lunes, 3 de abril de 2017

“Los deficientes cívicos”


texto de Milton Santos sobre o papel da educación

En tiempos de globalización, la discusión sobre los objetivos de la educación es fundamental para la definición del modelo de país en que van a vivir las próximas generaciones.

En cada sociedad, la educación debe ser concebida para atender, al mismo tiempo, al interés social y al interés de los individuos. Es de la combinación de estos intereses de donde emergen sus principios fundamentales y son estos los que deben marcar el norte a la elaboración de los contenidos de la enseñanza, las prácticas pedagógicas y la relación de la escuela con la comunidad y con el mundo.

El interés social se inspira en el papel que la educación debe jugar en el mantenimiento de la identidad nacional, en la idea de sucesión de las generaciones y de la continuidad de la nación, en la voluntad de progreso y en la preservación de la cultura. El interés individual se revela por la parte que es debida a la educación en la construcción de la persona, en su inserción afectiva  e intelectual, en su promoción por el trabajo, llevando al individuo a una realización plena y a un enriquecimiento permanente. Juntos, el interés social y el interés individual de la educación deben también constituir la garantía de que la dinámica social no será excluyente.

En todos los casos la sociedad será siempre tomada como un referente, y, como ella es siempre un proceso y está siempre cambiando, el contexto histórico acaba por ser determinante de los contenidos de la educación y del énfasis que pone en sus diversos aspectos, incluso si los principios fundamentales permaneces intocados a lo largo del tiempo. Fue de esa manera como se dio la evolución de la idea y de la práctica de la educación durante los últimos siglos, paralelamente a la búsqueda de formas de convivencia civilizada, cimentadas en una solidaridad social cada vez más sofisticada.

Las modalidades sucesivas de la democracia como régimen político, social y económico llevaron, en la post guerra, a la socialdemocracia. La historia de la civilización  se confundiría con la búsqueda, siempre renovada, y el encuentro de las formas prácticas de lograr  aquellos mencionados principios fundamentales de la educación, siempre a partir de una visión filosófica e integral del mundo.

Ese esfuerzo, al cual contribuían filósofos, pedagogos y hombre de estado, acaba por erigir como pilares centrales del sistema educativo: la enseñanza universal (esto es, concebida para que alcance a todas las personas), igualitario (como garantía de que la educación contribuya a eliminar las desigualdades), progresista (deshaciendo prejuicios y asegurando una visión de futuro).

De ahí, los postulados indispensables de una enseñanza pública, gratuita y laica (esta última palabra siendo usada como sinónimo de ausencia de visiones particularistas y segmentadas del mundo) y, de esa forma, una escuela apta para formar concomitantemente ciudadanos integrales e individuos fuertes. Además, fueron esas las bases de la educación republicana, en Francia y en otros países europeos, basada en la noción de solidaridad social ejercida colectivamente como un parapeto, social y jurídicamente establecido, a las tentaciones de la barbarie.

La globalización, como ahora se manifiesta en todas partes del planeta, se funda en nuevos sistemas de referencia, en que nociones clásicas, como la democracia, la república, la ciudadanía, la individualidad fuerte, constituyen materia predilecta del marketing político, pero, gracias al juego de espejos, solo comparecen como retórica, mientras que son otros los valores de la nueva ética, fundada en un discurso engañoso,  pero avasallador.

En estas circunstancias, la idea de imitación es compulsivamente sustituida por la práctica de la competitividad, el individualismo como regla de acción erige al egoísmo como comportamiento casi obligatorio, y la ley del interés sin contrapartida moral supone como corolario la fractura social y olvido de la solidaridad.

El mundo del pragmatismo triunfante y el mismo mundo del “sálvese quien pueda”, del “todo vale”, justificados por la búsqueda apresurada de resultados cada vez más centrados en sí mismos, por medio de caminos siempre más estrechos, llegando a la mezquindad de los objetivos, por medio de la pobreza de las metas y de la ausencia de finalidades. El proyecto educacional actualmente en marcha es tributario de esas lógicas perversas. A eso, sin duda, contribuyen: la combinación actual entre la violencia del dinero y la violencia de la información, asociadas en la producción de una visión embarullada del mundo; la perplejidad ante del presente y el futuro; un impulso hacia acciones inmediatas que dispensan de la reflexión, esa ceguera radical que refuerza las tendencias a la aceptación de una existencia instrumentalizada.

En ese campo de fuerzas y a partir de ese caldo de cultura que se origina en las nuevas propuestas para la educación, las cuales podríamos resumir diciendo que resultan de la ruptura del equilibrio, antes existente, entre una formación para la vida plena,  la búsqueda del saber filosófico, y una formación para el trabajo, con la búsqueda del saber práctico.

Ese equilibrio, ahora roto, constituía la garantía de la renovación de las posibilidades de la existencia de individuos fuertes y de ciudadanos íntegros, al mismo tiempo que se preparaban las personas para el mercado. Hoy, bajo pretexto de que es preciso formar a los estudiantes para alcanzar un lugar en el mercado de trabajo canalizado, el saber práctico tiende a ocupar todo el espacio de la escuela, mientras el saber filosófico es considerado como residual o incluso innecesario, en una práctica que, a medio plazo, amenaza la democracia, la República, la ciudadanía y la individualidad. Corremos el riesgo de ver la enseñanza reducida a un simple proceso de entrenamiento, una instrumentalización de las personas, a un aprendizaje que se escapa precozmente al gusto de los cambios rápidos  y brutales de las formas técnicas y organizaciones del trabajo exigidas por una implacable competitividad.

De ahí, la difusión acelerada de propuestas que llevan a una profesionalización precoz, a la fragmentación de la formación y a la educación ofrecida según diferentes niveles de calidad, situación en que la privatización del proceso educativo puede constituir un modelo ideal para asegurar la anulación de las conquistas sociales de los últimos siglos. La escuela dejará de ser el lugar de formación de verdaderos ciudadanos y se tornará un granero de deficientes cívicos.

O debate deve ser retomado pela raiz, levando a educação a reassumir aqueles princípios fundamentais com que a civilização assegurou a sua evolução nos últimos séculos -os ideais de universalidade, igualdade e progresso-, de modo que ela possa contribuir para a construção de uma globalização mais humana, em vez de aceitarmos que a globalização perversa, tal como agora se verifica, comprometa o processo de formação das novas gerações.

Es la propia realidad de la globalización-tal como se practica actualmente- la que está en el centro del debate, porque con ella se imponen ideas sobre lo que debe ser el destino de los pueblos, mediante definiciones ideológicas sobre el crecimiento de la economía, así como la llamada competitividad entre los países. Las propuestas vigentes de educación son una consecuencia, para justificar la decisión de adaptarla para que se vuelva aún más instrumento de  aceleración del proceso globalizador. Se debe tomar el debate en su raíz, llevando la educación a reasumir aquellos principios fundamentales con que la civilización aseguró su evolución en los últimos siglos –los ideales de universalidad, igualdad y progreso- , de modo que ella pueda contribuir a la construcción de una globalización más humana, en vez de aceptar que la globalización perversa, tal como es ahora, comprometa el proceso de formación de las nuevas generaciones.

http://www.pensarcontemporaneo.com/1119-2/


No hay comentarios:

Publicar un comentario