El mar y el cielo se tocan en el punto más distante que alcanza nuestra vista. Sin embargo, la línea del horizonte no señala el fin f¡del mar; solo esconde lo que existe más allá de lo que conseguimos alcanzar desde el punto donde nos encontramos. La línea que parece el fin es, en verdad, el inicio de todo cuanto aún no vemos y que es, también él, casi infinito.
Al navegar entre nuestros días, aprendemos que también en nuestra historia los horizontes se suceden y que hay siempre uno, y más allá de aquel está aquello que nos llama. A veces, preferimos quedar y no arriesgar. Otras veces, somos capaces de lanzarnos e ir incluso contra viento y marea.
La muerte no acaba con la vida. Esconde la vida que hay más allá de ella.
Así como los azules del mar y del cielo, la vida pasa por la muerte depurando, sin dejar de ser vida, se eleva a otra forma de ser, aún más bella: de imperfecta a perfecta.
Hay quien no cree en la eternidad. Cree que el yo con que piensa y siente es solo una ilusión finita. No es. Lo que piensa en mí es que soy yo, más aún que mis manos y mi cara. Esta voz que es luz no es una alucinación. ¿Cómo saben ellos que este yo, que no ven, también deja de existir con la muerte del cuerpo?
Sabemos que existe n infinito más allá de lo que conseguimos ver. Más aún, el cielo siempre nos toca en ese limite que no es más que un punto de encuentro al que un día llegaremos, por el cual pasaremos y, sin dejar de ser quien somos, a partir del cual hemos de ser más.
Con los pies siempre en el suelo y con el pensamiento más allá de las nubes, también ahora, en mí, el mar y el cielo se encuentran.
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