en nosotros… ¡y de poco barullo! Seremos tan grandes cuanto el silencio con que fuéramos capaces… de abrir las puertas del corazón.

Quien sabe sentir conoce el secreto de la quietud… sabe que el amor se dice siempre mejor cuando se evitan los caminos de las palabras. Cuando se escoge hacer en vez de hablar…

Aunque muchas veces acusamos a otro de mudez que no es, al final, sino nuestra falta de voluntad de escuchar

Quien quiere ser feliz escucha. Y, atento, reconocerá el momento adecuado… no para  hablar, sino para hacer. Hará en paz, porque sabe quien es. Amará absolutamente.

El amor que no cabe en tres romances, puede vivir en el pecho de dos personas… cabrá en un beso, en un solo corazón que reza, en una oración que brota… En una oración en que se escuchan dos silencios.