sábado, 24 de mayo de 2014

La vida no vivida



                                                         Ilustração de Carlos Ribeiro

En varios momentos de su vida, cada persona se da cuenta de la realidad de la propia muerte… la confrontación con la idea de esta verdad puede cambiar casi todo. Se dejan de sentir los días y las noches de la misma forma, porque se presiente el propio apocalipsis y, en función de él, se reorderna la vida. Claro, hay quien no es capaz de percibir lo básico y continua como si la muerte fuese algo que sólo acontece a los demás.

Hay un instinto primario en todos los seres vivos que los lleva a luchar por la supervivencia. El hombre será el único que tiene conciencia plena de la inevitabilidad de su fin temporal, luchado así, más que por su vida, por su inmortalidad, buscando garantizar que su vida va más allá de la propia muerte.

La muerte no tiene que ser la frustración definitiva del deseo de felicidad.

Debemos actuar siempre de acuerdo con el futuro que juzgamos mejor, pero siempre sin grandes prisas ni pérdida de tiempo. Con toda la intensidad posible, pero con criterio y sin exageraciones.

¿Será el miedo a la muerte una forma de amor incondicional a la vida? ¿De dónde le viene al amor la garantía de que la muerte no le impide la realización plena?

Las preguntas pertinentes sin respuesta no significan que haya falta de sentido o de verdad sino tan sólo que vivimos en un misterio… donde la nada aparente no tiene que significar vacío, pudiendo igualmente ser la señal de una inmensidad sublime.

¿Tiene sentido que dejemos de existir? No. La prueba evidente es que tampoco parece tener gran sentido que existamos y… ¡aquí estamos! Llegados de la nada. Nosotros, el lector y yo, nosotros mismos, no cualquier otro en nuestro lugar… otros hijos de nuestros padres o de otros padres… no… nosotros mismos. No somos seres insignificantes y prescindibles. Cada uno de nosotros tiene sentido y forma parte del sentido de la vida. Aunque no sepamos cómo, por qué o para qué…

En un cementerio están, uno al lado del otro, los restos de los cuerpos de los que dejaron recuerdo y de los que no los dejaron. Cada uno de nosotros escoge su vida, aunque ninguno pueda tenerse como causa principal de sí mismo. Existimos, pero por un sentido que nos sobrepasa. Mayor que nuestra comprensión. Lo que no somos es partículas de una explosión del azar.

Tenemos poco tiempo, pero no lo parece. Basta que analicemos cuanto desperdiciamos en actividades superfluas… Tal vez la vida sea muy larga para algunos. Cuando la esperanza de vida aumenta, se les retrasa la vejez pero no la juventud… no saben qué hacer con la vida.

Aprovechar el tiempo no es hacer muchas cosas… es hacer lo que es bueno no sólo para esta fase de nuestra vida, sino también para su totalidad, ser autor sólo de lo que en sentido de eternidad tiene valor. Todo lo demás, por más impotente que pueda parecer, es caduco.

La certeza de la muerte debiera apercibirnos del valor del tiempo. La perspectiva de una muerte próxima hace  que se descubran las innumerables bellezas que hay en las cosas más simples. Pero estas perfecciones están siempre allá… ¿ por qué razón no las sentimos y disfrutamos sin tener que existir la muerte para abrirnos los ojos?

El silencio con que sonrío y lloro no es lo mismo. Pero será siempre una misma verdad que yace en el fondo de lo que soy. La certeza de que mi historia comenzó muchos años antes de yo haber nacido. Una eternidad antes.

Sólo vive la soledad de la vida y de la muerte quien escoge vivir sin amor.

Habrá quien ansíe la vida eterna, pero desespere del vértigo de una tarde libre de domingo… ¡qué castigo será la inmortalidad para quien no sabe amar! Al final, la eternidad no es un tiempo sin fin, sino la ausencia de tiempo… en un amor infinito!

Es poco el tiempo aquí. Tratemos de garantizar que después de la muerte echaremos de menos lo que hicimos en este mundo, procurando la vida que hay en cada día, viviéndola como un don que merecemos y… llevándola dentro del corazón!




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