viernes, 2 de mayo de 2014

La felicidad de las tristezas esenciales


José Luís Nunes Martins
En “Filosofías. 79 Reflexiones” Lisboa 20013. Ed. PAULUS. Pág. 223

                                                              Ilustracion Carlos Ribero

¿Puede alguien ser feliz en un mundo en el cual el mal se manifiesta de forma tan evidente?

Hay quien busca la felicidad más allá de la tristeza… pero, claro, no la encuentra porque la angustia es parte de la esencia de este mundo. Donde hay mundo, hay sufrimiento… Esta es nuestra realidad.

Hay quien busca la felicidad en las alegrías instantáneas… pero, claro, no las encuentra ahí, porque nunca una ilusión puede ser camino para cualquier realidad, menos aún para la verdadera felicidad.

La adversidad, el sufrimiento y la muerte son verdades que no pueden ser ignoradas por quien procura la plenitud… ¿pero serán, por sí solos, obstáculos para una vida feliz?

La felicidad no puede ser un estado de quietud, en la medida en que la vida humana comporta dimensiones ante las cuales no es posible mantener una paz de espíritu, una contemplación imperturbable, una especie de absoluto sosiego… tal vez sea la felicidad de una piedra, pero no la de un ser humano.

Nuestra existencia tiene una estrecha relación con las emociones, tal vez más que con las ideas, pero, aún así, la felicidad no surge por la ignorancia  respecto de la verdad de los hechos. Nadie puede dejar que sonría a su corazón delante de la miseria evidente de las condiciones humanas, e inhumanas, de este mundo.

Pero ante las injusticias es posible hacer mucho más que admirarlas… no se debe querer acabar con todo el mal del mundo de una sola vez, en un solo gesto… Ni, tampoco, querer que nuestras luchas merezcan  la atención o la ayuda de nuestros semejantes. La mayor parte de ellos no tienen suficiente coraje  para reconocer la osadía de cualquier gesto cuyo fin  sobrepasa a su autor. Después también hay que tener en cuenta  que el ansia por la reciprocidad de amor acaba, en la mayor parte de los casos,  por matar el propio amor. Debemos luchar contra el mal, como si todo dependiese solamente de nosotros… sin esperar grandes cosas de los otros. Muchos se apartan así que sienten la presencia de la angustia… como si fuese contagiosa y fatal… como si no fuesen, también ellos, humanos… como si no sintieran el valor de quien se dispone, con el pecho abierto, a compartir un dolor.

Hay que aprender a escuchar lo que los otros no dicen; el silencio de sus vacíos…

Estar presente y compartir la tristeza de alguien no nos deja igual. Nos edifica. Nos estructura y engrandece. Nos prepara para algo mayor.

El que huye de la tristeza, se hurta la vida… no será feliz porque no acepta la condición humana... Vive de sueños que son tristes ilusiones de un mundo que no existe… mientras tanto, realmente, se hunde más y más  en el único mundo en que nos es dado vivir.

Podemos ser felices, sí. Pero sin negar las adversidades, los sufrimientos y la muerte. Entregándonos de forma generosa, y en el buen testimonio de amor, en lucha contra e mal, con un sentimiento puro que no implica reciprocidad ni la  satisfacción de sí mismo.

Amar es decir: ¡Voy! Abrir la mano… promover el bien de otro… olvidarse de sí mismo… romper la normalidad de los egoísmos y asestar un golpe certero en la esencia del mal…

La verdadera felicidad es más profunda que cualquier tristeza, es la esperanza que subyace a los dolores más profundos.

Que sepamos abrir espacios en las tristezas para que la felicidad se manifieste en ellas. Un amor, una paz dinámica, que permitirá que el alma amanezca… no para una vida paradisíaca, sino para una existencia con sentido. A pesar de todo. 
  

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