miércoles, 22 de julio de 2026

Un honrado buscador de la verdad IV

 Newman, John Henry. La Iglesia de los Padres. Kindle Edition

Martín y Máximo


Su historia  nos ha llegado de una fuente auténtica,  Sulpicio Severo, un discípulo suyo, un íntimo, un testigo ocular y además un hombre cultivado, de formación clásica, que redactó sus recuerdos en vida de aquel y cuando estaban muy frescas sus impresiones.


Nacio en 136 en Panonia, en una ciudad que actualmente forma parte de Hungría.

a los diez años, por voluntad propia y contra la de sus padres, se acercó a la Iglesia y se inscribió como catecúmeno.

A los quince años, a instancias de su padre, se enroló en el ejército donde permaneció cinco años como soldado, y en ese tiempo fue enviado a la Galia.

Se cuenta que a los dieciocho años una noche fría partió su capa en dos para darle la mitad a un pobre. la noche siguiente tuvo un sueño: vio a Nuestro Señor cubierto con la mitad de la capa que él había dado a un pobre hombre. Esta divina visión atrajo la atención del joven y, dirigiéndose a los ángeles que estaban alrededor, dijo: «Martín, que no es más que un catecúmeno, me ha vestido con esta capa».

Martín logró ganar a su madre, pero su padre permaneció pagano. En esa zona de la Ilírica, que entonces era casi por entero arriana, Martín confesó la doctrina católica, fue apresado, azotado y expulsado de la ciudad.


En Poitiers  fundó el primer establecimiento monástico de Francia. Fue consagrado obispo de Tours en 372.  Había partidos que se oponían a su elección alegando, según cuenta Sulpicio, que «era persona despreciable, indigno del episcopado, descuidado en su modo de vestir y mal peinado». Pero esto se debía a que era monje, y no dejó de ser monje cuando se convirtió en obispo. 

A raíz de sus conquistas se lo considera el Apóstol de las Galias y esta alta misión basta para explicar su poder milagroso, semejante al de Agustín, el apóstol de Inglaterra.

… Martín entró en conflicto con el emperador Máximo, el usurpador de Gran Bretaña, de la Galia y de España.  Mientras muchos obispos se comportaban ante el usurpador como esclavos lisonjeros, Martín no olvidaba su condición y autoridad de apóstol, obligado a tratar a aquel soldado encumbrado, no según su éxito, sino según su conducta.

Pero intercedió entre el emperador y algunos herejes para evitar su muerte. 

Cuando salía  de Tréveris, a diez millas aproximadamente, su ruta se hundía por caminos profundos y solitarios. Dejó que sus compañeros se adelantasen y se quedó solo examinando su conciencia, primero reprochándose y luego aprobándose por lo que había hecho. Estaba en eso cuando recibió una visión sobrenatural; se le apareció un ángel y le dijo: «Martín, con razón está lleno de remordimientos tu corazón, pero no tenías otra alternativa. Retoma tu valor, tu confianza, no sea que arriesgues, no tu renombre, sino tu salud».

Cuando se puso en camino, sus fuerzas lo abandonaron de pronto y fue presa de la fiebre. Comprendiendo que su muerte estaba próxima, Martín reunió a sus discípulos y les anunció que se iba. Ellos se lamentaron y le imploraban que no abandonase al rebaño, no fuera que cayese en manos de lobos.

Ellos hubieran querido ponerlo de lado para que fuese menos duro, pero él les dijo que prefería ver el cielo, no la tierra, para emprender su último viaje. Y viendo cerca un mal espíritu, lo increpó: «Miserable, no hallarás nada en mí; he aquí el seno de Abraham que me recibe». Diciendo estas palabras expiró.


Sus restos fueron conservados en su ciudad episcopal hasta la época de los hugonotes, que los quemaron. Se dice, no obstante, que han sobrevivido parte de ellos.

San Martín es famoso por su poder de hacer milagros y hasta se afirma que resucitó a algunos muertos. Al igual que san Antonio, Martín fue perseguido por el diablo en persona.


 Concluye el libro con una cronología muy útil y pormenorizada de los acontecimientos contemporáneos De los Santos.

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